El último mandamiento

De acuerdo al Evangelio de San Juan, en la noche del jueves Jesús les dijo a sus Apóstoles que debían amarse entre sí como Él los había amado y que a partir ese solo hecho el mundo podría reconocerlos como sus discípulos.

Existen innumerables discusiones sobre la validez, la exactitud y la credibilidad de los datos que a través de los siglos han llegado a nosotros en los Evangelios. Las fechas, las palabras y los hechos se cuestionan, se revisan y se vuelven a cuestionar. Podemos elegir –tenemos libre albedrío– entre tener fe o no tenerla, y también entre mirar la Verdad a la cara o mantenernos ciegos ante ella. Es nuestra prerrogativa como miembros de la especie humana. Y la ejercemos a diario.

En mi caso, estas palabras tienen una carga de Verdad que resiste cualquier intento de minimizarlas. Porque para quienes la fe no basta, la historia está ahí para mostrarles cómo, a través de milenios, el odio tarde o temprano ha conducido a hombres y a civilizaciones enteras al fracaso, a la desaparición, a la muerte y cómo, por el contrario, el amor al prójimo ha estado detrás de todo avance en la humanidad.

Tiranos y criminales han actuado y actúan impulsados por el odio a sus semejantes. Los Hitler del mundo, los Jack-el-Destripador, los Trujillo y aún los sicarios de poca monta que pululan nuestros días obedecen solamente a un impulso destructivo hacia los demás. Son incapaces de construir o de mejorar nada para alguien diferente a sí mismos, terminan sus días de la misma forma en que los vivieron y únicamente el desprecio de todos les sobrevive. De un modo opuesto, los grandes hombres y mujeres que con su esfuerzo y sus luchas, a menudo tan calladas que han pasado desapercibidas, han contribuido a que nuestra especie pueda llamarse cada día un poco más Humana, han respondido siempre al llamado del amor hacia los demás. Los Duarte, las Mme. Curie, las Salomé Ureña, los Ghandi, los Mandela del mundo son a quienes debemos gran parte de lo que entre nosotros puede hoy llamarse civilización.

El Hijo de Dios pronunció esas palabras –según Juan, El Evangelista– durante la Última Cena, a modo de legado y despedida de quienes le eran más cercanos y queridos. No era un mandamiento estrictamente nuevo. El “Ama a tu prójimo” estaba implícito en la Tablas de Moisés. Sin embargo, en ese contexto –sabiendo Jesús de antemano lo que se avecinaba a partir de aquella noche, sabiendo que sus discípulos ya no le tendrían más entre ellos– juzgó necesario ser muy explícito. Y de todas las cosas que pudo haberles dicho o aconsejado en un momento como ese, escogió el mandamiento del amor.

En tiempos como los que vivimos en nuestro país y los que sobrevendrán luego de esta Semana Mayor, esta es una lección que necesitamos llevar a la práctica. Muy pocas personas carecen de oponentes e incluso de enemigos, el propio Jesús no fue la excepción. No obstante, aunque a veces es preciso actuar en favor de la justicia, nunca es necesario también odiar.

El amor hacia nuestros semejantes, el último mandamiento de Jesús, es la única luz que puede guiar nuestras decisiones y nuestro accionar, incluso a través de la más oscura y larga de las noches. Y como la pintura del maestro Da Vinci, no importa cuan deteriorada o desdibujada pueda estar por el paso del tiempo y de las guerras, siempre se puede restaurar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s