Por la paz en Colombia

Colombia March

Foto: AP/Fernando Vergara

A un nuevo acuerdo de paz han llegado las FARC con el gobierno de Colombia, luego del NO que mediante referéndum obtuvo el compromiso anterior. Las expectativas habían sido creadas para que se ofreciera un respaldo afirmativo a las iniciativas emprendidas por el presidente Juan Manuel Santos para lograr la paz, después de más de cincuenta años de conflicto. Largas y extenuantes conversaciones se habían desarrollado en La Habana, Cuba, la comunidad internacional saludaba entusiasmada el compromiso primigenio y, con representación de los más connotados líderes mundiales, se firmaba en Cartagena de Indias la concertación lograda.

Días más tarde vendría el rechazo. Un NO que ganaba por un estrecho margen, animado por una campaña sostenida llevada a cabo por el expresidente Álvaro Uribe; un NO que ponía en aprietos al presidente Santos, a quien se le conferiría el Nobel de la Paz; un NO que obligaba a escuchar las objeciones que se formulaban contra el acuerdo sometido a consulta popular; un No que amenazaba con retornar a la conflagración y a la incertidumbre.

Felizmente para Colombia imperó la sensatez. Gobierno y las FARC no retornaron a las armas. Por el contrario, las autoridades competentes escucharon las objeciones; el presidente Santos dialogó con los expresidentes Uribe y Andrés Pastrana; se recibieron las propuestas de los partidarios del NO, y fueron analizadas; se escucharon a los familiares de las víctimas; y, finalmente, se elaboraron propuestas, en las cuales se recogían los argumentos esgrimidos por los partidarios del NO.

Una nueva ronda de negociaciones se abrió en La Habana, y la madurez se impuso. Una mayoría de los reclamos de los opositores fueron oídos e incluidos en el nuevo tratado, que el presidente Santos ha definido como mejor que el anterior. El expresidente Uribe ha solicitado que se le someta a consideración y aprobación del Congreso Nacional, y el presidente ha dado su anuencia. Las FARC han considerado como excesivas muchas de las exigencias, pero las han aceptado en aras de la paz.

Habrá que esperar, pero no hay dudas de que Colombia y su pueblo se merecen la paz. De que callen las armas. De que niños y niñas guerrilleros vuelvan a la escuela y sus hogares. De que las víctimas y sus familiares sean resarcidos. De que se haga justicia ante los crímenes de guerra y lesa humanidad.

Una paz que Colombia ha perseguido siempre. Que la buscó Andrés Pastrana, mediante las llamadas zonas de despeje. Que paradójicamente la intentó Álvaro Uribe, por la vía de la intensificación de la guerra. Y que finalmente se está al punto de lograr, por los esfuerzos meritorios de Juan Manuel Santos.

Durante un año, junio de 2000 a junio de 2001, fui representante personal del Director General de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), para la Cooperación Técnica con Colombia. Un eufemismo para encubrir la misión encomendada de lograr una avenencia entre el Gobierno y las organizaciones sindicales, enfrentados por las muertes de sindicalistas, que éstos denunciaban como asesinatos de los poderes públicos, y que éstos catalogaban como guerrilleros caídos en combate.

Fue un año en que pude apreciar lo desgarrador y doloroso de la situación. Debía arribar a Bogotá en horas del día y al llegar se me recibía en las escalerillas del avión para transportarme en un vehículo blindado y custodiado por militares fuertemente armados hasta el lugar donde residiría durante mi estancia, casi siempre de una semana a diez días por mes. De allí se me llevaba cada día al Ministerio de Trabajo para escuchar las quejas y denuncias de los dirigentes sindicales, las cuales transmitía a los responsables gubernamentales, en busca de soluciones y protección.

El ambiente que imperaba era el de la desconfianza, el recelo, la inseguridad. En su desesperación, el entonces presidente Pastrana me llegó a confiar que sólo le restaba inmolarse para que la comunidad internacional se convenenciera de que hacía todo lo que estaba a su alcance para evitar los crímenes, los actos de terror, proteger a los ciudadanos y alcanzar la paz. Esa paz que sólo generaciones de colombianos que han vivido el horror saben cuánto se desea y aprecia; razón por la cual, suscrito un nuevo acuerdo, que impere el interés nacional, que se valoren los sacrificios realizados, que se comprenda lo difícil que es conseguir lo que personalmente se anhela y, que esta vez, se respalde la concertación que se ha firmado.

Colombia y su pueblo lo esperan. Y se lo merecen.

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