Abril de 1965, un relato 47 años después (y II)

Este relato, en dos partes, es la recontrucción de algunas de las vivencias de uno de tantos dominicanos que vivió esos meses siendo un niño. (La primera parte está en este enlace.) Se publica aquí como una forma de conmemorar y rendir tributo a los forjadores de Abril, esos héroes reconocidos y desconocidos que una, vez más, rescataron a la Patria y a su honor amenazado.


En el 65 la Escuela Argentina estaba en la calle Juan Isidro Pérez, entre Hostos y Duarte, a dos cuadras de mi casa.

Medrano tenía muchísimos años allí como conserje. Era un hombre humilde, pero firme y con un gran sentido del deber; decían que jamás había faltado a su trabajo, ni un solo día. Era tosco, delgado, de estatura media y muy velludo, siempre daba la impresión de llevar dos días sin afeitarse. A veces andaba en chancletas; otras, con unos zapatos viejos y siempre, con un enorme manojo de llaves. A todos nos parecía un viejo, pero no debe haber tenido más de 35 años. De tanto pasar por el frente de la escuela fuimos entrando en confianza, se fue haciendo amigo de nosotros y nos permitía entrar para usar la cancha por las tardes. Con gran parsimonia abría los candados del portón mientras pronunciaba el consabido discurso sobre el comportamiento que deben tener los jóvenes, a menudo motivado por alguna travesura que había descubierto de nuestra visita anterior.

Cuando en la Escuela Argentina se instalaron los comandos constitucionalistas y comenzó a darse entrenamiento militar en el patio, Medrano fue de los primeros en alistarse. De las armas capturadas en la Fortaleza Ozama había conseguido un casco y un Mauser, no los soltaba ni a sol ni a sombra.

El tiroteo debe haber sido el día 30 o el 1ro de mayo. Yo estaba en el comedor cuando escuché los disparos, dos o tres solamente. Pasaron varios minutos en total silencio y entonces comenzó a acercarse el coro de gritos de alborozo, igual que cuando pasó Caamaño. Corrí a la ventana y me agarré de los barrotes.

— ¡Agarramos al primer yanki… Agarramos al primer yanki…! — anunciaba a su paso un hombre muy alto, muy fuerte y muy velludo, con un casco puesto, los brazos en alto, un Mauser en una mano y un casco de un marine en la otra. Un Medrano desconocido para mí bajaba por la Duarte, solitario, imponente, pisando firme, como pocos días antes hiciera el Coronel de Abril.

Mi padre también se había acercado a la ventana sin que yo me percatara, hasta que sentí su mano en mi hombro.

— Ése, seguro que se extravió y se metió con su jeep en la Zona. Estos yankis ni saben por dónde andan — murmuró con desprecio.

Los invasores no volvieron a intentar entrar hasta seis semanas más tarde. El 14 de junio ya se sabía que venía una ofensiva para tomar la Zona Constitucionalista, pero no se sabía exactamente cuándo.

Esa noche mi mamá había invitado a Güigüí a comer unos espaguettis, su comando quedaba al lado de mi casa. Serían como las ocho cuando llegaron. Eran cuatro, contando a Güigüí; los demás estaban en sus puestos. Llegaron con todas sus armas encima y las colocaron con cuidado sobre la credenza antes de sentarse a la mesa. Mientras comían y hablaban animadamente, yo me tuve que conformar con mirar los fusiles de reojo, sabía que no me dejarían acercarme siquiera. De pronto, un largo silbido interrumpió la conversación, los pensamientos y la respiración de todos, entonces tronaron como cinco explosiones. La mitad de los espaguettis se quedó en los platos. En segundos, los combatientes habían cogido sus armas y cuando vine a darme cuenta ya iban corriendo Duarte arriba. Los morteros cayeron frente a la Escuela Argentina. Ahí murió un amiguito mío, Monchín, y también su mamá, Doña Elvira. Javier, el ebanista, quedó viudo.

Me contaron que el alto mando de la 82da División Aerotransportada había pronosticado una operación de dos horas para tomar la ciudad el 15 de Junio, pero luego de dos días de combates, los marines fueron obligados a retirarse. No pudieron entrar jamás.

Tute Mazara participó en la defensa del noreste de la ciudad, junto a Pichirilo, Güigüí y otros jóvenes en lo que se conoce como el combate de la Casa Zaglul, que estaba en la Juana Saltitopa esquina Mella, en Santa Bárbara. Por ahí venían bajando los norteamericanos. Y estos muchachos fueron los que detuvieron su avance en esa cuadra.

Tute vivía frente a mi casa, era sobrino del inmortal del deporte, don Chichí Mazara. No hablaba ni una palabra de inglés, pero se aprendió de oído la voz de auxilio de los americanos; escondido en un zaguán gritaba — I’m here! Help! I’m here!, para que salieran. Y cuando sacaban la cabeza… ¡tún!, hasta ahí llegaban. Tuvieron que retirarse, porque es que no podían, las calles eran demasiado estrechas y los constitucionalistas, muy aguerridos. Más de dos docenas de yankis —me contó Tute, después— murieron allí. Al día siguiente Tute fue ascendido a sargento.

Unos días más tarde, por el peligro de un segundo intento de tomar la ciudad, mi padre nos llevó al Ensanche Ozama, a la casa de un amigo de la familia, un piloto de la Fuerza Aérea que había desertado. No quiso bombardear la ciudad y se fue con su avión a Puerto Rico. Nos mudamos allí con la familia de mis tíos, era una casa enorme.

En el Parque había un helipuerto de las fuerzas invasoras, nosotros íbamos de vez en cuando a ver los helicópteros aterrizar. Tiempo después vine a saber que uno de los marines, puertoriqueño, se había enamorado de mi prima; que de algún modo mi padre se había enterado de que los americanos querían visitar la casa y que inmediatamente había dicho – Sí, sí, que vengan; que los recibió con gran cordialidad, los invitó a sentarse y comenzó a conversar con ellos muy animadamente y a brindarles cervezas; y que, para mi sorpresa, mi padre era un perfecto espía: que lo que quería era sacarles información a sus “invitados”.

Así que en eso estaban cuando llegamos de jugar y nos encontramos con estos tipos en la sala. Éramos mi hermano y José, de nueve años; Luisito, de doce; y yo, de once. La indignación fue tan grande que de inmediato, sin averigüar, dimos media vuelta y una vez que nos sentimos más o menos a salvo, afuera en la acera, entonamos el Himno Constitucionalista a todo pulmón:

¡A luchar, a luchar, a luchar, a luchar!
¡A luchar, soldados valientes
que empezó la revolución…. !

Como no surtía el más mínimo efecto, cambiamos de táctica y empezamos a corear:

– ¡Yan-ki go home, yan-ki go home! ¡Fuera yankis de Quisqueya! ¡Fuera yankis de Quisqueya! ¡Yan-ki go home…!

Esto sí lo entendieron perfectamente; se pusieron de pie y salieron a vernos, entre curiosos y divertidos –nos contaron luego, porque para cuando los gringos llegaron a la galería, nosotros ya íbamos corriendo a una cuadra de distancia. Esta fue la primera manifestación anti norteamericana durante la invasión; la de unos niños, en la Zona Oriental.

Abril de 1965 fue una guerra. Y como toda guerra, estuvo llena de horror, de sangre, de muerte, injusticias, violencia, abuso y todas aquellas cosas que quisiéramos ver algún día desterradas para siempre de nuestras vidas. Sin embargo, nos dejó a quienes la vivimos, como adultos o niños, un sentido de la dignidad y del honor que jamás se borrará.

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