MARCELINO MORALES ha fallecido. El viejo Marcelino, como todos lo conocíamos, fue amigo y discípulo fiel del profesor Juan Bosch, miembro fundador del Partido de la Liberación Dominicana y aguerrido dirigente sindical, ámbito en donde libró mil batallas, desde la Federación de Trabajadores de la Construcción, en pro de la libertad sindical y en defensa de los derechos de los trabajadores.
Dirigente intermedio del PLD, siempre estuvo en la primera fila de las batallas dadas por nuestra organización. Hombre íntegro, probo, vertical, sin dobleces, gran compañero y amigo.
Ya en los últimos años, sin visión, afectado por varias enfermedades, sacaba fuerzas para ir cada 1 de enero a saludar al presidente Leonel Fernández y a testimoniar su fidelidad a Juan Bosch y al PLD. Allí siempre me saludó con cariño y tuve la oportunidad de visitarlo en su casa en los meses últimos del pasado año. En su lecho de enfermo, me recibió con el espíritu indomable que siempre lo caracterizó, con voz de trueno me saludó y con el gesto de batallador se mostró prestó a salir a las calles, de ser necesario, para defender a su partido, a su líder y a nuestro gobierno.
Así era Marcelino, paz a sus restos.
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El viejo Marcelino
Publicado: 4 marzo, 2013 de Rafael Alburquerque en Amigos, Escrito a mano, Pensamiento, Sobre el ser humanoEtiquetas: derechos, Juan Bosch, Marcelino Morales, PLD, sindicalistas
Juan Pablo, el patricio
Publicado: 26 enero, 2013 de Rafael Alburquerque en Conmemoraciones, Escrito a mano, Pensamiento, Sobre el ser humanoEtiquetas: bicentenario, ejemplo, exilio, futuro, Historia, honestidad, independencia, Juan Pablo Duarte, juventud, La Trinitaria, Patria, patriotas
Los sectores conservadores siempre han tratado de ofrecernos una imagen idílica de Duarte; un Padre de la Patria inasible, una cumbre inalcanzable; un ser etéreo que se sitúa más allá del bien y del mal.
El Duarte que esta Patria nuestra hoy debe reivindicar en su bicentenario es la del patriota acendrado, el luchador infatigable, el hombre que jamás vaciló ante el sacrificio, el proscrito que hubo de sobreponerse a las amarguras deparadas por las calumnias y las maledicencias.
Apenas contaba con veinticinco años de edad cuando fundó la Trinitaria; las ideas revolucionarias recibidas durante su estancia en España le hicieron concebir una Patria independiente de toda potencia extranjera, y a diferencia de sus antecesores y muchos de sus contemporáneos, tuvo la fe y la convicción de que en un territorio que no llegaba a contar con cien mil habitantes y sojuzgado por la fuerza inconmensurable que representaba el Haití revolucionario y liberado desde 1804, podía constituir un Estado soberano, sin tutelas extranjeras, que él llamó República Dominicana.
¿Qué fuerzas ocultas le impulsaron en sus propósitos? ¿Cómo entender que un jovenzuelo fuera capaz de desdeñar las voces que clamaban por un protectorado francés ante lo que consideraban la inviabilidad de la República? Y sin embargo, no cejó en el empeño: conspiró, como lo haría cualquier revolucionario decidido a subvertir el orden establecido; convenció con su prédica a amigos de su edad para formar el núcleo que llevaría a cabo la ardua tarea; trazó la estrategia de aliarse con los enemigos de los opresores en busca de alcanzar el objetivo perseguido; hizo las alianzas que juzgó necesarias, aunque fuera a costa de concitar en el empeño a fuerzas retrógradas, con tal de ver en el asta la enseña tricolor.
Sólo su inquebrantable firmeza hizo posible el milagro. Pero, ésta no bastaba; también fue necesaria la labor tesonera de propagar sus ideas, de ganar apoyo para la causa, de trabajar con ahínco en la urdimbre de la trama, de sacrificar el patrimonio familiar con tal de ver nacer la República Dominicana. Y así, el 4 de febrero de 1844, apenas unas semanas antes del 27, escribió a su madre y a sus hermanas para decirles:
El único medio que encuentro para reunirme con Uds. es independizar la patria. Para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que Uds. de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado”.
Independizada la Patria es recibido en el muelle por el Arzobispo, quien lo saluda con la exclamación: “Salve, Padre de la Patria”; pero, no había tiempo para celebraciones sino para integrarse en lo inmediato a las labores que desplegaba la Junta Gubernativa desde el 27 de febrero. Un testigo de la época nos narra este encuentro:
En medio del triunfo más espléndido llega al Palacio de Gobierno. Sabiendo que una palabra sola le bastaba para aniquilar los proyectos ambiciosos de los noveles republicanos, llega el inexperto joven y ofrece su espada a la Junta, que sólo aguardaba sus órdenes, y en recompensa de su modesto desprendimiento le da el título de general de brigada. Él lo recibe sin hacer alto en nada y todo lo renuncia en favor de sus conciudadanos, cuya unión deseaba para bien de la patria”.
Duarte no descansa. Se incorpora a la lucha contra los haitianos que se niegan a reconocer la independencia dominicana; desgraciadamente, la historia es conocida, su sacrificio y amor por la Patria es pagado con el destierro. Los “orcopolitas” de siempre no podían aceptar que un hombre tuviera un amor tan acendrado para con su Patria; que un revolucionario diera ejemplo de honestidad, rindiendo cuentas al gobierno de los fondos recibidos y devolviendo el dinero sobrante; que un defensor de los mejores intereses se opusiera vehementemente a los planes anexionistas.
Proscrito para siempre, regresa a la Patria a punto de perderse para ofrecer sus servicios al gobierno restaurador radicado en Santiago; pero, se le pide volver al extranjero para recabar apoyo a la lucha que libraba el pueblo contra el gobierno español. Duarte comprende la decisión, no busca ser manzana de discordia, se precisa la unidad, sólo toma un tiempo para visitar a Mella en su lecho de muerte, y retorna al caminar por otras tierras. En carta del 18 de marzo de 1865, ya en Caracas, le escribe a Félix María del Monte para decirle:
… el mío [mi corazón] aun ha permanecido abierto al amor de mi patria…. Hallándome dispuesto y como en los primeros días de mi adolescencia, a sacrificarlo todo en sus aras. ¿Qué quieres? Yo habré nacido para no amar sino a esa Patria tan digna de mejor suerte y a sus amigos que son los míos, cuando después de tan amargas pruebas, ni siquiera he pensado en quebrantar mi juramento”.
Ese es el Duarte que en su bicentenario debemos recordar. El irreductible en su creencia de fundar una República; el hombre que no desmayó en sus esfuerzos, desde 1833 hasta 1844, para lograr la separación de Haití; el organizador de los instrumentos, como la Trinitaria y la Filantrópica, que hicieron posible el grito de independencia; el conspirador que supo urdir con su inteligencia y sagacidad la trama que haría factible el amanecer de febrero; el abnegado que lo entregó todo, fortuna y justas aspiraciones, con tal de obtener los propósitos de ver una Patria libre y sin discordias; el apóstol que predicó entre la juventud e hizo germinar los ideales de la nacionalidad; el patricio que prefirió el destierro con tal de sepultar entre sus congéneres la tea de la discordia; el anticolonialista que advirtió que el país debía ser libre de toda potencia extranjera, o se hundía la isla.
Que los dominicanos y dominicanas de hoy beban en la fuente del ideario de Juan Pablo Duarte; que sea faro que ilumine nuestros compromisos de trabajar sin descanso y desmayo por el porvenir de la Patria; que veamos en él al hombre de acción, al luchador infatigable, a quien jamás se doblegó en la defensa de la dominicanidad. Que en éste, su bicentenario, digamos con Miguel Angel Garrido: “Duarte, más grande que tú, ni la Patria misma”.
Santo Domingo, 26 de enero de 2013.
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El último mandamiento
Publicado: 5 abril, 2012 de Rafael Alburquerque en Conmemoraciones, Escrito a mano, Pensamiento, Sobre el ser humanoEtiquetas: amor, Jesús, Semana Santa
De acuerdo al Evangelio de San Juan, en la noche del jueves Jesús les dijo a sus Apóstoles que debían amarse entre sí como Él los había amado y que a partir ese solo hecho el mundo podría reconocerlos como sus discípulos.
Existen innumerables discusiones sobre la validez, la exactitud y la credibilidad de los datos que a través de los siglos han llegado a nosotros en los Evangelios. Las fechas, las palabras y los hechos se cuestionan, se revisan y se vuelven a cuestionar. Podemos elegir –tenemos libre albedrío– entre tener fe o no tenerla, y también entre mirar la Verdad a la cara o mantenernos ciegos ante ella. Es nuestra prerrogativa como miembros de la especie humana. Y la ejercemos a diario.
En mi caso, estas palabras tienen una carga de Verdad que resiste cualquier intento de minimizarlas. Porque para quienes la fe no basta, la historia está ahí para mostrarles cómo, a través de milenios, el odio tarde o temprano ha conducido a hombres y a civilizaciones enteras al fracaso, a la desaparición, a la muerte y cómo, por el contrario, el amor al prójimo ha estado detrás de todo avance en la humanidad.
Tiranos y criminales han actuado y actúan impulsados por el odio a sus semejantes. Los Hitler del mundo, los Jack-el-Destripador, los Trujillo y aún los sicarios de poca monta que pululan nuestros días obedecen solamente a un impulso destructivo hacia los demás. Son incapaces de construir o de mejorar nada para alguien diferente a sí mismos, terminan sus días de la misma forma en que los vivieron y únicamente el desprecio de todos les sobrevive. De un modo opuesto, los grandes hombres y mujeres que con su esfuerzo y sus luchas, a menudo tan calladas que han pasado desapercibidas, han contribuido a que nuestra especie pueda llamarse cada día un poco más Humana, han respondido siempre al llamado del amor hacia los demás. Los Duarte, las Mme. Curie, las Salomé Ureña, los Ghandi, los Mandela del mundo son a quienes debemos gran parte de lo que entre nosotros puede hoy llamarse civilización.
El Hijo de Dios pronunció esas palabras –según Juan, El Evangelista– durante la Última Cena, a modo de legado y despedida de quienes le eran más cercanos y queridos. No era un mandamiento estrictamente nuevo. El “Ama a tu prójimo” estaba implícito en la Tablas de Moisés. Sin embargo, en ese contexto –sabiendo Jesús de antemano lo que se avecinaba a partir de aquella noche, sabiendo que sus discípulos ya no le tendrían más entre ellos– juzgó necesario ser muy explícito. Y de todas las cosas que pudo haberles dicho o aconsejado en un momento como ese, escogió el mandamiento del amor.
En tiempos como los que vivimos en nuestro país y los que sobrevendrán luego de esta Semana Mayor, esta es una lección que necesitamos llevar a la práctica. Muy pocas personas carecen de oponentes e incluso de enemigos, el propio Jesús no fue la excepción. No obstante, aunque a veces es preciso actuar en favor de la justicia, nunca es necesario también odiar.
El amor hacia nuestros semejantes, el último mandamiento de Jesús, es la única luz que puede guiar nuestras decisiones y nuestro accionar, incluso a través de la más oscura y larga de las noches. Y como la pintura del maestro Da Vinci, no importa cuan deteriorada o desdibujada pueda estar por el paso del tiempo y de las guerras, siempre se puede restaurar.
Nunca más
Publicado: 25 noviembre, 2011 de Rafael Alburquerque en Conmemoraciones, Escrito a mano, Pensamiento, Sobre el ser humano, Sobre la responsabilidadEtiquetas: Código Penal, Hermanas Mirabal, Justicia, Mujer, Naciones Unidas, Sociedad, Trujillo, violencia contra la mujer, violencia de género
Hoy 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer. Ha sido un mandato de las Naciones Unidas que lo ha dispuesto, y ha escogido este día porque en una fecha como hoy, ya hace cincuenta y un años, fueron brutalmente asesinadas Minerva, Patria y María Teresa Mirabal.
Las hermanas Mirabal murieron, junto con el chofer que las conducía, en la carretera de Puerto Plata, a donde habían ido a visitar a sus esposos, presos por orden de la tiranía de Trujillo. Masacradas a palos por los esbirros del régimen despótico y lanzadas a un barranco para simular un accidente, su fallecimiento marcó el inicio del fin de la oprobiosa dictadura que durante treinta y un años conculcó los derechos fundamentales del pueblo dominicano.
La violencia ejercida contra las Hermanas Mirabal un 25 de noviembre es el hecho que recuerda las Naciones Unidas para exigir el respeto a la mujer, madre y esposa, niña y adolescente, maltratada y abusada a menudo por una sociedad forjada en un machismo que hoy en día ya no debe tener cabida alguna en nuestra civilización.
Abuso sexual, maltrato físico en el hogar, abandono de la convivencia, sevicias e injurias graves, homicidios, son reportados frecuentemente en los medios de comunicación que dan cuenta de una violencia que debemos denunciar y detener.
Se trata de un deber y una responsabilidad de todos; de las autoridades que en estos momentos gobernamos el país, pero también de cada integrante de la sociedad, comenzando por repudiar y condenar acciones que riñen con los valores morales que deben orientar e imperar en una sociedad del siglo XXI.
El Ministerio Público inició desde hace ya varios años un programa extenso de prevención, persecución y protección en aras de disminuir la violencia intrafamiliar y en perjuicio de la mujer. Por su parte, el Congreso Nacional conoce en estos momentos el proyecto de Código Penal que establecerá sanciones rigurosas por los delitos contra la mujer.
El Ministerio de la Mujer también ejecuta planes conducentes a lograr una colectividad más justa e, inclusive, en la que desaparezcan de una vez por todas las diferencias de género y se destierre la violencia que lesiona a la mujer.
Actuemos pues, en consonancia, en la dirección apuntada para que más temprano que tarde podamos decir que en la República Dominicana, nunca más habrá de repetirse la barbarie consumada contra las Mirabal y que esa acción deleznable sea un acicate para que cada día nos esforcemos en detener la violencia contra la mujer.
Rafael Alburquerque: Danilo enfrentó la vida con seriedad
Publicado: 14 noviembre, 2011 de VP WebPythia en Entrevistas, Pensamiento, Sobre el gobierno, Sobre el ser humanoEtiquetas: CEPAL, Danilo Medina, economía, elecciones, Hipólito Mejía, Historia, juventud, PLD, pobreza
—Yo no sabía que había publicado tanto—, me dice con los ojos muy abiertos y encogiendo los hombros. Ha estado revisando la lista actualizada de obras publicadas en su blog, la página está abierta en su iPad, que descansa sobre la mesita de centro. —Así es, Doctor, aunque no lo crea—, respondo. El Vicepresidente ha tenido la gran gentileza de concederme la primera de la que espero sea una serie de entrevistas para su blog. Me ha recibido en su despacho, muy ordenado y luminoso. Una pequeña mesita con fotos a la izquierda de su escritorio (el lado del corazón) y el retrato del maestro Oviedo en la pared del fondo llaman mi atención a primera vista. Decido examinar las fotos en mayor detalle cuando regrese y concentrar toda mi atención en mi anfitrión.
El doctor Rafael Alburquerque es un hombre pausado, de modales impecables. Sin embargo su mirada, muy despierta, y su sonrisa rápida contrastan con esta calma aparente. Su gran altura se hace sentir aunque esté sentado.
En esta primera entrevista —realizada a mediados de septiembre pasado, cuando todas las encuestas daban como ganador en las próximas elecciones de Mayo de 2012 al candidato de oposición, Hipólito Mejía— el Vicepresidente expresa su punto de vista sobre Danilo Medina, el candidato presidencial de su propio Partido, el de la Liberación Dominicana.
¿Hace cuánto que conoce a Danilo, Doctor?
Desde la fundación del Partido, en el año 1973. ¿A ver…? ¡Son casi cuarenta años! Danilo siempre fue un activista, desde sus años de dirigente estudiantil. Comenzó como militante y fue escalando posiciones gracias a un trabajo tesonero en la propia formación, así como en la organización del Partido.
¿Por qué confiar en él?
La mayor garantía de lo que es Danilo es su trayectoria como ser humano. Nació en una familia humilde, en un pequeño poblado de San Juan de la Maguana y con su propio esfuerzo y su capacidad –siempre fue un estudiante meritorio– se fue formando. Se hizo ingeniero químico en la UASD y luego se graduó en Intec de economista. Eso demuestra que enfrentó la vida con seriedad, se fue trazando metas y con su estudio y su esfuerzo las fue alcanzando. En lo personal, el compañero Danilo es un hombre sencillo, afable y amigo de sus amigos.
¿Cómo ve esta segunda candidatura de Medina en las elecciones que se aproximan?
En el año 2000, el PLD era un partido pequeño. Contó con el Reformista para ganar en el 96, pero en el 2000 no hubo ese apoyo. Ahora el PLD es el partido más grande del país, con más de 2 millones de miembros. Pero además, el país recuerda la grave situación que vivió bajo el gobierno de Hipólito Mejía, de 2000 a 2004. 1 millón 500 mil de personas de clase media cayeron en la pobreza. La tasa de pobreza nosotros la dejamos en 28% en 2000 y llegó a 42% en apenas 4 años; la indigencia pasó de un 8% a un 16%, se dobló… El desempleo era de 13.9%; cuando regresamos, en 2004, estaba en 19.7%. La inflación creció a 60 por 1 y la tasa de cambio del dólar llegó a 58 por 1. Esas cosas hay que recordarlas y tampoco hay que olvidar que en esa época no había crisis mundial, todo lo contrario. Yo no tengo ninguna duda de que Danilo Medina ganará las elecciones.
Sin embargo, como en todas las elecciones, hay una alta proporción de votantes jóvenes y una buena parte de ellos no vivieron la situación que usted describe.
Yo sé que los jóvenes entre 18 y 25 años no vivieron esa época, eran niños o a lo sumo muchachos de 10 a 13 años. Para ellos, eso es historia. Pero lo importante es que reflexionen, que escudriñen el pasado para que se den cuenta de lo que sus propias familias sufrieron —y sufrieron mucho— bajo el gobierno de Hipólito Mejía. Es cierto que hay muchas necesidades y que nuestro gobierno no ha podido resolver todos los problemas, pero también es cierto que el país ha crecido sostenidamente, que el desempleo se ha reducido y que la pobreza también ha mermado. Y las cifras que comprueban lo que digo no son del Gobierno o del Banco Central, sino que son resultados de estudios de organismos como la CEPAL. —Hace una pausa y reflexiona—. Recordar estas cosas es como cuando se habla de lo que fue Lilís, o como cuando a los hijos y a los nietos yo les hablo de Trujillo. A los jóvenes, que se informen. Que busquen en los periódicos de esos años, que ya había Internet. O en YouTube. Que vean cómo era tener en nuestro país un presidente que era objeto de burla…
¿Y usted cree que el resto de la población se acuerde de todo aquello?
Yo espero… y si no, tenemos que recordárselo.
Los hombres pueden caer, pero los principios no
Publicado: 26 septiembre, 2011 de Comunicaciones VP en Anécdotas, Conmemoraciones, Pensamiento, Sobre el gobierno, Sobre el ser humano, Sobre la democraciaEtiquetas: 1963, democracia, derrocamiento, dignidad, golpe de Estado, Historia, honestidad, ideales, Juan Bosch, Justicia, principios, videos
Ayer 25 de septiembre se cumplieron 48 años del golpe de Estado al gobierno constitucional de Juan Bosch. En la madrugada del día 26 el Profesor Bosch dirigía la siguiente proclama al pueblo dominicano:
Ni vivos ni muertos, ni en el poder ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta. Nos hemos opuesto, y nos opondremos siempre, a los privilegios, al robo, a la persecución, a la tortura.
Creemos en la libertad, en la dignidad y en el derecho del pueblo dominicano a vivir y a desarrollar su democracia con libertades humanas, pero también con justicia social.
En siete meses de gobierno no hemos derramado una gota de sangre ni ordenado una tortura; ni hemos aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones.
Hemos permitido toda clase de libertades y tolerado toda clase de insultos, porque la democracia debe ser tolerante; pero no hemos tolerado persecuciones ni crímenes, ni torturas, ni huelgas ilegales, ni robos, porque la democracia respeta al ser humano y exige que se respete el orden y demanda honestidad.
Los hombres pueden caer, pero los principios no. Nosotros podemos caer, pero el pueblo no debe permitir que caiga la dignidad democrática.
La democracia es un bien del pueblo y a él le toca defenderla. Mientras tanto, aquí estamos, dispuestos a seguir la voluntad del pueblo.
Juan Emilio Bosch Gabiño
Casi medio siglo después esas palabras son tan pertinentes como entonces.
Feliz día a todas las madres
Publicado: 29 mayo, 2011 de Rafael Alburquerque en Conmemoraciones, Escrito a mano, Pensamiento, Sobre el ser humanoEtiquetas: Día de la Madre, economía, educación, ejemplo, familia, Nación

Sobre las madres se han escrito tantas cosas, que se podría llenar una enciclopedia completa en varios volúmenes. Desde las tiernas y sencillas estrofas que aprendemos con nuestros primeros balbuceos, himnos, canciones y poemas, hasta novelas de la talla de ese clásico que es “La Madre”, de Máximo Gorki, que relata la historia de la Revolución rusa a través de la transformación de la mamá del protagonista. Esta mujer –al igual que muchas otras madres, como las de la Plaza de Mayo– sigue a su propio hijo a una causa que piensa justa y luego lo ve reflejado en los ojos de todos sus compañeros de lucha, acrecentando así sus legendario instinto, su capacidad infinita para nutrir, para proteger, para cuidar, para enseñar y para amar. Para entregar la vida por quienes dieron a luz.
Es poco lo que quien escribe podría agregar que sirviera como un homenaje a la altura de las madres dominicanas que celebran hoy su día.
En un mundo donde los valores familiares se han ido desvirtuando progresivamente, en el que la comunicación entre las personas sufre la mutilación de la vida moderna, nuestro pueblo es de los pocos donde aún se venera de corazón la figura casi sagrada de la madre. Y es bueno que así sea. Su “abnegación sin par”, como reza nuestro Himno a las Madres, merece el reconocimiento diario, no sólo el de un día como hoy. Podría escribir un libro completo con las historias que he vivido y presenciado que reflejan esta abnegación. Nuestras madres, tan a menudo padres y madres a la vez, no importa la dificultad de las condiciones materiales en que se encuentren, son quienes logran día a día el avance de nuestra Nación, a través del avance de cada uno de sus hijos e hijas a quienes apoya y alienta sin descanso. Ningún sistema educativo o económico de ningún país podría tener éxito si no fuera por esta contribución callada y constante de casi la mitad de nuestra población adulta.
Gracias a todas y cada una de ustedes. Sin sus esfuerzos cotidianos, sin su apoyo y su ejemplo, nuestro país no sería hoy lo que es.
Mensaje de Semana Santa
Publicado: 19 abril, 2011 de Rafael Alburquerque en Conmemoraciones, Escrito a mano, Pensamiento, Sobre el gobierno, Sobre el ser humano, Sobre la responsabilidadEtiquetas: amor, crisis, Cristianismo, enseñanzas, equidad, futuro, Jesús, Justicia, pueblo, responsabilidad, Semana Mayor, Semana Santa, Solidaridad
En los países de predominio cristiano, como es el nuestro, conmemoramos cada año la Semana Santa, para recordar la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Época tradicional de recogimiento, de fieles que asisten a las procesiones, de hombres y mujeres que asisten a los templos.
Cierto que los tiempos han cambiado y hoy muchos aprovechan el asueto a partir del mediodía del Jueves Santo para retirarse a las playas y montañas, a compartir con sus familias y a reposar del afán diario de la vida. Pero, se asista o no al culto, en esta Semana Mayor late en el corazón de nuestro pueblo un sentimiento de recordación y tristeza por aquellos trágicos sucesos que acaecieron hace ya más de dos mil años en Jerusalén.
Tiempo, por tanto, de reflexión ante el sacrificio que significó la muerte en cruz de Jesús, de una muerte ocasionada por su prédica y su lucha, siempre reclamando la justicia, en todo momento identificándose con los pobres y humildes de su pueblo, manifestando su solidaridad con los enfermos y los perseguidos, enseñándonos la necesidad del amor y del perdón.
En estos momentos de crisis mundial energética y alimentaria, hagamos un alto en esta Semana Santa para pensar en nuestro pueblo y preguntarnos qué podemos hacer, cada quien ante sus responsabilidades, para proporcionarle un futuro mejor, de justicia social, de inclusión, de equidad, de solidaridad.




