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Banderas 4

Este nuevo aniversario de la Independencia lo celebraremos en el año que conmemoramos el bicentenario del nacimiento del Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte. Los ideales de Duarte, su lucha, su fe en la Patria, su sacrificio, su honestidad a toda prueba, su incansable fatigar por dejarnos una nacionalidad, son los valores que hoy debemos cultivar para continuar hacia el progreso y el bienestar de nuestro pueblo.

El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) fue constituido por el maestro Juan Bosch, con la finalidad de continuar y completar la obra que Duarte inició. En esta época de globalización, de profunda crisis económica y financiera, del surgimiento de un nuevo modo de producción en las empresas, que las fragmenta y debilita al movimiento sindical, cuando se hace más necesario que nunca que en el país se luche contra la pobreza y la indigencia, es necesario que todos los peledeístas y con ellos, los buenos dominicanos, aunamos esfuerzos para respaldar las acciones que lleva a cabo el gobierno del compañero Danilo Medina, su cruzada por la alfabetización, su respaldo a los productores campesinos, su iniciativa para la promoción de proyectos de turismo ecológico, su apoyo al desarrollo local y su defensa y expansión del programa Solidaridad.

Con un PLD unido, combatiendo denodadamente a quienes pretenden desacreditar la figura de su líder, el compañero Leonel Fernández, e integrados todos en la ardua tarea de nuestro gobierno por continuar la lucha que se viene librando por el progreso y la justicia social, cumpliremos con el mandato de nuestro Congreso Constituyente y nos haremos merecedores del legado de nuestro Padre fundador, Juan Pablo Duarte.

Que el 27 de Febrero sea día de reflexión y compromiso peledeísta para no desmayar y continuar adelante.

¡Viva la Patria!

Los sectores conservadores siempre han tratado de ofrecernos una imagen idílica de Duarte; un Padre de la Patria inasible, una cumbre inalcanzable; un ser etéreo que se sitúa más allá del bien y del mal.

El Duarte que esta Patria nuestra hoy debe reivindicar en su bicentenario es la del patriota acendrado, el luchador infatigable, el hombre que jamás vaciló ante el sacrificio, el proscrito que hubo de sobreponerse a las amarguras deparadas por las calumnias y las maledicencias.

Apenas contaba con veinticinco años de edad cuando fundó la Trinitaria; las ideas revolucionarias recibidas durante su estancia en España le hicieron concebir una Patria independiente de toda potencia extranjera, y a diferencia de sus antecesores y muchos de sus contemporáneos, tuvo la fe y la convicción de que en un territorio que no llegaba a contar con cien mil habitantes y sojuzgado por la fuerza inconmensurable que representaba el Haití revolucionario y liberado desde 1804, podía constituir un Estado soberano, sin tutelas extranjeras, que él llamó República Dominicana.

¿Qué fuerzas ocultas le impulsaron en sus propósitos? ¿Cómo entender que un jovenzuelo fuera capaz de desdeñar las voces que clamaban por un protectorado francés ante lo que consideraban la inviabilidad de la República? Y sin embargo, no cejó en el empeño: conspiró, como lo haría cualquier revolucionario decidido a subvertir el orden establecido; convenció con su prédica a amigos de su edad para formar el núcleo que llevaría a cabo la ardua tarea; trazó la estrategia de aliarse con los enemigos de los opresores en busca de alcanzar el objetivo perseguido; hizo las alianzas que juzgó necesarias, aunque fuera a costa de concitar en el empeño a fuerzas retrógradas, con tal de ver en el asta la enseña tricolor.

Sólo su inquebrantable firmeza hizo posible el milagro. Pero, ésta no bastaba; también fue necesaria la labor tesonera de propagar sus ideas, de ganar apoyo para la causa, de trabajar con ahínco en la urdimbre de la trama, de sacrificar el patrimonio familiar con tal de ver nacer la República Dominicana. Y así, el 4 de febrero de 1844, apenas unas semanas antes del 27, escribió a su madre y a sus hermanas para decirles:

El único medio que encuentro para reunirme con Uds. es independizar la patria. Para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que Uds. de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado”.

Independizada la Patria es recibido en el muelle por el Arzobispo, quien lo saluda con la exclamación: “Salve, Padre de la Patria”; pero, no había tiempo para celebraciones sino para integrarse en lo inmediato a las labores que desplegaba la Junta Gubernativa desde el 27 de febrero. Un testigo de la época nos narra este encuentro:

En medio del triunfo más espléndido llega al Palacio de Gobierno. Sabiendo que una palabra sola le bastaba para aniquilar los proyectos ambiciosos de los noveles republicanos, llega el inexperto joven y ofrece su espada a la Junta, que sólo aguardaba sus órdenes, y en recompensa de su modesto desprendimiento le da el título de general de brigada. Él lo recibe sin hacer alto en nada y todo lo renuncia en favor de sus conciudadanos, cuya unión deseaba para bien de la patria”.

Duarte no descansa. Se incorpora a la lucha contra los haitianos que se niegan a reconocer la independencia dominicana; desgraciadamente, la historia es conocida, su sacrificio y amor por la Patria es pagado con el destierro. Los “orcopolitas” de siempre no podían aceptar que un hombre tuviera un amor tan acendrado para con su Patria; que un revolucionario diera ejemplo de honestidad, rindiendo cuentas al gobierno de los fondos recibidos y devolviendo el dinero sobrante; que un defensor de los mejores intereses se opusiera vehementemente a los planes anexionistas.

Proscrito para siempre, regresa a la Patria a punto de perderse para ofrecer sus servicios al gobierno restaurador radicado en Santiago; pero, se le pide volver al extranjero para recabar apoyo a la lucha que libraba el pueblo contra el gobierno español. Duarte comprende la decisión, no busca ser manzana de discordia, se precisa la unidad, sólo toma un tiempo para visitar a Mella en su lecho de muerte, y retorna al caminar por otras tierras. En carta del 18 de marzo de 1865, ya en Caracas, le escribe a Félix María del Monte para decirle:

… el mío [mi corazón] aun ha permanecido abierto al amor de mi patria…. Hallándome dispuesto y como en los primeros días de mi adolescencia, a sacrificarlo todo en sus aras. ¿Qué quieres? Yo habré nacido para no amar sino a esa Patria tan digna de mejor suerte y a sus amigos que son los míos, cuando después de tan amargas pruebas, ni siquiera he pensado en quebrantar mi juramento”.

Ese es el Duarte que en su bicentenario debemos recordar. El irreductible en su creencia de fundar una República; el hombre que no desmayó en sus esfuerzos, desde 1833 hasta 1844, para lograr la separación de Haití; el organizador de los instrumentos, como la Trinitaria y la Filantrópica, que hicieron posible el grito de independencia; el conspirador que supo urdir con su inteligencia y sagacidad la trama que haría factible el amanecer de febrero; el abnegado que lo entregó todo, fortuna y justas aspiraciones, con tal de obtener los propósitos de ver una Patria libre y sin discordias; el apóstol que predicó entre la juventud e hizo germinar los ideales de la nacionalidad; el patricio que prefirió el destierro con tal de sepultar entre sus congéneres la tea de la discordia; el anticolonialista que advirtió que el país debía ser libre de toda potencia extranjera, o se hundía la isla.

Que los dominicanos y dominicanas de hoy beban en la fuente del ideario de Juan Pablo Duarte; que sea faro que ilumine nuestros compromisos de trabajar sin descanso y desmayo por el porvenir de la Patria; que veamos en él al hombre de acción, al luchador infatigable, a quien jamás se doblegó en la defensa de la dominicanidad. Que en éste, su bicentenario, digamos con Miguel Angel Garrido: “Duarte, más grande que tú, ni la Patria misma”.

Santo Domingo, 26 de enero de 2013.

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Justamente dentro de diez días se cumplirán 200 años del nacimiento del creador de nuestra nacionalidad. Todavía se conserva en la iglesia de Santa Bárbara la pila bautismal en la que un día 4 de febrero de 1813 fue bautizado Juan Pablo Duarte Díez, hijo de Juan José Duarte y de Manuela Díez.

Durante todo el año los hombres y mujeres del país haremos homenaje al humanista, al emprendedor, al organizador; al hombre que con apenas 26 años de edad sembró la simiente de la nacionalidad dominicana. El 16 de julio de 1938, bajo el juramento trinitario, jóvenes contemporáneos de Duarte se organizaron para lograr establecer una nueva nación en el continente; juramento que no sólo fue significativo en su momento sino que todavía hoy tiene vigencia como estandarte moral y patriótico de los dominicanos.

“En el nombre de la Santísima, augustísima e indivisible Trinidad de Dios Omnipotente: juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y e implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana; la cual tendrá su pabellón tricolor en cuartos, encarnados y azules, atravesados con una cruz blanca.

Mientras tanto seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sacramentales: Dios, Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo.

Si tal hago, Dios me proteja: y de no, me lo tome en cuenta, y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición si los vendo”.

Como ocurre con casi todo hombre innovador y de ideas libertarias, en su época fue blanco de burlas y ataques. Más tarde perseguido, desterrado y acusado de traidor.

El edicto promulgado por la Junta Central Gubernativa de entonces expresa claramente la intención de sus detractores cuando “ordena el destierro del territorio a perpetuidad de Duarte y sus compañeros, sin que puedan volver a poner un pie en él, bajo pena de muerte. A cuyo efecto se da poder para que lo ejecute a cualquier autoridad civil o militar”.

A pesar de ello, Duarte no se amilanó. Ya antes, había sido obligado a salir de la isla en el año 1843 debido a la persecución del gobierno haitiano, regresa a los 19 días de haberse proclamado la independencia nacional en 1844 y luego de este su segundo exilio, a pesar de padecer problemas de salud, regresa a la patria el 25 de marzo de 1864 para ponerse al servicio de la restauración de la República.

Juan Pablo Duarte, fundador de la nación, es ejemplo y su nacimiento lo conmemoramos ante el mundo, con orgullo y dignidad.

“Es usted uno de los más extraordinarios ejemplos de coraje civil de todos los tiempos.”
Dr. Rafael Alburquerque al agradecer a la Sra. Aung San su visita al Foro Mundial del Trabajo


Por: Humberto Villasmil Prieto

Los aficionados a la Historia, como este escribiente, suelen leer textos sobre ella en procura de intentar entender el presente; saber de dónde venimos o de imaginar el futuro, de la mano de una hoja de ruta más o menos razonable. Pero a veces, la Historia, leída o imaginada, se ve, se mira de cerca y de frente. En ese momento se piensa en aquello que al final será un tópico: yo estuve allí, persuadido de que, al menos una vez, se estaba en el sitio y hora precisa, donde muchos desearían haber estado. La alineación de infinitas eventualidades que pueden ordenarse de un modo, pudiendo hacerlo de tantos otros, es lo que muchos entendemos como el destino. El 30 de Mayo pasado se instalaba en Ginebra la 101ª. Conferencia Internacional del Trabajo, cuyo plenario designó por aclamación al Vicepresidente de la República Dominicana, Dr. Rafael Albuquerque de Castro, como Presidente de ese magno parlamento mundial del trabajo. Fue ello un reconocimiento a un dominicano universal, ligado desde hace mucho tiempo a la OIT, con derecho propio y brillante desempeño.

Este escribiente, casualidad añadida, recibía el inmerecido e inolvidable honor de ser designado como su asistente personal, lo que me permitió estar a su lado y ser testigo de esta historia y de tantas otras que una crónica de esta cita de seguro contaría. La agenda de la Conferencia transcurrió según lo previsto y el Dr. Alburquerque debió recibir a dignatarios e invitados especiales de los cuatro rincones del mundo. Con todo, el destino le tenía reservado un episodio estelar que no por anunciado lo fue menos. El 14 de junio pasado, la 101ª. Conferencia de la OIT recibía a la Sra. Aung San Suu Kyi (Rangún, Birmania, 19 de junio de 1945) líder de la Liga Nacional para la Democracia (LND) de su país, uno de los símbolos de la lucha por la democracia, la libertad y la resistencia pacífica más icónica que pueda recordar la humanidad: es usted, le decía el Dr. Albuquerque al intervenir para agradecerle su visita a ese foro mundial del trabajo, “uno de los más extraordinarios ejemplos de coraje civil de todos los tiempos”. Hija del general Aung San, el héroe de la independencia de Birmania, fue galardonada con el Premio Sajarov para la Libertad de Pensamiento en 1990, entre otros tantos reconocimientos que incluyen el Premio Internacional Simón Bolívar que en 1992 le fuera concedido (junto al Presidente Julius K. Nyerere de Tanzania).

En diciembre de 1991 recibió el Premio Nóbel de la Paz que no pudo recoger sino 21 años después. Fue su primer viaje al exterior en 24 años, periplo este que previó –en ruta a Oslouna parada en Ginebra para dirigirse a la Conferencia Internacional del Trabajo.

“Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar”, fueron las primeras palabras de La Mandela de Asia al ser liberada, el 13 de noviembre de 2010, tras siete años y medio de arresto domiciliario. La Dama, entró al recinto de la Conferencia que estallaba en un aplauso ensordecedor, tanto como interminable.

Este escribiente, sentado en lugar privilegiado, detrás del Presidente de la Conferencia, la vio llegar.

De paso sobrio, de tan menuda como carismática presencia, con elegancia milenaria y serenísima de quien sabe bien que traspasó hace mucho el umbral de un personaje para ser un símbolo.

Con su lenguaje gestual, de seguro para este escribiente indescifrable en toda su riqueza, no tuve duda de que había comenzado a hablar mucho antes de tomar la palabra. Al haber escuchado al Presidente de la Conferencia dirigirse a ella en español, al momento de presentarla y de ofrecerle la palabra, reconoció que en medio de los latinoamericanos se sentía como en su casa. Me pregunté qué podría explicar esa conexión entre el Caribe y su lejano país, situado entre la India y la China, como si la afectividad, cualquier sea la forma que se escoja para expresarla, necesitara algún título justificativo. Pocas veces me resultó tan inútil la mala costumbre de indagar la causa de lo que es por sobre todo un sentimiento. La hija del general Aung San llegó con su pelo recogido y sujeto con rosas blancas y rojas, tradición milenaria de las mujeres birmanas. En medio de su discurso, un pétalo de una rosa blanca se desprendió. Lo vi caer y sentí que era aquello un modo sutil y elegantísimo de dejar huella de su paso por esa asamblea que un dominicano ilustre, maestro de vida y de oficio de mi generación y de tantas otras, le tocó en suerte dirigir.

El pétalo de rosa que vi caer me trajo el recuerdo del verso de Martí y sentí entonces que en efecto había una conexión caribeña en aquella escena inolvidable:

“Y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo; cultivo la rosa blanca”.


El profesor Humberto Villasmil Prieto –abogado nacido en Maracaibo, Venezuela, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello y de la Facultad de Derecho de la Academia Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social– es el especialista principal en Derecho del Trabajo del Servicio de Diálogo Social, Legislación y Administración del Trabajo de la OIT, Ginebra.

Este relato, en dos partes, es la recontrucción de algunas de las vivencias de uno de tantos dominicanos que vivió esos meses siendo un niño. (La primera parte está en este enlace.) Se publica aquí como una forma de conmemorar y rendir tributo a los forjadores de Abril, esos héroes reconocidos y desconocidos que una, vez más, rescataron a la Patria y a su honor amenazado.


En el 65 la Escuela Argentina estaba en la calle Juan Isidro Pérez, entre Hostos y Duarte, a dos cuadras de mi casa.

Medrano tenía muchísimos años allí como conserje. Era un hombre humilde, pero firme y con un gran sentido del deber; decían que jamás había faltado a su trabajo, ni un solo día. Era tosco, delgado, de estatura media y muy velludo, siempre daba la impresión de llevar dos días sin afeitarse. A veces andaba en chancletas; otras, con unos zapatos viejos y siempre, con un enorme manojo de llaves. A todos nos parecía un viejo, pero no debe haber tenido más de 35 años. De tanto pasar por el frente de la escuela fuimos entrando en confianza, se fue haciendo amigo de nosotros y nos permitía entrar para usar la cancha por las tardes. Con gran parsimonia abría los candados del portón mientras pronunciaba el consabido discurso sobre el comportamiento que deben tener los jóvenes, a menudo motivado por alguna travesura que había descubierto de nuestra visita anterior.

Cuando en la Escuela Argentina se instalaron los comandos constitucionalistas y comenzó a darse entrenamiento militar en el patio, Medrano fue de los primeros en alistarse. De las armas capturadas en la Fortaleza Ozama había conseguido un casco y un Mauser, no los soltaba ni a sol ni a sombra.

El tiroteo debe haber sido el día 30 o el 1ro de mayo. Yo estaba en el comedor cuando escuché los disparos, dos o tres solamente. Pasaron varios minutos en total silencio y entonces comenzó a acercarse el coro de gritos de alborozo, igual que cuando pasó Caamaño. Corrí a la ventana y me agarré de los barrotes.

— ¡Agarramos al primer yanki… Agarramos al primer yanki…! — anunciaba a su paso un hombre muy alto, muy fuerte y muy velludo, con un casco puesto, los brazos en alto, un Mauser en una mano y un casco de un marine en la otra. Un Medrano desconocido para mí bajaba por la Duarte, solitario, imponente, pisando firme, como pocos días antes hiciera el Coronel de Abril.

Mi padre también se había acercado a la ventana sin que yo me percatara, hasta que sentí su mano en mi hombro.

— Ése, seguro que se extravió y se metió con su jeep en la Zona. Estos yankis ni saben por dónde andan — murmuró con desprecio.

Los invasores no volvieron a intentar entrar hasta seis semanas más tarde. El 14 de junio ya se sabía que venía una ofensiva para tomar la Zona Constitucionalista, pero no se sabía exactamente cuándo.

Esa noche mi mamá había invitado a Güigüí a comer unos espaguettis, su comando quedaba al lado de mi casa. Serían como las ocho cuando llegaron. Eran cuatro, contando a Güigüí; los demás estaban en sus puestos. Llegaron con todas sus armas encima y las colocaron con cuidado sobre la credenza antes de sentarse a la mesa. Mientras comían y hablaban animadamente, yo me tuve que conformar con mirar los fusiles de reojo, sabía que no me dejarían acercarme siquiera. De pronto, un largo silbido interrumpió la conversación, los pensamientos y la respiración de todos, entonces tronaron como cinco explosiones. La mitad de los espaguettis se quedó en los platos. En segundos, los combatientes habían cogido sus armas y cuando vine a darme cuenta ya iban corriendo Duarte arriba. Los morteros cayeron frente a la Escuela Argentina. Ahí murió un amiguito mío, Monchín, y también su mamá, Doña Elvira. Javier, el ebanista, quedó viudo.

Me contaron que el alto mando de la 82da División Aerotransportada había pronosticado una operación de dos horas para tomar la ciudad el 15 de Junio, pero luego de dos días de combates, los marines fueron obligados a retirarse. No pudieron entrar jamás.

Tute Mazara participó en la defensa del noreste de la ciudad, junto a Pichirilo, Güigüí y otros jóvenes en lo que se conoce como el combate de la Casa Zaglul, que estaba en la Juana Saltitopa esquina Mella, en Santa Bárbara. Por ahí venían bajando los norteamericanos. Y estos muchachos fueron los que detuvieron su avance en esa cuadra.

Tute vivía frente a mi casa, era sobrino del inmortal del deporte, don Chichí Mazara. No hablaba ni una palabra de inglés, pero se aprendió de oído la voz de auxilio de los americanos; escondido en un zaguán gritaba — I’m here! Help! I’m here!, para que salieran. Y cuando sacaban la cabeza… ¡tún!, hasta ahí llegaban. Tuvieron que retirarse, porque es que no podían, las calles eran demasiado estrechas y los constitucionalistas, muy aguerridos. Más de dos docenas de yankis —me contó Tute, después— murieron allí. Al día siguiente Tute fue ascendido a sargento.

Unos días más tarde, por el peligro de un segundo intento de tomar la ciudad, mi padre nos llevó al Ensanche Ozama, a la casa de un amigo de la familia, un piloto de la Fuerza Aérea que había desertado. No quiso bombardear la ciudad y se fue con su avión a Puerto Rico. Nos mudamos allí con la familia de mis tíos, era una casa enorme.

En el Parque había un helipuerto de las fuerzas invasoras, nosotros íbamos de vez en cuando a ver los helicópteros aterrizar. Tiempo después vine a saber que uno de los marines, puertoriqueño, se había enamorado de mi prima; que de algún modo mi padre se había enterado de que los americanos querían visitar la casa y que inmediatamente había dicho – Sí, sí, que vengan; que los recibió con gran cordialidad, los invitó a sentarse y comenzó a conversar con ellos muy animadamente y a brindarles cervezas; y que, para mi sorpresa, mi padre era un perfecto espía: que lo que quería era sacarles información a sus “invitados”.

Así que en eso estaban cuando llegamos de jugar y nos encontramos con estos tipos en la sala. Éramos mi hermano y José, de nueve años; Luisito, de doce; y yo, de once. La indignación fue tan grande que de inmediato, sin averigüar, dimos media vuelta y una vez que nos sentimos más o menos a salvo, afuera en la acera, entonamos el Himno Constitucionalista a todo pulmón:

¡A luchar, a luchar, a luchar, a luchar!
¡A luchar, soldados valientes
que empezó la revolución…. !

Como no surtía el más mínimo efecto, cambiamos de táctica y empezamos a corear:

– ¡Yan-ki go home, yan-ki go home! ¡Fuera yankis de Quisqueya! ¡Fuera yankis de Quisqueya! ¡Yan-ki go home…!

Esto sí lo entendieron perfectamente; se pusieron de pie y salieron a vernos, entre curiosos y divertidos –nos contaron luego, porque para cuando los gringos llegaron a la galería, nosotros ya íbamos corriendo a una cuadra de distancia. Esta fue la primera manifestación anti norteamericana durante la invasión; la de unos niños, en la Zona Oriental.

Abril de 1965 fue una guerra. Y como toda guerra, estuvo llena de horror, de sangre, de muerte, injusticias, violencia, abuso y todas aquellas cosas que quisiéramos ver algún día desterradas para siempre de nuestras vidas. Sin embargo, nos dejó a quienes la vivimos, como adultos o niños, un sentido de la dignidad y del honor que jamás se borrará.

Este relato, en dos partes, es la recontrucción de algunas de las vivencias de uno de tantos dominicanos que vivió esos meses siendo un niño. (La segunda parte está en este enlace.) Se publica aquí como una forma de conmemorar y rendir tributo a los forjadores de Abril, esos héroes reconocidos y desconocidos que una, vez más, rescataron a la Patria y a su honor amenazado.


Desde niño, los amigos del barrio me llaman Calín. Nosotros vivíamos en la cuestecita de la Calle Duarte, en la parte de la ciudad que se transformó en la Zona Constitucionalista, para abril del 65 yo tenía once años. No podría decirse que “viví” la guerra, porque era un niño, pero en realidad sí la viví, de muchas maneras. Algunas historias de esa época las conozco de primera mano y las demás, porque las compartíamos y las repasábamos una y otra vez, cuando nos juntábamos con los muchachos en la cancha una tarde cualquiera de sábado.

De Caamaño he leído y escuchado tanto que es como si fuera familia, uno de esos dominicanos ausentes cuyo regreso esperamos ansiosos, con la brisa, cada diciembre. Pero la verdad es que lo vi una sola vez.

Yo estaba sentado en los escalones de la entrada de casa y de pronto escuché el alboroto de los muchachos en las casas vecinas — ¡Ahí va Caamaño, ahí va Caamaño…!, era el coro que anunciaba su paso a toda la cuadra, ventana tras ventana.

Me paré de un brinco y me puse en posición de firme. Él iba acompañado de unos seis o siete hombres en los que nadie reparaba. Todas las miradas eran para Francis, como le llamaba tío Miguel, que había sido su compañero de estudios en la Academia de la Marina. Por él, por mi padre y por las historias que circulaban en esos días, yo sabía muy bien quién era Caamaño y lo que estaba haciendo. Y aunque después supe que era de estatura normal, a mí el hombre me pareció un gigante. Se veía muy diferente a las fotos que se dan a conocer en estos tiempos: en ese momento no era una imagen plana, en blanco y negro ni en sepia, era un hombre lleno de vida, determinación y movimiento. Era fuerte, sí, bastante fuerte. Llevaba la cabeza descubierta, su uniforme caqui y la camiseta blanca asomando por el cuello abierto de la camisa. Andaba de prisa y sus botas pisaban duro; sus pasos se escuchaban sobre el empedrado hasta cuando iba a más de media cuadra, calle abajo. Eso fue en la mañanita de un día de principios de mayo, una semana después de que ocurriera lo de la Embajada y del Puente Duarte.

Según lo que sé, la verdad de lo que pasó en la Embajada es muy parecida a lo que cuenta Germán Ureña, el hombre rana que acababa de ser designado como su escolta. Caamaño fue a ver al embajador para lograr que convenciera a San Isidro de un alto al fuego. Necesitaba reorganizar a la población que vivía en la Zona Constitucionalista, de manera que no continuaran las bajas civiles en los bombardeos. Porque era por completo imposible impedir que los jóvenes, mujeres, viejos y hasta niños, nos integráramos a las tareas grandes y pequeñas para apoyar a estos soldados que luchaban primero por el regreso a la Constitución y luego, por el puro y simple honor amenazado de la Patria.

Como cuando supimos que había que colocar espejos. Con otros dos muchachos de la Duarte, entramos como una tromba en el aposento de mi abuela y sin preguntar, bajamos el espejo de cuerpo entero de la puerta del armario y lo partimos en dos pedazos. No nos importó el sangrero de Tato, que cogió uno de los pedazos por donde no era, ni los gritos de las mujeres que estaban en la casa, ni el peligro de encaramarnos por los techos de zinc ante un bombardeo inminente. Con la ayuda del sol, estas armas recién fabricadas enceguecerían a los pilotos, impidiéndoles bombardear la zona; y –quién sabe– con un poco de suerte hasta podrían hacerles perder el control y causar que algunos aviones se estrellaran; comentábamos, animadísimos, luego de bajar del techo con nuestra misión cumplida a cabalidad. Mi abuela, entre orgullosa y resignada, nos escuchaba y asentía, mientras le vendaba la mano a Tato.

El 27 de abril, casi toda la población civil estaba todavía desarmada. No así los militares bajo el mando de Caamaño. Y, a pesar de lo que muchos afirman, armados llegaron y armados entraron a la Embajada. Como relata Ureña –el hombre rana– pese al intento de los guardias de la entrada, ninguno de ellos se dejó desarmar; esto nos lo contó Nélsido, quien lo oyó de boca del propio Montes Arache. Caamaño entró con su pistola, igual que hicieron Claudio Caamaño y Ureña. Montes Arache entró con su fusil.

La estupidez y la prepotencia del embajador Bennett, quien para su propia vergüenza no tenía la menor idea de a quiénes tenía enfrente, indignó a Caamaño. Así, luego de un puñetazo en la mesa y una palabrota disparada con puntería perfecta al diplomático, se fue de allí sabiendo exactamente lo que tenía que hacer.

Veinticuatro horas más tarde –después de la victoria en el Puente Duarte; después de la retirada de las tropas del CEFA; después de la captura de los tanques, uno de los cuales se usaría para abrir un boquete en la Fortaleza Ozama– el embajador ya se había enterado de la estatura del Coronel y sus hombres. Y al día siguiente, luego de la toma de la Fortaleza, de la distribución de todo su arsenal entre los civiles y de ser informado de que el próximo objetivo era la misma base del CEFA en San Isidro, al embajador ya no le quedó el menor asomo de duda y así se lo hizo saber a su jefe. Entonces, Lyndon Johnson ordenó la invasión.

La noche de ese 29 de abril se escuchaban por la mayor parte de las calles de Santo Domingo las botas de 42 mil marines pisoteando nuestra soberanía.

Ese martes, Juana se levanta antes que el sol. La noche anterior la ha pasado prácticamente en vela. Hace una semana que está en Santiago, en casa de una comadre; fue incapaz de esperar a la tropa que venía desde La Vega y se le adelantó para esperar a los hombres.

Ella estuvo presente el día 4 en la gran celebración en La Vega; sintió que el corazón se le iba a salir del pecho al contemplar la hermosa bandera dominicana izada por primera vez en su propio pueblo. Se ha enterado de la derrota de Hérard Aîné en Azua y sabe que el general Pierrot viene con 4,000 hombres bajo la orden de tomar Santiago, a sólo 200 leguas de su Jamo natal. “Si es por mí, eso no va a pasar” fue el pensamiento que la impulsó a salir para Santiago a lomo de mula.

Quienes la conocían, compadecían al animal. Sabían que era inútil decirle a la Saltitopa que no fuera, que las guerras son cosas de los hombres, que ella no iba a hacer ninguna diferencia. Así que nadie lo intentó siquiera, sólo la miraban pasar y meneaban la cabeza.

El lunes se lo pasó desde tempranito yendo y viniendo desde el fuerte Dios, al Patria y al Libertad, cerquita del río, llevando y trayendo noticias. Juana Trinidad no es buena para los números, pero por lo que ha podido contar y averiguar, comprende que la desventaja de las tropas patriotas es muy grande. Lo piensa por un momento y luego se encoge de hombros, tiene la certeza absoluta de que el invasor lo va a pasar muy mal.

Esa noche la pasa entre los soldados de La Vega y Jamo, que han acampado cerca del río. Les canta ingeniosas coplas, algunas para animarles; otras, para burlarse de los que vienen y de la suerte que les espera. Cuando el último de los hombres se ha dormido, Juana se va al río y, como cada noche, lava su pañuelo rojo de madrás. La luna, casi llena, le hace compañía. Hace unas horas que se sabe que Pierrot atacará al día siguiente. Juana ya está lista para la batalla.

Esa tarde a muchos les parece que Juana está en todas partes al mismo tiempo.

¡Corra, busque más pólvora!; — ¡Doña, se nos acabó el agua!; — ¡Doña, búsqueme al capitán!; —¡Ocúpese de esos heridos!… son las frases que entre el fragor de la batalla llegan constantemente a sus oídos. Sin embargo, Juana no escucha los cañonazos; no oye los lamentos de los heridos, ni las balas que pasan rozándole la cabeza. Juana no se inmuta de pasar entre centenares de haitianos muertos y heridos para llevar el agua que enfriará el cañón del fuerte y la que calmará la sed de los combatientes que defienden el suelo patrio recién ganado.

El pañuelo de madrás se lava esa tarde más de 10 veces en las aguas del Yaque. Ha secado sudores; ha servido de babonuco para transportar el agua al fuerte; ha sido torniquete y gasa para las heridas; ha servido de envoltorio para pólvora, siempre escasa en las batallas; y ha ondeado al viento animando a los soldados que por momentos se agotan.

De regreso a Jamo y La Vega, pocos días después, las tropas se divierten imaginando la cara de Pierrot cuando llegue a la capital de Haití y comprenda que ha sido engañado; que su Comandante en Jefe y además presidente de la nación invasora no ha muerto, como se le informara, y que ahora él se ha convertido en traidor por haber ordenado la retirada.

Las historias van y vienen de boca en boca, pero el nombre de Juana no aparece en ninguna de ellas; todos hablan, con reverencia, del valor de La Coronela.

Los acontecimientos que siguieron a la proclamación de nuestra independencia se sucedieron con gran rapidez.

Es entrada la tarde del miércoles 28 de febrero de 1844, cuando la autoridad haitiana al fin capitula. Se instala una Junta provisional formada principalmente por trinitarios y presidida por Francisco del Rosario Sánchez. Hasta ese momento, la independencia es un asunto exclusivo de la Capital. No existen entonces medios electrónicos, ni redes sociales, ni periódicos de alcance nacional. No hay un servicio regular de correo. El teléfono se inventará 27 años más tarde. El telégrafo ya existe, pero tardará otros 40 años en llegar a nuestro país. Las noticias urgentes, pues, deben darse en persona, recorriendo a caballo las distancias que sean necesarias.

Así, el jueves 29 de febrero se nombran los delegados que durante el fin de semana se encargarán de transmitir la buena nueva de la separación por todo el territorio y de lograr que cada ciudad importante de la recién nacida República la ratifique.

San Francisco, Hato Mayor e Higüey son las primeras; se pronuncian a favor de la independencia ese mismo sábado. El lunes, lo hace La Vega; el miércoles, Santiago y el domingo, San José de las Matas. Puerto Plata, último reducto del invasor, proclama la independencia cuatro días más tarde.

Mientras tanto, en Santo Domingo, fruto de negociaciones y manejos que venían desarrollándose hacía semanas o meses, el viernes 1ro de marzo Tomás Bobadilla sustituye a Francisco del Rosario Sánchez en la presidencia de la Junta y éste pasa a ser Comandante de Armas de la ciudad: los trinitarios han perdido, por el momento, el control político del Gobierno.

Al día siguiente, pese a ser sábado, hay mucho movimiento a ambos lados de la isla. En vista de la inminente ofensiva que vendrá desde Haití, el gobierno provisional establecido en Santo Domingo envía por mar dos regimientos a Azua. Un movimiento muy acertado, porque en ese preciso instante –en Puerto Republicano, como se llamaba entonces Puerto Príncipe– la Asamblea Constituyente haitiana es notificada de que en diversos puntos del Este (es decir, nuestro lado de la isla) la revuelta había osado enarbolar sus estandartes.

Es fácil imaginar la conmoción que tan infausta noticia causó en la Asamblea haitiana, aunque es improbable que fuera una total sorpresa para Haití; ya que apenas 48 horas después, la guerra es de hecho declarada: una resolución de la Asamblea autoriza al Presidente a movilizar la guardia nacional a su discreción y lo coloca al mando de todas las fuerzas terrestres y marítimas.

De este lado de la isla, ese mismo día amanece en La Vega ardiendo de vehemencia patriótica. La independencia es proclamada a los cuatro vientos y se alza, por primera vez en el Cibao, la misma bandera que había esperado por meses este momento, escondida en un baúl de las hermanas Villa del Orbe. Manuela, María del Carmen y María Francisca la habían confeccionado y bordado primorosamente siguiendo al pie de la letra las instrucciones expresas de Juan Pablo Duarte.

Al siguiente día, martes, justo una semana después del trabucazo de Matías Ramón Mella, la Leonor se hace a la mar llevando a bordo a los comisionados que van a buscar al Patricio y a dos de sus compañeros de exilio a la isla de Curazao. La goleta de dos mástiles es la primera embarcación en hacer ondear, orgullosa, los colores patrios en ultramar.

La travesía de ida y vuelta se completa en 9 días. El jueves 14 Duarte retorna a esa Patria que antes sólo existía en sus sueños y que ahora encuentra ya sacudida del yugo invasor, ya bautizada con nombre propio, ya santificada con sangre libertadora. Sus entrañables Francisco del Rosario y Matías Ramón lo reciben en el puerto Ozama.

Al día siguiente, una multitud lo espera en la Puerta de San Diego, entrada a la que es hoy la Plaza España, junto al Alcázar de Colón. Son las 7 de la mañana del viernes 15 de marzo. El desfile hasta el Palacio de Gobierno se inicia en medio de aclamaciones del pueblo a la Junta para que nombre a Duarte general en jefe de los ejércitos de la República. (El Palacio de Gobierno de entonces es el ahora llamado Palacio de Borgellá, la casa de los arcos de la calle Isabel la Católica, frente al actual Parque Colón, antigua Plaza de Armas.) El reclamo es desoído. La Junta le entrega al Patricio las insignias de General de Brigada y al otro día lo nombra comandante del departamento de Santo Domingo.

Las tropas haitianas llevan ya seis días de camino hacia la capital dominicana. El presidente militar Rivière-Hérard en persona, conocido como Hérard Aîné, marcha al mando de 30 mil hombres dispuestos en tres divisiones. El general Pierrot comanda la división Norte, con la orden de tomar Puerto Plata y luego Santiago. La división central, al mando del general Souffront, entra por Neiba, en dirección a Azua. La división Sur, comandada por el propio Hérard Aîné, también se encamina a Azua, a través del valle de San Juan. Las tres divisiones tienen destino final en Santo Domingo, al que nunca llegaron. Durante la travesía se producen varios enfrentamientos entre las tropas haitianas y pelotones de osados dominicanos en misiones de hostigamiento.

El coronel Antonio Duvergé, militar puertorriqueño y miembro de La Trinitaria; y el capitán Francisco Soñé han preparado el terreno y la estrategia ha sido exitosa: debilitar a las tropas enemigas durante todo el camino y retrasar la avanzada de Souffront de modo que los dominicanos enfrenten a una sola división haitiana, no a dos como es el plan del invasor. Los 2,500 hombres al mando de Santana llegan al campo un día antes de la batalla.

Finalmente, amanece el 19 de marzo de 1844. A pesar de la desproporción de fuerzas, 2,500 dominicanos contra unos 10,000 haitianos, la batalla se decide en tres horas; en parte, gracias a la estrategia de dos hombres, Duvergé y Soñé; y en parte al valor demostrado por los hijos de la República nacida hace apenas 21 días.

Ninguno de esos hombres se imagina cuán duro será mantener la Patria recién ganada libre, soberana e independiente. Para ellos el camino ha comenzado hace sólo tres semanas. Hoy, 168 años más tarde, nosotros todavía lo estamos recorriendo.

Hoy se cumple un nuevo aniversario de la Independencia Nacional, el cual reviste una singular importancia: primero, porque el Presidente Leonel Fernández presentará su última rendición de cuentas ante la reunión conjunta del Congreso Nacional, luego de casi ocho años de ejercicio en el cual se ha mantenido la estabilidad macroeconómica, el país ha permanecido creciendo, la pobreza ha disminuido y el desempleo se ha reducido; segundo: porque este 27 de febrero debemos iniciar los preparativos para conmemorar en el año 2013 tres acontecimientos históricos, el bicentenario del nacimiento de Juan Pablo Duarte (el próximo 26 de enero), los cincuenta años de la ascensión al poder del presidente Juan Bosch (el 27 de febrero) y los ciento cincuenta años de la Restauración (16 de agosto).

A las diez de la noche de un día como hoy, hace 168 años, en el Baluarte de El Conde, se proclamaba la independencia y se izaba por primera vez la bandera tricolor. En 1844 Santo Domingo era una ciudad ocupada durante veinte y dos años por las fuerzas de Boyer; el país se encontraba sumido en la miseria; y escasos criollos estaban convencidos de que pudiera nacer una nación libre e independiente.

Sin embargo, un hombre, desde 1838, creía en la posibilidad de una Patria, lo dio todo porque su pensamiento germinara y se difundiera, pagó con el exilio su osadía, sacrificó la fortuna familiar, dejó a un lado egoísmos y honores con tal de lograr que naciera la República Dominicana.

A Juan Pablo Duarte le debemos poder ser y llamarnos hoy dominicanos. Para mantener sus ideales y su legado, miles de hombres y mujeres han tenido que trabajar con ahínco y ofrendar hasta su vida con tal de evitar el sojuzgamiento de la Patria.

Lo hicieron con valor aquellos héroes que fueron al campo de batalla para lograr restaurar a la República, anexionada por un caudillo que no creyó en su futuro; los rebeldes que jamás claudicaron ante la intervención extranjera de 1916; y los constitucionales que se opusieron con vigor a la ocupación de 1965. Pero también lo hicieron aquellos próceres que con sus ideas se negaron a votar en el Congreso Nacional la convención domínico-americana de 1907; quienes se opusieron al arrendamiento de la bahía de Samaná; los que combatieron con denuedo la dictadura de Ulises Heraux; los “desafectos” que mantuvieron su dignidad y jamás se doblegaron ante la tiranía de Trujillo, así como los valerosos combatientes de Cayo Confites, Luperón, Constanza, Estero Hondo y Maimón; los aguerridos jóvenes del 14 de Junio y los panfleteros, que soportaron las torturas de la 40; y las ingentes Hermanas Mirabal, ejemplo de dignidad y decoro.

En el presente, continuamos la lucha. Una lucha que nunca ha de terminar, pues como lo enseñaba el profesor Juan Bosch, día a día es necesario trabajar por el legado de Juan Pablo Duarte. Habrá amenazas de retroceso, podrá haber esporádicas caídas, pero este pueblo siempre mantendrá en alto su dignidad, y por más difícil que sea el momento, seguirá siempre adelante, en la construcción de un porvenir de bienestar y justicia social.

Santo Domingo, 27 de febrero de 2012.

La Libertad no es sólo un derecho humano ni tan sólo una garantía constitucional o jurídica; es un impulso que viene impreso en el espíritu humano desde siempre y para siempre, es inherente a la esencia humana y siempre lo será.

La historia de nuestra especie está llena de ejemplos que lo demuestran. Pueblos, razas y grupos humanos han sido esclavizados, perseguidos, oprimidos, dominados y sometidos con violencia, durante meses, años, décadas o siglos; pero al final la ansiada libertad siempre es reconquistada, aún a costa de innumerables vidas.

En tiempos de opresión cualquier impulso libertario debe mantenerse en secreto, si espera algún día obtener sus frutos. Y La Trinitaria no fue la excepción. Como el Profesor Juan Bosch escribiera en un ensayo de febrero de 1980:

Desde el punto de vista de su ciudadanía, la población de la parte Este de la isla era tan haitiana como la de la parte Oeste, pero desde el punto de vista cultural y político ella misma, o una parte importante de ella, se consideraba diferente de la haitiana, y en consecuencia, se sentía sometida por la fuerza al poder de Haití, que para la fecha de la fundación de La Trinitaria tenía dieciséis años y medio gobernándola. De no haber sido así esa población no habría apoyado en los campos de batalla a los que encabezaron la lucha para independizar de Haití la antigua parte española de la isla; y su apoyo fue tan enérgico y tan masivo que a pesar de que el poder militar haitiano era muy superior al que podían oponerle los dominicanos –y Haití lo usó a fondo para imponer de nuevo su dominio sobre la población del Este– no pudo someter a sus antiguos súbditos.

Juan Pablo Duarte era un joven de 25 años al momento de fundar la sociedad secreta. Su juventud no obstaculizó, sin embargo, la claridad y la limpieza de su propósito ni las cualidades necesarias para transmitirlo a sus compañeros; muy posiblemente, avivó el impulso. De hecho, muchos de los primeros trinitarios, como Juan Isidro, Félix María, Francisco del Rosario, Jacinto o Juan Nepomuceno, por nombrar algunos, eran todavía más jóvenes.

Ese domingo del 16 de julio de 1838, en la casa de Doña Chepita, madre de Juan Isidro, Duarte se reúne con los hombres de su extrema confianza para iniciar las operaciones políticas y militares de la sociedad secreta La Trinitaria.

Dice José María Serra, en sus Apuntes para la historia de los Trinitarios (1877), que al final de la intervención del Patricio, en la que explicaba el propósito de la conspiración, así como los peligros que ésta conllevaba, anunció que se encontraban ya en el punto de no retorno:

La situación en que nos colocaremos será muy grave, y tanto más, cuanto que entrando ya en este camino, retroceder será imposible. Ahora bien, en este momento hay tiempo todavía de rehuir el compromiso. Por tanto, si alguno quisiera separarse…

Las protestas de los demás no lo dejaron terminar. El compromiso era ya inquebrantable.

Seguramente, fue el secreto original una de las razones que nos ha impedido conocer con certeza, en el presente, los detalles de todo lo ocurrido a partir de ese momento y durante los 6 años subsiguientes a la fundación de La Trinitaria; comenzando con los nombres de sus miembros fundadores, que nos han llegado a través de correspondencia y de crónicas que fueron escritas cuatro o cinco décadas después. Lo que es indudable es que ese día fue sellado el pacto que nos conduciría el 27 de febrero de 1844 a poder, al fin, ser y llamarnos dominicanos.

En este mes de febrero en que gracias al éxito de la visión, el esfuerzo, la responsabilidad, la determinación y la persistencia y de estos hombres y mujeres que conformaron y apoyaron a la sociedad La Trinitaria, podemos, todos nosotros, conmemorar un año más como hijos de una Patria libre, soberana e independiente, no está de más recordar el juramento que hiciera en su momento cada uno sus miembros:

En el nombre de la Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad de Dios Omnipotente, juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y a implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana; la cual tendrá un pabellón tricolor en cuartos encarnados y azules atravesado por una cruz blanca. Mientras tanto seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sacramentales Dios Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo. Si tal hago, Dios me proteja, y de no, me lo tome en cuenta; y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición si los vendo.