19 de marzo de 1844: una historia de veintiún días

Los acontecimientos que siguieron a la proclamación de nuestra independencia se sucedieron con gran rapidez.

Es entrada la tarde del miércoles 28 de febrero de 1844, cuando la autoridad haitiana al fin capitula. Se instala una Junta provisional formada principalmente por trinitarios y presidida por Francisco del Rosario Sánchez. Hasta ese momento, la independencia es un asunto exclusivo de la Capital. No existen entonces medios electrónicos, ni redes sociales, ni periódicos de alcance nacional. No hay un servicio regular de correo. El teléfono se inventará 27 años más tarde. El telégrafo ya existe, pero tardará otros 40 años en llegar a nuestro país. Las noticias urgentes, pues, deben darse en persona, recorriendo a caballo las distancias que sean necesarias.

Así, el jueves 29 de febrero se nombran los delegados que durante el fin de semana se encargarán de transmitir la buena nueva de la separación por todo el territorio y de lograr que cada ciudad importante de la recién nacida República la ratifique.

San Francisco, Hato Mayor e Higüey son las primeras; se pronuncian a favor de la independencia ese mismo sábado. El lunes, lo hace La Vega; el miércoles, Santiago y el domingo, San José de las Matas. Puerto Plata, último reducto del invasor, proclama la independencia cuatro días más tarde.

Mientras tanto, en Santo Domingo, fruto de negociaciones y manejos que venían desarrollándose hacía semanas o meses, el viernes 1ro de marzo Tomás Bobadilla sustituye a Francisco del Rosario Sánchez en la presidencia de la Junta y éste pasa a ser Comandante de Armas de la ciudad: los trinitarios han perdido, por el momento, el control político del Gobierno.

Al día siguiente, pese a ser sábado, hay mucho movimiento a ambos lados de la isla. En vista de la inminente ofensiva que vendrá desde Haití, el gobierno provisional establecido en Santo Domingo envía por mar dos regimientos a Azua. Un movimiento muy acertado, porque en ese preciso instante –en Puerto Republicano, como se llamaba entonces Puerto Príncipe– la Asamblea Constituyente haitiana es notificada de que en diversos puntos del Este (es decir, nuestro lado de la isla) la revuelta había osado enarbolar sus estandartes.

Es fácil imaginar la conmoción que tan infausta noticia causó en la Asamblea haitiana, aunque es improbable que fuera una total sorpresa para Haití; ya que apenas 48 horas después, la guerra es de hecho declarada: una resolución de la Asamblea autoriza al Presidente a movilizar la guardia nacional a su discreción y lo coloca al mando de todas las fuerzas terrestres y marítimas.

De este lado de la isla, ese mismo día amanece en La Vega ardiendo de vehemencia patriótica. La independencia es proclamada a los cuatro vientos y se alza, por primera vez en el Cibao, la misma bandera que había esperado por meses este momento, escondida en un baúl de las hermanas Villa del Orbe. Manuela, María del Carmen y María Francisca la habían confeccionado y bordado primorosamente siguiendo al pie de la letra las instrucciones expresas de Juan Pablo Duarte.

Al siguiente día, martes, justo una semana después del trabucazo de Matías Ramón Mella, la Leonor se hace a la mar llevando a bordo a los comisionados que van a buscar al Patricio y a dos de sus compañeros de exilio a la isla de Curazao. La goleta de dos mástiles es la primera embarcación en hacer ondear, orgullosa, los colores patrios en ultramar.

La travesía de ida y vuelta se completa en 9 días. El jueves 14 Duarte retorna a esa Patria que antes sólo existía en sus sueños y que ahora encuentra ya sacudida del yugo invasor, ya bautizada con nombre propio, ya santificada con sangre libertadora. Sus entrañables Francisco del Rosario y Matías Ramón lo reciben en el puerto Ozama.

Al día siguiente, una multitud lo espera en la Puerta de San Diego, entrada a la que es hoy la Plaza España, junto al Alcázar de Colón. Son las 7 de la mañana del viernes 15 de marzo. El desfile hasta el Palacio de Gobierno se inicia en medio de aclamaciones del pueblo a la Junta para que nombre a Duarte general en jefe de los ejércitos de la República. (El Palacio de Gobierno de entonces es el ahora llamado Palacio de Borgellá, la casa de los arcos de la calle Isabel la Católica, frente al actual Parque Colón, antigua Plaza de Armas.) El reclamo es desoído. La Junta le entrega al Patricio las insignias de General de Brigada y al otro día lo nombra comandante del departamento de Santo Domingo.

Las tropas haitianas llevan ya seis días de camino hacia la capital dominicana. El presidente militar Rivière-Hérard en persona, conocido como Hérard Aîné, marcha al mando de 30 mil hombres dispuestos en tres divisiones. El general Pierrot comanda la división Norte, con la orden de tomar Puerto Plata y luego Santiago. La división central, al mando del general Souffront, entra por Neiba, en dirección a Azua. La división Sur, comandada por el propio Hérard Aîné, también se encamina a Azua, a través del valle de San Juan. Las tres divisiones tienen destino final en Santo Domingo, al que nunca llegaron. Durante la travesía se producen varios enfrentamientos entre las tropas haitianas y pelotones de osados dominicanos en misiones de hostigamiento.

El coronel Antonio Duvergé, militar puertorriqueño y miembro de La Trinitaria; y el capitán Francisco Soñé han preparado el terreno y la estrategia ha sido exitosa: debilitar a las tropas enemigas durante todo el camino y retrasar la avanzada de Souffront de modo que los dominicanos enfrenten a una sola división haitiana, no a dos como es el plan del invasor. Los 2,500 hombres al mando de Santana llegan al campo un día antes de la batalla.

Finalmente, amanece el 19 de marzo de 1844. A pesar de la desproporción de fuerzas, 2,500 dominicanos contra unos 10,000 haitianos, la batalla se decide en tres horas; en parte, gracias a la estrategia de dos hombres, Duvergé y Soñé; y en parte al valor demostrado por los hijos de la República nacida hace apenas 21 días.

Ninguno de esos hombres se imagina cuán duro será mantener la Patria recién ganada libre, soberana e independiente. Para ellos el camino ha comenzado hace sólo tres semanas. Hoy, 168 años más tarde, nosotros todavía lo estamos recorriendo.

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