16 de Agosto de 2015

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Se conmemora un nuevo aniversario del Grito de Capotillo. Aquel día del año 1863, un grupo de patriotas encabezado por el coronel Santiago Rodríguez –a quien en su obra sobre la Restauración Pedro M. Archambault califica como jefe de la revolución– cruzaron la frontera desde Haití y tomaron el cerro de Capotillo para al despuntar el alba izar el pabellón tricolor arriado desde marzo de 1861, cuando Pedro Santana lo desconoció para dar paso a la anexión a España.

Junto a Santiago Rodríguez estuvieron en ese día de gloria para la Patria, el capitán Eugenio Beliard, Segundo Rivas, Alejandro Bueno, Pablo Reyes, Juan de Mata Monción, Angulo San Mézquita, Tomás de Aquino Rodríguez, Sotero Blan, Juan de la Cruz Álvarez, Benito Monción y José Cabrera.

Comenzaba así la guerra restauradora, verdadera epopeya de valor y sacrificio en que el pueblo llano –ese pequeño burgués pobre y muy pobre, para usar las palabras del profesor Juan Bosch– arremetió con ardor y furia contra el ocupante español. Años de lucha en que hombres y mujeres prácticamente en la miseria formaron un ejército de improvisados para enfrentar a unas tropas no sólo organizadas sino además bien equipadas que peleaban a nombre de la Reina Isabel II de España.

Quién podría decir que al cabo de dos años la potencia ibérica claudicaría ante un pequeño país totalmente en ruinas. Y sin embargo, así sucedió, sólo explicable por el acendrado amor a la Patria que condujo a un puñado de próceres a levantarse contra la ignominia y a organizar a un pueblo engañado sumido en sus padecimientos no obstante las promesas de los anexionistas.

Los episodios de dignidad y coraje fueron muchos y así los narra el historiador Leonidas García Lluberes en su trabajo Crítica histórica: en San Francisco de Macorís, Olegario Tenares llegó al pueblo con ciento cincuenta hombres para impedir que se arriara la bandera nacional y en su intento cayeron los primeros mártires de la gesta restauradora. Mes y medio después, el 2 de mayo, continuó el martirio en Moca con el levantamiento del coronel José Conteras, Cayetano Germosén y otros prohombres, quienes fueron fusilados por el Gobierno usurpador. En julio de 1861 sería El Cercado, en donde de nuevo se derramaría la sangre de los bravos. Dos años más tarde, ya en 1863, subiría al patíbulo el poeta Eugenio Perdomo y a partir del 16 de agosto de ese año, la historia recoge los nombres de aquellos héroes que no vacilaron en sacrificar su vida en aras de la libertad, entre ellos, porque la lista es numerosa, el bravo coronel Santiago Mota, “muerto al frente de los patriotas que se batieron con Santana en Rincón de Pulgarín el 17 de enero de 1864”.

Siempre para este fasto de la Patria recordamos los nombres de Santiago Rodríguez, iniciador de la guerra patria; de Pepillo Salcedo, primer presidente del gobierno de la Restauración; de Gaspar Polanco, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel, Juan Antonio Polanco y de esa espada flamígera y adalid de las batallas, el general Gregorio Luperón.

Hombres que no vacilaron un instante en mantener en alto el pabellón tricolor. Hombres que nacieron para servir a la Patria, a la que consideraron ara y no pedestal, como dijo en ocasión memorable José Martí. Y entre esos hombres, Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella, quienes no sólo nos dieron la Independencia nacional en febrero de 1844, sino que también incursionaron en la epopeya de la Restauración.

Sánchez, herido en El Cercado, fue llevado al pelotón de fusilamiento por órdenes de las autoridades de ocupación y sus últimas palabras antes de caer abatido fueron: “Para enarbolar el pabellón dominicano fue necesario derramar la sangre de los Sánchez, para arriarlo se necesita también la de los Sánchez. Cumpla el Presidente del Consejo su mandato”.

Mella fue Ministro de Guerra del Gobierno Restaurador y enviado a detener las tropas enemigas en el Sur del país. Enfermó en la campaña y tuvo que ser trasladado en litera hasta Santiago en donde finalmente murió.

Duarte, el prócer por excelencia, enterado del crimen a la Patria que había forjado, vendría de Venezuela, junto con su tío Mariano Diez, su hermano Vicente Celestino y el poeta Manuel Rodríguez Objío y desembarcaría en Monte Cristi para ponerse a las órdenes del Gobierno Restaurador. Desde Guayubín dirigió esta carta a los representantes de ese Gobierno:

Arrojado de mi suelo natal por ese bando parricida que empezando por proscribir a perpetuidad a los fundadores de la República ha concluido con vender al extranjero la Patria cuya independencia jurara defender a todo trance, he arrostrado durante veinte años la vida nómada del proscripto, sin que la Providencia tuviese a bien realizar la esperanza que siempre se albergó en mi alma de volver un día al seno de mis conciudadanos a consagrar a la defensa de sus derechos políticos cuanto aún me restase de fuerza y vida. Pero sonó la hora de la gran traición en que el Iscariote creyó consumada su obra, y sonó también para mí la hora de la vuelta a la Patria. El Señor allanó mis caminos, y a pesar de cuantas dificultades y riesgos se presentaron a mi marcha, heme al fin con cuatro compañeros más en este heroico pueblo de Guayubín dispuesto a correr con vosotros del modo que lo tengáis a bien, todos los azares y vicisitudes que Dios tenga aún reservados a la grande obra de la Restauración Dominicana, que con tanto denuedo como honra y gloria habéis emprendido”.

Próceres, héroes y mártires ante quienes nos inclinamos reverentes, pues para ellos fue siempre primero la Patria.

Santo Domingo, 16 de agosto de 2015

Un comentario en “16 de Agosto de 2015

  1. Van Elder Espinal M

    Excelente reseña de nuestra gesta restauradora!! Gracias y alto aprecio !!

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