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Palabras del doctor Rafael Alburquerque al tomar posesión de la presidencia de la 101.a reunión de la Conferencia Internacional del Trabajo, que se celebra en Ginebra, Suiza, del 30 de mayo al 15 de junio de 2012.

El doctor Alburquerque fue presentado por el Embajador de Sudán ante la OIT, quien destacó los méritos alcanzados por el vicepresidente dominicano en el ámbito del Derecho del Trabajo, como su participación en la comisión de expertos de la OIT, como Académico de Número de la Academia Iberoamericana de Derecho de Trabajo y de la Seguridad Social y en la actividad docente, lo cual afirmó que lo sitúa como uno de los mejores tratadistas y jurisconsultos del mundo en materia laboral.

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Reconocimiento de la OIT al Vicepresidente Alburquerque

Hoy recordamos dos hechos oscuros en la historia de nuestro Continente.

El más reciente fue el atentado terrorista contra el World Trade Center, hace 10 años, en el que murieron tres 3000, civiles y desarmadas. 47 eran dominicanos, al menos tres de ellos perecieron intentando salvar otras vidas. Este hecho de barbarie fue, entre muchas otras cosas, un intento de colapsar cosas mucho más altas que las Torres Gemelas, como la Paz, la confianza en el prójimo y los derechos humanos. El terror generalizado crea las condiciones perfectas para que los valores que sostienen un Estado de derecho se lesionen hasta el punto de desaparecer.

El “otro” 11 de septiembre ocurrió en 1973, en Chile. Allí, aquellos a quienes el presidente Allende en sus últimas palabras llamara “generales rastreros”, rompieron una tradición de un siglo y medio de democracia. Con la muerte de Salvador Allende, primer gobernante socialista de la historia en ser elevado constitucionalmente a la primera magistratura de un Estado a través de una elección democrática, el terror se hizo cargo de la sociedad durante diecisiete largos años. A diferencia del atentado en Nueva York –como ocurrió en nuestro país con Trujillo, como ocurre con todas las dictaduras– el terror fue institucionalizado. La barbarie tomó el nombre de régimen militar, mientras el Estado de derecho, la libertad, la Justicia y los derechos humanos se convertían en sueños imposibles para millones de chilenos, tanto en la Patria como en el exilio.

Se podría discutir en determinados ámbitos si el gobierno de Salvador Allende fue bueno o no. Podría discutirse a quién benefició, podrían discutirse su orientación política, sus aciertos y sus desaciertos. Lo que está fuera de toda posible discusión es que fue un gobierno constitucional, elegido voto a voto por su pueblo.

El poder otorgado por los pueblos es sagrado. Y más temprano que tarde, como afirmara el propio presidente Allende, se abren las grandes alamedas por donde caminan los hombres y mujeres libres, en cualquier patria, para construir una sociedad mejor. El terror, la traición, la vileza, e incluso la muerte, son transitorias. La Libertad, la Verdad, la Dignidad, la Justicia y el Ejemplo, prevalecen.

Sería un poco más de las once de la noche del día 30 de mayo de 1961 cuando escuché la voz de mi tía Lily que insistentemente llamaba a mi padre por el apodo como la familia y sus íntimos lo conocían: “Chichí, Chichí”.

Mis padres dormían en una habitación de madera y yo en una de cemento ubicada al noreste de aquélla; ambas habían sido levantadas en el patio de la casa de la abuela paterna y a las mismas se accedía por escaleras diferentes. La primera era el castillo encantado de mi madre, pintada siempre de tono gris y construida al momento de mis padres casarse para que sirviera de tálamo nupcial. La segunda fue mi dominio privado que me albergó desde la adolescencia y donde estudié hasta graduarme de abogado.

Escuchada la voz que llamaba a mi padre, descendí raudo hacía donde se encontraba la tía y esperé la llegada de mi padre que bajó con una bata que cubría su pijama. “Chichí, llamó Berta para decirnos que a Manelik lo han requerido junto a sus compañeros y que esta noche la pasarán fuera de sus casas”. Bertha Pellerano era prima hermana de mi padre y esposa de Manelik Fiallo, capitán del Ejército Nacional, recientemente fallecido, y con estas palabras trataba de darnos a entender que algo estaba pasando.

Bertha Pellerano actuaba con el cuidado que demandaba ser la esposa de un capitán del Ejército Nacional que se comunicaba con el teléfono intervenido de un desafecto de la dictadura, quien recientemente había estado prisionero en La Cuarenta y cuya casa estaba continuamente vigilada por dos espías del régimen tiránico.

“Eso es que a los guardias lo han acuartelado”, interpretó mi padre las palabras de su prima. “¿Qué habrá pasado?”, nos preguntamos. Con esta interrogante nos fuimos a acostar.

Al día siguiente, mi padre, como era su costumbre, esperó la llegada del diario El Caribe en el amplio y alto ventanal enrejado, que se erguía desde el piso de la vivienda, situado unos cuantos metros por encima del nivel de la acera, hasta unirse con el techo. Poco antes de las seis de la mañana vio mi padre acercarse a una de las hermanas Michel de la Maza, quienes vivían un poco más allá, hacia el oeste, y que se encaminaba a escuchar la misa que a esa hora se ofrecía en la iglesia de Las Mercedes. “Buenos días”, le ofreció mi padre, y la transeúnte mañanera le contestó con un “buenos días, licenciado”, al tiempo que se pasaba el índice de su mano derecho por el cuello, en obvia señal de que alguien había sido eliminado.

Cuando salí de mi dormitorio cerca de las seis y treinta de la mañana encontré a papá con su periódico en las manos, y después de darme la bendición, me pasó el cuerpo del diario dedicado a los deportes. Minutos después se nos unió Yeyo Zayas-Bazán, tío materno de mi padre, y no hizo más que sentarse para decirnos con voz alarmada y asombro en su rostro que había visto pasar por la calle El Conde no menos de diez camiones repletos de militares que portaban armas largas. “De seguro que se ha producido una invasión”, fue la conclusión de su información. Papá, que hasta esos momentos había guardado silencio, nos refirió su encuentro con la señora Michel de la Maza, le contó al tío la llamada de Bertha Pellerano, y para sorpresa nuestra nos dijo que para él lo más probable era que un alto funcionario del gobierno hubiera perdido la vida.

Nunca mi padre me dijo si conocía del complot para ajusticiar al Tirano, pero siempre he sospechado que alguna información tenía, tal vez, por la vía de su amigo Severo Cabral, pues tan pronto nos desayunamos, y con la suposición previamente expresada de que algún personero del régimen había fallecido, me pidió ir a la Puerta del Conde para verificar si la bandera estaba a media asta.

En cumplimiento del mandato paterno fui al lugar indicado y observé izado hasta el tope el pabellón tricolor. Tomé entonces la calle El Conde para dirigirme a la oficina de mi padre, situada en la Arzobispo Meriño, pero al llegar a la esquina de esta calle una corazonada me llevó hasta la Fortaleza Ozama, y allí, en lo alto de la Torre del Homenaje, estaba el lienzo nacional a media asta.

Casi corrí hasta el bufete de abogado y con el corazón en la boca le dije a mi padre lo que había observado en los dos monumentos visitados. Este se limitó a comentar: “Alguien muy grande ha fallecido”. No había terminado de pronunciar esta frase cuando hizo su entrada al despacho José Andrés Aybar Sánchez, hijo de un gran amigo de mi padre, y quien acabado de recibirse de abogado había comenzado a trabajar en la oficina. Se le veía sumamente excitado, deseoso de tomar la palabra y de develar un secreto. Con voz de susurro nos dijo que don José Andrés Aybar Castellanos, su progenitor, acababa de recibir una llamada telefónica de su cuñado, Eduardo Matos Díaz, residente en México, para decirle que Trujillo había sido ajusticiado.

Mi padre, quien siempre tuvo un gran dominio de sus emociones, lo miró fijamente y le preguntó: “¿Cómo supo Eduardo esa noticia?” “Porque el Gobierno norteamericano desde París lo ha dado a conocer a la opinión pública”, fue su respuesta.

Ni un solo músculo del rostro nos mostró cuáles eran los sentimientos del hombre que durante los treinta y un años del régimen despótico sufrió vejámenes, persecuciones, prisiones y torturas. Permaneció en silencio, Un silencio profundo que se sentía lacerante en todo el despacho. Al cabo de varios minutos, que a mí me parecieron interminables, de modo sereno expresó: “Ahora hay que esperar los coletazos del régimen que se derrumba”.

Retorné a mi hogar con el propósito de tomar los libros de estudio, pues el 1 de junio comenzaban los exámenes del tercer año de Derecho de la entonces Universidad de Santo Domingo. Difícilmente pude concentrarme, pues a cada momento esperaba escuchar la información oficial del deceso, aunque La Voz Dominicana continuaba con su programación ordinaria.

Como siempre lo hacía, a las doce y media del día regresó papá a la casa y se sentó a conversar con la familia. A mamá, mis hermanas y mi abuela nos contó que ya en toda la ciudad corría el rumor del ajusticiamiento del tirano. Todos estábamos conscientes de que a partir de ese momento nuestra vida cambiaría, de que la libertad se aproximaba a nuestra Patria y de que en lo adelante papá podría llevar una vida tranquila y sosegada. Pero, si en todos estaba bien alta la adrenalina, si en mis hermanas y yo asomaba la alegría, papá mantenía su imperturbable calma y sus palabras se limitaban a examinar el acontecimiento y sus secuelas.

Mientras charlábamos y esperábamos el almuerzo, Cusa Pardo hizo su entrada, De un físico parecido a Golda Meier, con un peinado semejante a la de la líder israelita, hermana de un exiliado antitrujillista, don Miguel Pardo, Cusa, soltera y sin hijos, vivió sola el horror de la tiranía. Perseguida, traducida a la justicia por supuesta falta de pago de impuesto de una pequeñísima tienda que tenía en El Conde, hostigada hasta la saciedad, siempre se mantuvo firme sin doblegarse jamás ante las brutalidades a que fue sometida. Con su voz chillona expresó con alegría que le desbordaba toda su pequeña figura: “Mataron a Trujillo”.

A papá por primera vez en el día le vi reaccionar: “Cusa –le dijo-, seguimos vivos y Trujillo no pudo sojuzgarnos. Nuestra firmeza se impuso”. Y dicho esto, abrió su billetera y me pidió que fuera al colmado de la esquina a comprar unas cervezas. Así lo hice, aunque le pedí a Casimiro, el dueño de La Metralla, situada en las Mercedes esquina Santomé, que me envolviera en doble bolsa las botellas, para así ocultarlas de las miradas penetrantes de los dos espías que se encontraban desde hacía un año vigilando la puerta de nuestra casa.

El 31 de mayo de 1961, papá nos pidió levantar los vasos y brindó por la libertad. Para él, habían finalizado los años de angustia que se iniciaron desde el mismo 1930 cuando siendo secretario en el Tribunal de Tierras se negó a firmar un documento de adhesión a Trujillo. A partir de entonces se le condenó varias veces a prisión, se le destituyó como Notario Público, se le torturó en La Cuarenta, pero como lo dijo hace cincuenta años, no pudieron con su dignidad de hombre probo y justo. A pesar de las presiones nunca se inscribió en el Partido Dominicano, jamás le aceptó un cargo público al régimen y de su pluma o de su verbo nunca surgió un escrito o unas palabras laudatorias al Tirano.

Brindemos hoy por la libertad y eduquemos a las nuevas generaciones para que defiendan la democracia y que nunca más la noche tenebrosa de la tiranía pueda enseñorearse en nuestra Patria.


Resumen de la participación del señor vicepresidente de la República, doctor Rafael Alburquerque, en el almuerzo-encuentro que sostuvo con miembros de la Asociación de Industriales de la Región Norte (AIREN), actividad que se llevó a cabo en la ciudad de Santiago de los Caballeros.


En este día es más propicia la ocasión para celebrar junto a todas aquellas personas que han hecho de la palabra —hablada, escrita u oral, impresa o digital— uno de los principales sostenes de la sociedad: los periodistas. Así, palabras como Libertad, Reivindicación, Desarrollo, Democracia… constituyen cada día el sentido de su oficio, que respaldamos y reconocemos los ciudadanos que desde nuestros propios ámbitos fraguamos también una mejor sociedad.

¡Felicidades!

Hoy se cumplen cincuenta años del alevoso y brutal asesinato de las hermanas Mirabal. Fue un 25 de noviembre del año 1960. Año terrible para el pueblo dominicano pero, al mismo tiempo; año en que comenzó el fin de la tiranía, que finalmente cayó abatida el 30 de mayo de 1961.

En junio de 1959 llegaron los bravos soldados de la libertad. Constanza, primero; días después, Estero Hondo y Maimón. Cierto que en pocas semanas las fuerzas despóticas habían masacrado a los valerosos expedicionarios, pero su sacrificio y coraje despertaron los más nobles valores de nuestro pueblo, conduciendo a una resistencia interna que muy pronto se manifestaría en contra del tirano, mediante panfletos lanzados en la plaza pública y en las aulas universitarias, y por conducto de una organización conspirativa que llevaría el nombre de 14 de Junio.

En enero de 1960 miles de dominicanos fueron a la cárcel. La conspiración había sido develada por los esbirros de la tiranía. Minerva, Patria y María Teresa fueron arrestadas. También Manolo Tavárez Justo, esposo de Minerva y líder del movimiento. El clamor popular se hizo sentir con fuerza. La protesta callada, pero firme, se respiraba en el aire. Por primera vez en treinta años de postración el pueblo se indignaba contra el sátrapa, y familiares de los apresados cantaban a viva voz el Himno Nacional a las puertas del Palacio de Justicia de Ciudad Nueva. El gobierno del tirano se vio forzado a ir dejando poco a poco en libertad a los detenidos.

La tiranía estaba ya herida de muerte y entró en un proceso degenerativo de locura. En junio de ese año 1960 Trujillo atentó contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt, en un hecho que casi le costó la vida al mandatario de Venezuela. El país fue sancionado por la Organización de Estados Americanos y todos los países de América rompieron sus relaciones diplomáticas y comerciales con la República Dominicana.

Cinco meses después, un 25 de noviembre, caían destrozadas, asesinadas salvajemente, las heroicas hermanas Mirabal. Habían viajado a Puerto Plata a visitar en la cárcel a sus maridos, todavía detenidos por el complot del 14 de junio. Junto con ellas, un humilde hombre de pueblo, Rufino de la Cruz, su chofer, también era asesinado.

Pero el tirano se equivocaba. Las hermanas Mirabal no morirían. Cincuenta años después siguen vivas en el corazón del pueblo dominicano. Y en todo el mundo, ese 25 de noviembre ha sido declarado por las Naciones Unidas como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Su abnegación, su lucha, su amor por la libertad, no fue en vano. ¡Loor a Minerva, Patria y María Teresa Mirabal!

Freddy Beras se nos ha ido.

Un genio del arte. Humorista excepcional, libretista de altos vuelos, actor consumado, compositor y cantante, escritor de finas ironías, un artista verdaderamente prodigioso en las tablas del teatro y en el escenario de la televisión.

Desde los años 60 penetró con fuerza en todos los hogares dominicanos, que se acostumbraron a su figura bonachona en las tardes de los domingos y luego en sus programas de todas las noches. En la pantalla chica lo vimos todos los dominicanos, haciéndonos reír y olvidar los problemas cotidianos, pero también lo escuchamos tronar contra las injusticias y los males de nuestra sociedad.

Solidario en las horas que nuestro pueblo, o algún pueblo hermano, necesitaba de la ayuda generosa por haber sido afectado por una tragedia. Solidario con la familia humilde que requería el apoyo de la población para salvar una vida. Solidario con nuestros ciudadanos en la reclamación de la equidad y la justicia social.

Crítico pertinaz de la injusticias, los abusos, las violaciones de los derechos individuales.

Luchador por la soberanía de su patria. Lo vimos en 1965 empuñar el fusil para reclamar el apoyo al restablecimiento del gobierno del profesor Juan Bosch, y para defender a su tierra ocupada por fuerzas extranjeras.

El país pierde un ciudadano ejemplar, y quien esto escribe pierde a un gran amigo. Al amigo de la adolescencia en las calles de la Ciudad Colonial; al compañero de las aulas universitarias en la Facultad de Derecho; al camarada fraterno que reía con sus chistes en las noches en que nos encontrábamos para estudiar en un apartamento del último piso del edificio Baquero de la calle El Conde. Y luego al hombre servicial que muchas veces colaboró conmigo en mis afanes políticos y en mis labores gubernamentales.

Gracias Freddy por toda tu vida. No es un adiós, es un hasta luego. Mientras tanto, seguiremos recordándote y rememorando aquella época en la que, como tú señalabas, al asfalto le decían tarbia; a la gelatina de pelo, vaselina; y a estar en olla, estar en la prángana.

El 6 de noviembre de cada año se celebra el Día de la Constitución, en conmemoración de la fecha en que se aprobó la primera Carta Sustantiva de la Nación, en el año 1844.

Propicia es la ocasión para recordar que el 26 de enero del presente año fue promulgada una nueva reforma constitucional en la cual, por primera vez en nuestra historia republicana, se consagran los denominados derechos de tercera generación.

¿Cuál es el significado de esta expresión? Para entenderlo, es necesario remontarse a la Declaración de los Derechos del Hombre proclamada por la Revolución Francesa de 1789, cuyo contenido reconoce por vez primera los derechos fundamentales de los seres humanos. Todas las Constituciones aprobadas durante el siglo XIX en nuestra América siguieron este patrón. Si las revisamos, comprobaremos que en ellas se garantizan los derechos a la vida, a la igualdad y a la integridad personal, así como se concede a toda persona el disfrute a la libertad de conciencia y cultos, de reunión y asociación, de expresión de sus pensamientos, ideas y opiniones, de circulación y tránsito por todo el territorio nacional. Fueron éstos los derechos de primera generación.

Con la Constitución mexicana de Querétaro en 1917, se inaugura la época de los derechos de segunda generación, esto es, los derechos sociales y económicos, que en lo adelante pasan a ser considerados en casi todas las Constituciones de América Latina del siglo XX. En éstas figuran los derechos a la salud, a la cobertura de la seguridad social, a la educación, a la propiedad y a la protección de los trabajadores. En el país, fue la Constitución de 1963, promulgada bajo el mandato del profesor Juan Bosch, la que dio inicio a esta nueva etapa.

Ahora, con la reforma de 2010, la Constitución dominicana incorpora los derechos de tercera generación, como son los derechos culturales y deportivos, así como los derechos colectivos y de medio ambiente. Entre los derechos colectivos se mencionan la conservación del equilibrio ecológico, de la fauna y la flora; la protección del medio ambiente; y la preservación del patrimonio cultural, histórico, urbanístico, artístico, arquitectónico y arqueológico.

La reforma de 2010 transforma sustancialmente toda la organización jurídica del Estado, dotando al Congreso Nacional de mayores atribuciones; estableciendo nuevas instituciones, como el Defensor del Pueblo, el Tribunal Constitucional y el Tribunal Superior Electoral; fortaleciendo el control y la supervisión de las finanzas públicas; reconociendo el estatuto de la función pública, concediendo un régimen estatutario para el servidor del Estado; y, sobre todo, algo de trascendental valor, disponiendo un conjunto de garantías a favor de los derechos fundamentales, como la tutela judicial efectiva y el debido proceso; el derecho a una acción judicial para conocer la existencia y acceder a los datos que sobre cualquier persona consten en registro o bancos de datos públicos o privados; y la facultad para cualquiera de recurrir en amparo para reclamar la protección inmediata de derechos que hayan sido o amenacen ser vulnerados.

Hay que examinar y estudiar detenidamente la reforma de 2010, pues en su contenido el ciudadano común y corriente encontrará un instrumento poderoso para hacer respetar y valer sus derechos. Se trata de una reforma de un contexto general de avanzada, que se aparta y aleja de las versiones tradicionales que habíamos conocido hasta la fecha. Sólo la reforma de 1963 tuvo ese rumbo innovador, que ahora retoma la de 2010.

El 25 de noviembre de 1960, Patria, Minerva y María Teresa Mirabal fueron asesinadas a palos, por órdenes del tirano Rafael Leonidas Trujillo. Desde 1981, a raíz del Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe realizado en Bogotá, en Latinoamérica se comenzó a observar ese día para conmemorar las vidas de las Mariposas y promover acciones para erradicar la violencia de género.

Doce años más tarde, en 1993, se produjo la declaración internacional más completa, en cuanto a política internacional: la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en la que “violencia contra la mujer” se definió como:

todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vía pública o en la vía privada.

Así, a solicitud de la República Dominicana, y con el apoyo de delegaciones de otros 60 países, la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Resolución 50/134 del 17 de diciembre de 1999 declaró finalmente el 25 de noviembre como Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Con el inicio de este mes de noviembre, en el que se conmemora el quincuagésimo aniversario de la muerte de nuestras hermanas Mirabal, es oportuno reconocer, una vez más, la magnitud de este problema de carácter individual, familiar y social, que en todo el mundo causa más muertes y discapacidad de mujeres y niñas que el cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico y las guerras combinados.

El vicepresidente de la República, doctor Rafael Alburquerque, aseguró que la salud no es una mercancía, por lo que nunca debe estar sujeta a la ley de oferta y demanda del mercado, y que el Estado está en la obligación de garantizar estos servicios a la población.

Alburquerque hizo la afirmación en la conferencia magistral que dictó con motivo de la celebración del octavo aniversario del Seguro Nacional de Salud (SENASA). En su alocución resaltó la importancia de brindar a la población acceso a los servicios de salud, especialmente a los ciudadanos de escasos recursos, sentenciando:

En lo adelante, la salud se visualiza como un derecho, conforme al mandato legal. Un derecho del ciudadano, que dotado de un carné de identidad, con sus nombres y apellidos, y su número de cédula de identidad, siente y toma conciencia de que a partir de ese momento goza de la potestad de exigir que se le atienda, que se le ofrezcan buenos servicios, así también, de reclamar y, por qué no, de demandar si no recibe lo que espera del Estado.

El vicepresidente dijo que al 16 de agosto de 2004 apenas 45 mil 607 personas en la región suroeste estaban afiliadas al Seguro Familiar de Salud del régimen subsidiado, y que en solo cuatro meses, es decir, en diciembre de ese mismo año, la cantidad de afiliados se había incrementado en un 43 por ciento, y ya más de 66 mil personas recibían los servicios de salud.

Resaltó que en menos de seis años se han incorporado un millón 574 mil 419 personas, lo que totaliza un incremento, al 5 de agosto de 2010, de un millón 639 mil 436 pobres e indigentes, con lo cual se aseguran los servicios de salud al 50.6 por ciento de la población de escasos recursos de la República Dominicana.

El doctor Alburquerque señaló que la meta es que para agosto de 2012 el cien por ciento de la población pobre e indigente esté cubierta por el régimen subsidiado, y que para lograr ese objetivo se cuenta con la decisión inquebrantable del primer mandatario de la Nación y con la labor ingente de los funcionarios de Senasa.

Concomitantemente, en un esfuerzo de orientación y capacitación de los beneficiarios del régimen subsidiado, casi siempre limitados en sus conocimientos por su condición de pobreza, el Programa Solidaridad ha incluido como requisito para el auxilio que otorga a los hogares bajo su protección social, el cumplimiento de un componente de salud integral que se extiende a lo largo del ciclo de vida, y que será ofrecido por las Unidades de Atención Primaria a embarazadas y recién nacidos, niñas, niños y adolescentes, los cuales ya han sido adscritos, en razón de su domicilio, a estos centros que darán seguimiento a este plan de prevención“, concluyó el doctor Alburquerque.

Próximamente, estaremos publicando esta conferencia en el Canal de YouTube del Vicepresidente.