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Los sectores conservadores siempre han tratado de ofrecernos una imagen idílica de Duarte; un Padre de la Patria inasible, una cumbre inalcanzable; un ser etéreo que se sitúa más allá del bien y del mal.

El Duarte que esta Patria nuestra hoy debe reivindicar en su bicentenario es la del patriota acendrado, el luchador infatigable, el hombre que jamás vaciló ante el sacrificio, el proscrito que hubo de sobreponerse a las amarguras deparadas por las calumnias y las maledicencias.

Apenas contaba con veinticinco años de edad cuando fundó la Trinitaria; las ideas revolucionarias recibidas durante su estancia en España le hicieron concebir una Patria independiente de toda potencia extranjera, y a diferencia de sus antecesores y muchos de sus contemporáneos, tuvo la fe y la convicción de que en un territorio que no llegaba a contar con cien mil habitantes y sojuzgado por la fuerza inconmensurable que representaba el Haití revolucionario y liberado desde 1804, podía constituir un Estado soberano, sin tutelas extranjeras, que él llamó República Dominicana.

¿Qué fuerzas ocultas le impulsaron en sus propósitos? ¿Cómo entender que un jovenzuelo fuera capaz de desdeñar las voces que clamaban por un protectorado francés ante lo que consideraban la inviabilidad de la República? Y sin embargo, no cejó en el empeño: conspiró, como lo haría cualquier revolucionario decidido a subvertir el orden establecido; convenció con su prédica a amigos de su edad para formar el núcleo que llevaría a cabo la ardua tarea; trazó la estrategia de aliarse con los enemigos de los opresores en busca de alcanzar el objetivo perseguido; hizo las alianzas que juzgó necesarias, aunque fuera a costa de concitar en el empeño a fuerzas retrógradas, con tal de ver en el asta la enseña tricolor.

Sólo su inquebrantable firmeza hizo posible el milagro. Pero, ésta no bastaba; también fue necesaria la labor tesonera de propagar sus ideas, de ganar apoyo para la causa, de trabajar con ahínco en la urdimbre de la trama, de sacrificar el patrimonio familiar con tal de ver nacer la República Dominicana. Y así, el 4 de febrero de 1844, apenas unas semanas antes del 27, escribió a su madre y a sus hermanas para decirles:

El único medio que encuentro para reunirme con Uds. es independizar la patria. Para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que Uds. de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado”.

Independizada la Patria es recibido en el muelle por el Arzobispo, quien lo saluda con la exclamación: “Salve, Padre de la Patria”; pero, no había tiempo para celebraciones sino para integrarse en lo inmediato a las labores que desplegaba la Junta Gubernativa desde el 27 de febrero. Un testigo de la época nos narra este encuentro:

En medio del triunfo más espléndido llega al Palacio de Gobierno. Sabiendo que una palabra sola le bastaba para aniquilar los proyectos ambiciosos de los noveles republicanos, llega el inexperto joven y ofrece su espada a la Junta, que sólo aguardaba sus órdenes, y en recompensa de su modesto desprendimiento le da el título de general de brigada. Él lo recibe sin hacer alto en nada y todo lo renuncia en favor de sus conciudadanos, cuya unión deseaba para bien de la patria”.

Duarte no descansa. Se incorpora a la lucha contra los haitianos que se niegan a reconocer la independencia dominicana; desgraciadamente, la historia es conocida, su sacrificio y amor por la Patria es pagado con el destierro. Los “orcopolitas” de siempre no podían aceptar que un hombre tuviera un amor tan acendrado para con su Patria; que un revolucionario diera ejemplo de honestidad, rindiendo cuentas al gobierno de los fondos recibidos y devolviendo el dinero sobrante; que un defensor de los mejores intereses se opusiera vehementemente a los planes anexionistas.

Proscrito para siempre, regresa a la Patria a punto de perderse para ofrecer sus servicios al gobierno restaurador radicado en Santiago; pero, se le pide volver al extranjero para recabar apoyo a la lucha que libraba el pueblo contra el gobierno español. Duarte comprende la decisión, no busca ser manzana de discordia, se precisa la unidad, sólo toma un tiempo para visitar a Mella en su lecho de muerte, y retorna al caminar por otras tierras. En carta del 18 de marzo de 1865, ya en Caracas, le escribe a Félix María del Monte para decirle:

… el mío [mi corazón] aun ha permanecido abierto al amor de mi patria…. Hallándome dispuesto y como en los primeros días de mi adolescencia, a sacrificarlo todo en sus aras. ¿Qué quieres? Yo habré nacido para no amar sino a esa Patria tan digna de mejor suerte y a sus amigos que son los míos, cuando después de tan amargas pruebas, ni siquiera he pensado en quebrantar mi juramento”.

Ese es el Duarte que en su bicentenario debemos recordar. El irreductible en su creencia de fundar una República; el hombre que no desmayó en sus esfuerzos, desde 1833 hasta 1844, para lograr la separación de Haití; el organizador de los instrumentos, como la Trinitaria y la Filantrópica, que hicieron posible el grito de independencia; el conspirador que supo urdir con su inteligencia y sagacidad la trama que haría factible el amanecer de febrero; el abnegado que lo entregó todo, fortuna y justas aspiraciones, con tal de obtener los propósitos de ver una Patria libre y sin discordias; el apóstol que predicó entre la juventud e hizo germinar los ideales de la nacionalidad; el patricio que prefirió el destierro con tal de sepultar entre sus congéneres la tea de la discordia; el anticolonialista que advirtió que el país debía ser libre de toda potencia extranjera, o se hundía la isla.

Que los dominicanos y dominicanas de hoy beban en la fuente del ideario de Juan Pablo Duarte; que sea faro que ilumine nuestros compromisos de trabajar sin descanso y desmayo por el porvenir de la Patria; que veamos en él al hombre de acción, al luchador infatigable, a quien jamás se doblegó en la defensa de la dominicanidad. Que en éste, su bicentenario, digamos con Miguel Angel Garrido: “Duarte, más grande que tú, ni la Patria misma”.

Santo Domingo, 26 de enero de 2013.

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El pasado 30 de mayo fui elegido como presidente de la 101a. Conferencia Internacional del Trabajo, que es la asamblea general de la Organización Internacional del Trabajo —OIT, que se celebra cada año en el mes de junio en la ciudad de Ginebra, Suiza.

Para mí –que desde mi graduación como abogado he estado estrechamente vinculado al Derecho del Trabajo y que en el pasado he servido como funcionario de la OIT– se trata de un reconocimiento del mundo del trabajo, que recibo con humildad y que aprecio como un galardón conferido al Gobierno dominicano por su rol desempeñado en la política internacional.

Aquí, en las oficinas de la OIT me he desempeñado como presidente de su Comisión Técnica en la Conferencia Internacional de 1999, representante de su director general para la colaboración con Colombia en el 2000 y miembro de su comisión de expertos desde 2001 hasta que asumí la vicepresidencia de la República Dominicana, en agosto de 2004.

Desde el año 2000, cuando dejé el Ministerio de Trabajo, no había vuelto a La Casa, como se conocen las oficinas de la OIT. Ya la mayoría de los funcionarios con los que hice amistad en mis viajes a Ginebra entre 1991 y 2000, presidiendo la delegación dominicana, se han marchado, ya que por razones de edad han sido puestos en retiro. Ahora he encontrado en las altas posiciones a los jóvenes que en el pasado ocupaban mandos medios.

El Director General, Juan Somavía, chileno, elegido en 1999 con el apoyo entusiasta del grupo latinoamericano, permaneció en sus funciones durante trece años: dos mandatos de cinco años y un último de tres, pues acaba de presentar su renuncia. Esto dio paso a la elección de un nuevo Director General, efectuada el pasado 29 de mayo, resultando electo el señor Guz Ryder, actual Director de Normas de la OIT y en el pasado dirigente de los trabajadores. Como tal, conocí a este inglés en el decenio de los noventa, cuando asistía a la Conferencia como jefe del sector de los asalariados, y quien tenía en su hoja de servicios haber logrado la unificación de las dos centrales sindicales que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial: la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres, de orientación socialdemócrata; y la Confederación Mundial del Trabajo, de tendencia democratacristiana.

La Conferencia de este año trata de temas de vital importancia, como son el desempleo juvenil, que es un tema crítico en todas partes del mundo; el piso de protección social, en busca de una seguridad social de garantías mínimas para la universalidad de los trabajadores, incluyendo los del sector fundamental; y el de los principios y derechos fundamentales en el trabajo en estos momentos de crisis mundial financiera y económica.

Como presidente de la Conferencia debo dirigir los debates de las sesiones plenarias, recibir delegaciones, ofrecer la bienvenida y dialogar con los Jefes de Estado que comparecen, como son los señores Moncef Maryouki, presidente de Túnez; Ollanta Humala, de Perú; Michel Chilufza, de Zambia; Ricardo Martinelli, de Panamá; y Giorgio Napolitano, de Italia. También debo estar pendiente del trabajo de las diversas comisiones y tratar de mediar y lograr un avenimiento cuando surgen diferencias entre los sectores de empleadores y trabajadores.

Los trabajos de la Conferencia son arduos y delicados, pero me cabe la satisfacción de haber sido apoyado por los 184 Estados miembros de la Organización y de que cada día en esta labor de conducción recibo el respaldo de sus delegados y de todo el personal de la Oficina. Y, no menos importante, de que en esta época de crisis, la OIT siga siendo un instrumento de defensa de los principios y derechos fundamentales de los trabajadores.

Palabras del doctor Rafael Alburquerque al tomar posesión de la presidencia de la 101.a reunión de la Conferencia Internacional del Trabajo, que se celebra en Ginebra, Suiza, del 30 de mayo al 15 de junio de 2012.

El doctor Alburquerque fue presentado por el Embajador de Sudán ante la OIT, quien destacó los méritos alcanzados por el vicepresidente dominicano en el ámbito del Derecho del Trabajo, como su participación en la comisión de expertos de la OIT, como Académico de Número de la Academia Iberoamericana de Derecho de Trabajo y de la Seguridad Social y en la actividad docente, lo cual afirmó que lo sitúa como uno de los mejores tratadistas y jurisconsultos del mundo en materia laboral.

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Reconocimiento de la OIT al Vicepresidente Alburquerque

El vicepresidente de la República, doctor Rafael Alburquerque, ha sido escogido como candidato a la presidencia de la próxima Conferencia Internacional del Trabajo, que será celebrada en la ciudad de Ginebra, Suiza, del 30 de mayo al 15 de junio de 2012.

Durante una rueda de prensa en el Palacio Nacional, el ministro de Trabajo, Francisco Domínguez Brito, manifestó que de esta manera el Grupo de Las Américas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoce la labor del Vicepresidente en favor de los trabajadores, al igual que su nutrido aporte académico al derecho laboral a través de una larga lista de libros y otras publicaciones sobre el tema. El doctor Alburquerque, considerado como uno de los mejores jurisconsultos en materia del Derecho Laboral, fue miembro de la Comisión de Expertos de la OIT y es co-autor del Código Laboral de la República Dominicana.

Un grupo regional preside cada año la Conferencia Internacional de la OIT; al Grupo de las Américas, integrado por todos los países de América Latina y el Caribe, además de Canadá y Estados Unidos le corresponde este año. La candidatura del doctor Alburquerque se presentará a la Asamblea, en su sesión del 30 de mayo.

El Vicepresidente expresó su agradecimiento por este reconocimiento a su extensa labor en el campo del derecho del trabajo, “Con este reconocimiento también se reconoce la labor internacional que viene realizando el presidente Leonel Fernández proyectando al país a nivel internacional. De igual modo, esto es un triunfo para nuestro país, indiscutiblemente”, manifestó.

Entre los puntos inscritos en la agenda de la Conferencia Internacional de la OIT están la crisis mundial de desempleo que afecta directamente a la juventud, el tema de la protección social y la adopción de un plan de acción que determine las prioridades en materia de principios y derechos fundamentales en el trabajo para el período 2012-2016.

La Libertad no es sólo un derecho humano ni tan sólo una garantía constitucional o jurídica; es un impulso que viene impreso en el espíritu humano desde siempre y para siempre, es inherente a la esencia humana y siempre lo será.

La historia de nuestra especie está llena de ejemplos que lo demuestran. Pueblos, razas y grupos humanos han sido esclavizados, perseguidos, oprimidos, dominados y sometidos con violencia, durante meses, años, décadas o siglos; pero al final la ansiada libertad siempre es reconquistada, aún a costa de innumerables vidas.

En tiempos de opresión cualquier impulso libertario debe mantenerse en secreto, si espera algún día obtener sus frutos. Y La Trinitaria no fue la excepción. Como el Profesor Juan Bosch escribiera en un ensayo de febrero de 1980:

Desde el punto de vista de su ciudadanía, la población de la parte Este de la isla era tan haitiana como la de la parte Oeste, pero desde el punto de vista cultural y político ella misma, o una parte importante de ella, se consideraba diferente de la haitiana, y en consecuencia, se sentía sometida por la fuerza al poder de Haití, que para la fecha de la fundación de La Trinitaria tenía dieciséis años y medio gobernándola. De no haber sido así esa población no habría apoyado en los campos de batalla a los que encabezaron la lucha para independizar de Haití la antigua parte española de la isla; y su apoyo fue tan enérgico y tan masivo que a pesar de que el poder militar haitiano era muy superior al que podían oponerle los dominicanos –y Haití lo usó a fondo para imponer de nuevo su dominio sobre la población del Este– no pudo someter a sus antiguos súbditos.

Juan Pablo Duarte era un joven de 25 años al momento de fundar la sociedad secreta. Su juventud no obstaculizó, sin embargo, la claridad y la limpieza de su propósito ni las cualidades necesarias para transmitirlo a sus compañeros; muy posiblemente, avivó el impulso. De hecho, muchos de los primeros trinitarios, como Juan Isidro, Félix María, Francisco del Rosario, Jacinto o Juan Nepomuceno, por nombrar algunos, eran todavía más jóvenes.

Ese domingo del 16 de julio de 1838, en la casa de Doña Chepita, madre de Juan Isidro, Duarte se reúne con los hombres de su extrema confianza para iniciar las operaciones políticas y militares de la sociedad secreta La Trinitaria.

Dice José María Serra, en sus Apuntes para la historia de los Trinitarios (1877), que al final de la intervención del Patricio, en la que explicaba el propósito de la conspiración, así como los peligros que ésta conllevaba, anunció que se encontraban ya en el punto de no retorno:

La situación en que nos colocaremos será muy grave, y tanto más, cuanto que entrando ya en este camino, retroceder será imposible. Ahora bien, en este momento hay tiempo todavía de rehuir el compromiso. Por tanto, si alguno quisiera separarse…

Las protestas de los demás no lo dejaron terminar. El compromiso era ya inquebrantable.

Seguramente, fue el secreto original una de las razones que nos ha impedido conocer con certeza, en el presente, los detalles de todo lo ocurrido a partir de ese momento y durante los 6 años subsiguientes a la fundación de La Trinitaria; comenzando con los nombres de sus miembros fundadores, que nos han llegado a través de correspondencia y de crónicas que fueron escritas cuatro o cinco décadas después. Lo que es indudable es que ese día fue sellado el pacto que nos conduciría el 27 de febrero de 1844 a poder, al fin, ser y llamarnos dominicanos.

En este mes de febrero en que gracias al éxito de la visión, el esfuerzo, la responsabilidad, la determinación y la persistencia y de estos hombres y mujeres que conformaron y apoyaron a la sociedad La Trinitaria, podemos, todos nosotros, conmemorar un año más como hijos de una Patria libre, soberana e independiente, no está de más recordar el juramento que hiciera en su momento cada uno sus miembros:

En el nombre de la Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad de Dios Omnipotente, juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y a implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana; la cual tendrá un pabellón tricolor en cuartos encarnados y azules atravesado por una cruz blanca. Mientras tanto seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sacramentales Dios Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo. Si tal hago, Dios me proteja, y de no, me lo tome en cuenta; y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición si los vendo.

Yo no sabía que había publicado tanto—, me dice con los ojos muy abiertos y encogiendo los hombros. Ha estado revisando la lista actualizada de obras publicadas en su blog, la página está abierta en su iPad, que descansa sobre la mesita de centro. —Así es, Doctor, aunque no lo crea—, respondo. El Vicepresidente ha tenido la gran gentileza de concederme la primera de la que espero sea una serie de entrevistas para su blog. Me ha recibido en su despacho, muy ordenado y luminoso. Una pequeña mesita con fotos a la izquierda de su escritorio (el lado del corazón) y el retrato del maestro Oviedo en la pared del fondo llaman mi atención a primera vista. Decido examinar las fotos en mayor detalle cuando regrese y concentrar toda mi atención en mi anfitrión.

El doctor Rafael Alburquerque es un hombre pausado, de modales impecables. Sin embargo su mirada, muy despierta, y su sonrisa rápida contrastan con esta calma aparente. Su gran altura se hace sentir aunque esté sentado.

En esta primera entrevista —realizada a mediados de septiembre pasado, cuando todas las encuestas daban como ganador en las próximas elecciones de Mayo de 2012 al candidato de oposición, Hipólito Mejía— el Vicepresidente expresa su punto de vista sobre Danilo Medina, el candidato presidencial de su propio Partido, el de la Liberación Dominicana.

¿Hace cuánto que conoce a Danilo, Doctor?
Desde la fundación del Partido, en el año 1973. ¿A ver…? ¡Son casi cuarenta años! Danilo siempre fue un activista, desde sus años de dirigente estudiantil. Comenzó como militante y fue escalando posiciones gracias a un trabajo tesonero en la propia formación, así como en la organización del Partido.

¿Por qué confiar en él?
La mayor garantía de lo que es Danilo es su trayectoria como ser humano. Nació en una familia humilde, en un pequeño poblado de San Juan de la Maguana y con su propio esfuerzo y su capacidad –siempre fue un estudiante meritorio– se fue formando. Se hizo ingeniero químico en la UASD y luego se graduó en Intec de economista. Eso demuestra que enfrentó la vida con seriedad, se fue trazando metas y con su estudio y su esfuerzo las fue alcanzando. En lo personal, el compañero Danilo es un hombre sencillo, afable y amigo de sus amigos.

¿Cómo ve esta segunda candidatura de Medina en las elecciones que se aproximan?
En el año 2000, el PLD era un partido pequeño. Contó con el Reformista para ganar en el 96, pero en el 2000 no hubo ese apoyo. Ahora el PLD es el partido más grande del país, con más de 2 millones de miembros. Pero además, el país recuerda la grave situación que vivió bajo el gobierno de Hipólito Mejía, de 2000 a 2004. 1 millón 500 mil de personas de clase media cayeron en la pobreza. La tasa de pobreza nosotros la dejamos en 28% en 2000 y llegó a 42% en apenas 4 años; la indigencia pasó de un 8% a un 16%, se dobló… El desempleo era de 13.9%; cuando regresamos, en 2004, estaba en 19.7%. La inflación creció a 60 por 1 y la tasa de cambio del dólar llegó a 58 por 1. Esas cosas hay que recordarlas y tampoco hay que olvidar que en esa época no había crisis mundial, todo lo contrario. Yo no tengo ninguna duda de que Danilo Medina ganará las elecciones.

Sin embargo, como en todas las elecciones, hay una alta proporción de votantes jóvenes y una buena parte de ellos no vivieron la situación que usted describe.
Yo sé que los jóvenes entre 18 y 25 años no vivieron esa época, eran niños o a lo sumo muchachos de 10 a 13 años. Para ellos, eso es historia. Pero lo importante es que reflexionen, que escudriñen el pasado para que se den cuenta de lo que sus propias familias sufrieron —y sufrieron mucho— bajo el gobierno de Hipólito Mejía. Es cierto que hay muchas necesidades y que nuestro gobierno no ha podido resolver todos los problemas, pero también es cierto que el país ha crecido sostenidamente, que el desempleo se ha reducido y que la pobreza también ha mermado. Y las cifras que comprueban lo que digo no son del Gobierno o del Banco Central, sino que son resultados de estudios de organismos como la CEPAL. —Hace una pausa y reflexiona—. Recordar estas cosas es como cuando se habla de lo que fue Lilís, o como cuando a los hijos y a los nietos yo les hablo de Trujillo. A los jóvenes, que se informen. Que busquen en los periódicos de esos años, que ya había Internet. O en YouTube. Que vean cómo era tener en nuestro país un presidente que era objeto de burla…

¿Y usted cree que el resto de la población se acuerde de todo aquello?
Yo espero… y si no, tenemos que recordárselo.

El doctor Rafael Alburquerque, vicepresidente de la República Dominicana, asisitió como orador invitado en el solemne acto de graduación de más de 1,600 estudiantes de la Universidad del Este en San Juan, Puerto Rico.

En su discurso, que por su importancia publicamos en toda su extensión, el doctor Alburquerque anunció el próximo proyecto de capacitación de oficiales de la Policía Nacional dominicana en materia de justicia criminal, por parte de la Universidad del Este.

Además, afirmó que no existe una jurisdicción que tenga mejores características culturales e idiomáticas que Puerto Rico para servir de puente comercial entre los Estados Unidos y Latinoamérica y enfatizó la necesidad de presentar a Puerto Rico y a República Dominicana como destinos de inversión y actividad comercial.

Concluyó exhortando a los jóvenes a ser los forjadores, en el futuro y también en el presente de un fuerte sentido de dignidad, justicia y responsabilidad.

Sería un poco más de las once de la noche del día 30 de mayo de 1961 cuando escuché la voz de mi tía Lily que insistentemente llamaba a mi padre por el apodo como la familia y sus íntimos lo conocían: “Chichí, Chichí”.

Mis padres dormían en una habitación de madera y yo en una de cemento ubicada al noreste de aquélla; ambas habían sido levantadas en el patio de la casa de la abuela paterna y a las mismas se accedía por escaleras diferentes. La primera era el castillo encantado de mi madre, pintada siempre de tono gris y construida al momento de mis padres casarse para que sirviera de tálamo nupcial. La segunda fue mi dominio privado que me albergó desde la adolescencia y donde estudié hasta graduarme de abogado.

Escuchada la voz que llamaba a mi padre, descendí raudo hacía donde se encontraba la tía y esperé la llegada de mi padre que bajó con una bata que cubría su pijama. “Chichí, llamó Berta para decirnos que a Manelik lo han requerido junto a sus compañeros y que esta noche la pasarán fuera de sus casas”. Bertha Pellerano era prima hermana de mi padre y esposa de Manelik Fiallo, capitán del Ejército Nacional, recientemente fallecido, y con estas palabras trataba de darnos a entender que algo estaba pasando.

Bertha Pellerano actuaba con el cuidado que demandaba ser la esposa de un capitán del Ejército Nacional que se comunicaba con el teléfono intervenido de un desafecto de la dictadura, quien recientemente había estado prisionero en La Cuarenta y cuya casa estaba continuamente vigilada por dos espías del régimen tiránico.

“Eso es que a los guardias lo han acuartelado”, interpretó mi padre las palabras de su prima. “¿Qué habrá pasado?”, nos preguntamos. Con esta interrogante nos fuimos a acostar.

Al día siguiente, mi padre, como era su costumbre, esperó la llegada del diario El Caribe en el amplio y alto ventanal enrejado, que se erguía desde el piso de la vivienda, situado unos cuantos metros por encima del nivel de la acera, hasta unirse con el techo. Poco antes de las seis de la mañana vio mi padre acercarse a una de las hermanas Michel de la Maza, quienes vivían un poco más allá, hacia el oeste, y que se encaminaba a escuchar la misa que a esa hora se ofrecía en la iglesia de Las Mercedes. “Buenos días”, le ofreció mi padre, y la transeúnte mañanera le contestó con un “buenos días, licenciado”, al tiempo que se pasaba el índice de su mano derecho por el cuello, en obvia señal de que alguien había sido eliminado.

Cuando salí de mi dormitorio cerca de las seis y treinta de la mañana encontré a papá con su periódico en las manos, y después de darme la bendición, me pasó el cuerpo del diario dedicado a los deportes. Minutos después se nos unió Yeyo Zayas-Bazán, tío materno de mi padre, y no hizo más que sentarse para decirnos con voz alarmada y asombro en su rostro que había visto pasar por la calle El Conde no menos de diez camiones repletos de militares que portaban armas largas. “De seguro que se ha producido una invasión”, fue la conclusión de su información. Papá, que hasta esos momentos había guardado silencio, nos refirió su encuentro con la señora Michel de la Maza, le contó al tío la llamada de Bertha Pellerano, y para sorpresa nuestra nos dijo que para él lo más probable era que un alto funcionario del gobierno hubiera perdido la vida.

Nunca mi padre me dijo si conocía del complot para ajusticiar al Tirano, pero siempre he sospechado que alguna información tenía, tal vez, por la vía de su amigo Severo Cabral, pues tan pronto nos desayunamos, y con la suposición previamente expresada de que algún personero del régimen había fallecido, me pidió ir a la Puerta del Conde para verificar si la bandera estaba a media asta.

En cumplimiento del mandato paterno fui al lugar indicado y observé izado hasta el tope el pabellón tricolor. Tomé entonces la calle El Conde para dirigirme a la oficina de mi padre, situada en la Arzobispo Meriño, pero al llegar a la esquina de esta calle una corazonada me llevó hasta la Fortaleza Ozama, y allí, en lo alto de la Torre del Homenaje, estaba el lienzo nacional a media asta.

Casi corrí hasta el bufete de abogado y con el corazón en la boca le dije a mi padre lo que había observado en los dos monumentos visitados. Este se limitó a comentar: “Alguien muy grande ha fallecido”. No había terminado de pronunciar esta frase cuando hizo su entrada al despacho José Andrés Aybar Sánchez, hijo de un gran amigo de mi padre, y quien acabado de recibirse de abogado había comenzado a trabajar en la oficina. Se le veía sumamente excitado, deseoso de tomar la palabra y de develar un secreto. Con voz de susurro nos dijo que don José Andrés Aybar Castellanos, su progenitor, acababa de recibir una llamada telefónica de su cuñado, Eduardo Matos Díaz, residente en México, para decirle que Trujillo había sido ajusticiado.

Mi padre, quien siempre tuvo un gran dominio de sus emociones, lo miró fijamente y le preguntó: “¿Cómo supo Eduardo esa noticia?” “Porque el Gobierno norteamericano desde París lo ha dado a conocer a la opinión pública”, fue su respuesta.

Ni un solo músculo del rostro nos mostró cuáles eran los sentimientos del hombre que durante los treinta y un años del régimen despótico sufrió vejámenes, persecuciones, prisiones y torturas. Permaneció en silencio, Un silencio profundo que se sentía lacerante en todo el despacho. Al cabo de varios minutos, que a mí me parecieron interminables, de modo sereno expresó: “Ahora hay que esperar los coletazos del régimen que se derrumba”.

Retorné a mi hogar con el propósito de tomar los libros de estudio, pues el 1 de junio comenzaban los exámenes del tercer año de Derecho de la entonces Universidad de Santo Domingo. Difícilmente pude concentrarme, pues a cada momento esperaba escuchar la información oficial del deceso, aunque La Voz Dominicana continuaba con su programación ordinaria.

Como siempre lo hacía, a las doce y media del día regresó papá a la casa y se sentó a conversar con la familia. A mamá, mis hermanas y mi abuela nos contó que ya en toda la ciudad corría el rumor del ajusticiamiento del tirano. Todos estábamos conscientes de que a partir de ese momento nuestra vida cambiaría, de que la libertad se aproximaba a nuestra Patria y de que en lo adelante papá podría llevar una vida tranquila y sosegada. Pero, si en todos estaba bien alta la adrenalina, si en mis hermanas y yo asomaba la alegría, papá mantenía su imperturbable calma y sus palabras se limitaban a examinar el acontecimiento y sus secuelas.

Mientras charlábamos y esperábamos el almuerzo, Cusa Pardo hizo su entrada, De un físico parecido a Golda Meier, con un peinado semejante a la de la líder israelita, hermana de un exiliado antitrujillista, don Miguel Pardo, Cusa, soltera y sin hijos, vivió sola el horror de la tiranía. Perseguida, traducida a la justicia por supuesta falta de pago de impuesto de una pequeñísima tienda que tenía en El Conde, hostigada hasta la saciedad, siempre se mantuvo firme sin doblegarse jamás ante las brutalidades a que fue sometida. Con su voz chillona expresó con alegría que le desbordaba toda su pequeña figura: “Mataron a Trujillo”.

A papá por primera vez en el día le vi reaccionar: “Cusa –le dijo-, seguimos vivos y Trujillo no pudo sojuzgarnos. Nuestra firmeza se impuso”. Y dicho esto, abrió su billetera y me pidió que fuera al colmado de la esquina a comprar unas cervezas. Así lo hice, aunque le pedí a Casimiro, el dueño de La Metralla, situada en las Mercedes esquina Santomé, que me envolviera en doble bolsa las botellas, para así ocultarlas de las miradas penetrantes de los dos espías que se encontraban desde hacía un año vigilando la puerta de nuestra casa.

El 31 de mayo de 1961, papá nos pidió levantar los vasos y brindó por la libertad. Para él, habían finalizado los años de angustia que se iniciaron desde el mismo 1930 cuando siendo secretario en el Tribunal de Tierras se negó a firmar un documento de adhesión a Trujillo. A partir de entonces se le condenó varias veces a prisión, se le destituyó como Notario Público, se le torturó en La Cuarenta, pero como lo dijo hace cincuenta años, no pudieron con su dignidad de hombre probo y justo. A pesar de las presiones nunca se inscribió en el Partido Dominicano, jamás le aceptó un cargo público al régimen y de su pluma o de su verbo nunca surgió un escrito o unas palabras laudatorias al Tirano.

Brindemos hoy por la libertad y eduquemos a las nuevas generaciones para que defiendan la democracia y que nunca más la noche tenebrosa de la tiranía pueda enseñorearse en nuestra Patria.

El doctor Rafael Alburquerque desea agradecer a los jóvenes profesionales de Santo Domingo Este el respaldo masivo que ofrecieron a su precandidatura a la presidencia de la República el viernes 18 de marzo pasado.

Durante su participación en un encuentro con los integrantes de la agrupación Profesionales Liberales Unidos con Rafael Alburquerque –PLURAL– el doctor Alburquerque, refiriéndose a la crisis energética como una gran oportunidad para impulsar el desarrollo de la energía renovable y disminuir la dependencia del petróleo, hizo un llamado a los sectores social, empresarial y profesional, diciendo:

Toda crisis trae consigo su propia solución y es por ello que debemos aprovechar esta oportunidad para iniciar un proceso de reconversión de nuestras plantas de generación a gas natural y continuar impulsando el desarrollo de programas de energía renovable, como son los parques eólicos, la producción de biocombustibles y la energía solar. Estos grandes retos que hoy vive la humanidad deben servirnos como estímulo para forjar juntos una gran nación, en beneficio del futuro de nuestros hijos.

El precandidato presidencial del PLD, manifestó su apoyo a las medidas anunciadas el día anterior por el presidente Leonel Fernández, tras afirmar que las mismas benefician directamente a la población más pobre del país, garantizando la seguridad alimentaria y tomando las medidas que sean necesarias para que los productos de la canasta básica lleguen a precios asequibles a toda la población.


El vicepresidente de la República, doctor Rafael Alburquerque, recibió hoy en el Salón Verde del Palacio Nacional a unos 100 estudiantes y profesores de Derecho Constitucional y Laboral de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra de Santiago (PUCMM).

El Vicepresidente recordó que hasta 2004 enseñaba precisamente esas asignaturas en dicha Universidad, pero que debido a los compromisos de la vicepresidencia de la República, debió tomar un receso en el oficio de enseñar, el cual –dijo– tanto le satisface. Además, hizo énfasis en la importancia del rendimiento en los estudios, así como la responsabilidad tanto del estudiante como del maestro de dar lo mejor de sí.

La visita forma parte del programa académico que persigue que los estudiantes se interrelacionen con representantes de los tres poderes del Estado.