A veces, la historia se repite

Pablo Longueira, candidato del gobierno a las elecciones presidenciales de Chile renunció a su nominación por encontrarse sumido en una profunda depresión, según explicaron sus familiares más cercanos. La noticia dejó estupefactos a sus seguidores y fueron muchos en el país y en toda América Latina que se mostraron sorprendidos por tan imprevisto acontecimiento.

Sin embargo, lo sucedido a Longueira no es caso único. En 1945 a Diógenes Escalante le sucedió lo mismo.

¿Quién es Diógenes Escalante? En un libro que acabo de leer se cuenta su historia en forma novelada. De la pluma de Francisco Suniaga se nos dice que el personaje había sido Embajador del dictador venezolano José Vicente Gómez desde el año 1922 y a la muerte del “Benemérito” regresó a Venezuela, siendo designado ministro de lo Interior en el gobierno del general Eleazar López Contreras. En 1936 pasó a desempeñar las funciones de Secretario de la Presidencia y, posteriormente, designado embajador en Washington.

Estando en este último puesto lo visitó Julio Medina, hermano del presidente Isaías Medina Angarita con la finalidad de proponerle que fuera candidato de consenso a la presidencia de Venezuela. Por su Embajada, en la capital norteamericana, desfilaron prominentes hombres públicos de su país, incluyendo a Rómulo Bentancourt y Raúl Leoni, muchos años más tarde presidentes, quienes en nombre de Acción Democrática le pidieron aceptar la candidatura, aunque con la advertencia de que no lo acompañarían en su gestión.

Toda Venezuela se unió en torno a la figura del Embajador con un solo propósito: cerrarle el paso a las ambiciones de López Contreras, muy vinculado a la tiranía de Gómez, quien había decidido presentarse como candidato en sus deseos de retornar al Palacio de Miraflores.

Para 1945, el doctor Diógenes Escalante era un hombre que se acercaba a los setenta años de edad y pensaba en el retiro, luego de una extensa y exitosa carrera diplomática. Caviló intensamente en aceptar o no la candidatura que se le proponía, y la tensión nerviosa lo llevó al insomnio y a días muy duros en el ámbito familiar. No obstante, como narra Suniaga, y pone en boca de Escalante:

desde el mismo instante en que recibí el recado del presidente Medina, sin que me percatara, comenzaron a soltarse en mi mente los demonios de esa ambición tan largamente contenida. Cometí el dislate de ilusionarme con la creencia de que era posible tomarme una revancha ante el destino y cerrar mi carrera pública de la manera que soñé, siendo presidente de Venezuela”.

Finalmente, a finales de mayo tomó la decisión y a principios de agosto retornó a su país.

Apenas un mes después Escalante se veía precisado en abandonar la carrera. La presión le resultó intolerable: las visitas continuas de compatriotas que le solicitaban la solución de un problema; las cartas que debían ser respondidas; las audiencias con las autoridades; el contacto con la calle en una campaña contra reloj; los preparativos para elaborar una agenda y un plan de gobierno. El día a día lo desbordó: la duda de si había hecho lo correcto en aceptar comenzaron a invadir su espíritu; se preguntaba si tanto tiempo fuera del país le habían hecho perder la capacidad de comprender a Venezuela; y las tensiones a las que se encontraba sometido le hicieron perder el sentido común.

El 3 de septiembre de 1945 Escalante entró en crisis. Ya no pudo más. La realidad fue imposible de continuar ocultándose; tuvo que renunciar a la candidatura y como dice el autor de la obra, a partir de ese momento se torció el devenir de la historia de Venezuela.

Escalante había conocido en sus años de Embajador a Harry S. Truman, quien siendo ya presidente le envió su avión para sacarlo de Venezuela, de ahí el nombre de la novela “El pasajero de Truman”.

Excelente historia novelada que nos muestra que ya antes, en el pasado siglo, un candidato con sus nervios destruidos por la intensidad del accionar político tuvo que abandonar la carrera presidencial. La historia se repite con Pablo Longueira, que víctima de una fuerte depresión, según su hijo, abandona en Chile la candidatura presidencial que había ganado hacía apenas seis semanas en comicios internos.

La Restauración de la República

Este lunes celebraremos el 147 aniversario de La Restauración de la República. Resulta necesario aclarar que el 16 de agosto de 1863 sólo fue el inicio de la guerra que vendría a terminar en 1865, con la salida de las tropas españolas del territorio nacional.

Juan Bosch nos narra que La Restauración fue al mismo tiempo una guerra de liberación nacional y una guerra social,

“en las cuales participaban a la vez hombres animados de poderosos sentimientos patrióticos y hombres de acción que van a los campos de batalla en busca de ascenso social, y en ocasiones, como pasó en la de la Restauración, hombres en quienes se daban los dos estímulos, el patriótico y la necesidad de ascender socialmente [ … ] un acontecimiento histórico extraordinario que no fue igualado en países de la América nuestra más ricos, más cultos, más poblados que la República Dominicana”.

La guerra, que comenzó en la frontera con la toma de Capotillo, se extendió rápidamente por todo el Cibao. Para el 22 de agosto, las fuerzas restauradoras ocuparon Guayubín, Dajabón, Montecristi y Sabaneta (municipio cabecera de lo que en la actualidad es la provincia Santiago Rodríguez). El ayuntamiento y el cuartel de Puerto Plata cayeron en manos de los patriotas el 28 de ese mes y asimismo sucedió con las ciudades de La Vega, San Francisco de Macorís y Cotuí. El 30 de agosto, Moca pasó al control de los insurrectos y el 6 de septiembre, por órdenes de Gaspar Polanco, los restauradores incendiaron a Santiago. Antes de terminar septiembre, la guerra alcanzaba todo el sur de la República y Gregorio Luperón detenía a las tropas comandadas por Pedro Santana, quien había levantado su campamento en Guanuma, poblado situado al norte de Villa Mella.

No se había cumplido un mes de haberse iniciado las operaciones, exactamente el 14 de septiembre, cuando se dejó formalmente constituido el Gobierno provisional, con sede en Santiago, presidido por José Antonio (Pepillo) Salcedo. A partir de entonces, las fuerzas restauradoras avanzaron -en palabras de Juan Bosch- “como un torrente impetuoso que se llevaba por delante todo lo que se interponía”. La furia de la rebelión fue de tal naturaleza, que el 16 de agosto de 1864, esto es, al cumplirse un año de haberse iniciado las operaciones, el Gobierno español propuso comenzar negociaciones al Gobierno restaurador. El 7 de enero de 1865 se presentó en el Congreso español un proyecto de ley que ordenaba el retiro de las tropas españolas del territorio nacional y meses después de ese mismo año se arrió la bandera de España y se izaba de nuevo en todo el país el pabellón tricolor.

La jornada histórica que recordamos este 16 de agosto, tuvo sus antecedentes en el levantamiento de Moca, que encabezó José Contreras, el 2 de mayo de 1863, así como en la acción heroica de Francisco del Rosario Sánchez, quien junto con varios compañeros entró por Haití, penetró al territorio nacional por Juan Santiago, provincia de Elías Piña, siendo capturado y fusilado el 4 de julio de 1863.

Epopeya de carácter intrínsecamente social que permitió a hombres de orígenes humildes pasar a ser personajes históricos, hoy reconocidos por todos en el país. Ahí están, para testimoniarlo, los nombres admirables de Gaspar Polanco, Gregorio Luperón, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel, y otros más que con su valentía y ardor hicieron posible La Restauración de la República.

Conocer nuestro pasado es importante. Muchas son las obras escritas sobre La Restauración, pero hay dos que son realmente importantes: Historia de La Restauración, de Pedro M. Archambault y La Guerra de la Restauración, de Juan Bosch.

Nelson Mandela, el invencible

Acabo de leer dos libros sobre Nelson Mandela. El primero, de John Carlin, titulado El Factor Humano y, el segundo, de la autoría de Richard Stengel, con el título de El Legado de Mandela.

Estoy seguro que del primero de estos libros has oído hablar, pues su contenido sirvió de argumento a la película Invictus, de Clint Eastwood, que ha sido elogiada por los críticos y que causó una buena impresión cuando se proyectó en las salas de cine del país. Desde luego, como casi siempre acontece, el libro nos explica mucho mejor el mensaje que quiso proyectar la filmación. Ese mensaje puede resumirse en las propias palabras de Mandela:

“El deporte tiene el poder de transformar el mundo. Tiene el poder de inspirar; de unir a la gente como pocas otras cosas… Tiene más capacidad que los gobiernos de derribar las barreras raciales”.

Y, precisamente, a partir de este razonamiento de Mandela es que Carlin desarrolla la trama de su obra, en la cual nos cuenta cómo el líder de la nación sudafricana pudo lograr “la pacífica transferencia de poder de la minoría blanca a la mayoría negra en Sudáfrica, el paso del apartheid a la democracia”.

Para conquistar sus objetivos de vencer la segregación racial y unificar su nación, Mandela apostó a respaldar los Springbok, el equipo de rugby integrado por afrikáners y odiado por los negros, para quienes representaba el símbolo del dominio y explotación de los blancos.

Su tarea no fue nada fácil. Tuvo que vencer el recelo de los blancos, quienes no podían entender que su presidente negro los apoyara, luego de tantos años de animadversión contra el equipo, hasta el punto en que se habían llevado a cabo campañas mundiales para impedir que éste pudiera participar en justas internacionales. Pero, también debió luchar contra el resentimiento acumulado de sus compañeros de Partido, quienes consideraban imposible respaldar un equipo que a lo largo de su historia siempre fue identificado en el imaginario de los negros como el paradigma de la supuesta supremacía blanca con la cual se pretendía sojuzgar a la población mayoritaria negra.

Gracias al diálogo y a la persuasión, pero además a su valor personal, Mandela obtuvo su cometido. En 1995 los Springbok ganaban el campeonato mundial de rugby celebrado en Sudáfrica, en un partido presenciado por Mandela, ante una multitud de hombres y mujeres blancos que lo aclamaron, y con su aclamación, lo aceptaban como su Presidente. Al mismo tiempo, los hombres y mujeres que por su raza habían sido sometidos a la segregación, aceptaban el triunfo de los Springbok como suyo, cerrándose así un largo capítulo de división y odio racial que ha permitido a la Sudáfrica de hoy marchar por un camino de paz y reconciliación.

El segundo libro El legado de Mandela es una de enseñanza sobre la vida, el amor y el valor de Nelson Mandela, tal como lo afirma en un subtítulo el autor de la obra, Richard Stengel. Ni siquiera es necesario comentar este libro, basta con reproducir algunos de sus párrafos para darse cuenta de la dimensión universal del hombre y líder que es Nelson Mandela.

La cárcel –dice el autor le enseñó el dominio de sí mismo, disciplina y concentración, cosas que Mandela considera esenciales en un líder. Gracias a este autocontrol, pudo afirmar que el coraje no es la ausencia de miedo, sino aprender a superarlo, y, por tal razón, nuestro personaje afirma que es necesario fingir que se es valiente; que no tener miedo es una estupidez, pues el coraje es no dejar que el miedo te venza. Si finges ser valiente, sostiene Mandela, no sólo te vuelves valiente, eres valiente.

Mandela, nos dice Stengel, sabe que no hay nadie que sea totalmente bueno o totalmente malo, y, en general, considera que casi todo el mundo es bueno mientras no se demuestre lo contrario. El autor del libro nos advierte que para algunos este es un punto débil del líder y, para otros, una ingenuidad. Pero, Mandela considera que si se piensa bien de la gente con la cual interactuamos, se aumenta la probabilidad de que esa persona muestre lo mejor de sí misma. Nadie, afirma el líder sudafricano es intrínsecamente malo.

“La maldad es algo que las circunstancias, el entorno o la educación inculca o enseña a los hombres. No es innata”.

Aunque Mandela trata de complacer a sus compañeros y ciudadanos, Stengel aclara que su biografiado sabe decir no, ya que hacerlo luego sería mucho más difícil. “Si hay que decepcionar a alguien, cuanto antes mejor”, es su razonamiento, y cuando tiene que decirlo no lo endulzará ni se lo pasará a otro, tratando de que su respuesta sea clara e irrevocable. En otras palabras, dice el autor de la obra, el líder sudafricano no es de las personas que da falsas esperanzas ni deja abierta la más mínima rendija.

Hay, pues, que leer este libro de Richard Stengel. Efectivamente, una obra para aprender de la actitud de un hombre, que a no dudar, es uno de los grandes prohombres de la humanidad.

Las cifras de la Cepal: avance y desafío

He estado leyendo y analizando el estudio de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) que tiene por título: “La Hora de la Igualdad: brechas por cerrar, caminos por abrir”.

El trabajo de la CEPAL tiene como objetivo examinar la crisis financiera y económica que estalló a nivel mundial en 2008 y las medidas que se han adoptado para enfrentarla en diversos países de América Latina.

En la lectura de este documento pude encontrar datos referentes a la República Dominicana que quiero compartir con nuestros lectores; datos que hablan muy bien de nuestro país, de nuestro Gobierno y del Programa Solidaridad, en lo que respecta a las políticas que buscan reducir la desigualdad social.

Así, por ejemplo, gracias a la estrategia puesta en práctica desde el Gabinete de Políticas Sociales que coordino, para 2008, en hogares con niños y niñas de cinco años de edad o menos, la pobreza se ha reducido en un 4.4%. Para ese mismo año, la pobreza en hogares con menores entre cinco y catorce años de edad se ha reducido en un 5.2%. Y en hogares con personas de 65 años o más, la pobreza se ha reducido en un 4.4%.

En un cuadro muy significativo, la CEPAL muestra el impacto en la reducción de la pobreza y la distribución del ingreso que ha producido la aplicación del Programa Solidaridad en el país: éste alcanza al 50.1% del total de hogares (pobres y de clase media baja) y, en promedio, sus familias beneficiarias reciben 33.2 dólares al mes. Antes del Programa, el 40.1% del total de la población se situaba por debajo de la línea de la pobreza, porcentaje que ha bajado a 23.6% después del inicio y desarrollo de Solidaridad. Es decir, que la pobreza se ha reducido en 16.5%. En cuanto al coeficiente de Gini, que mide la brecha entre ricos y pobres, ha pasado de 0.58 a 0.50.

De acuerdo a las cifras de este estudio de la CEPAL, no hay dudas de que la estrategia del Gobierno en pro de la igualdad comienza a dar sus frutos. Sin embargo, esto no es suficiente; debemos redoblar esfuerzos. Sobre todo, en el caso del Programa Solidaridad, en la lucha que se lleva a cabo para acelerar la marcha hacia una sociedad más incluyente y hacia un Estado de bienestar.

Solo para jóvenes

Desde pequeño, siempre fui amante de los libros. Tal vez porque siendo hijo de un hogar con un padre contrario a la tiranía de Trujillo, el clima sofocante de la época me forzaba a refugiarme en la lectura, para evadir cualquier desliz en la comunicación con relacionados y amigos que pudiera afectar a mi familia. El hábito lo he conservado durante toda mi vida y no me acuesto sin leer la página de algún libro. Hoy, se puede acceder a la lectura con más facilidad que nunca. Ya no es solo el libro impreso que se compra en una librería, sino que la vía electrónica nos permite recurrir a amazon.com para adquirirlo o sencillamente leerlo desde la propia pantalla, especialmente si tenemos a mano un iPad.

¿Cuál libro me recomienda para leer? Es una pregunta que frecuentemente me hacen mis jóvenes amigos. Y siempre les digo que en cada libro pueden encontrar una enseñanza. Los clásicos griegos, por ejemplo, nos conducen hasta esa cultura y nos permiten conocer el mundo helénico. Recuerdo muy vivamente la impresión que me causó, siendo estudiante del bachillerato, leer las tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides, y las comedias de Aristófanes. De ahí a leer la historia de Atenas, Esparta, las Guerras Púnicas y Médicas, fue un solo paso. Pero ¿cómo no recordar las lecturas peligrosas bajo la tiranía de Trujillo? Se trataba de obras en cuyas páginas se vertían criterios incendiarios contra el despotismo. Como El hombre mediocre, de José Ingenieros y Las Catilinarias, de Juan Montalvo. Al Quijote de La Mancha lo disfruté desde muy joven. Desde entonces lo he vuelto a leer en múltiples oportunidades, siempre encontrando en sus páginas una lección a seguir, como la que dio Don Quijote a Sancho Panza sobre el arte de impartir justicia, cuando lo hizo gobernador de la Ínsula de Barataria. Víctor Hugo, con Los miserables, me llenó de indignación al comprobar la explotación de los pobres del París del siglo XIX. Es una novela memorable, de gran intensidad, que tuve la suerte de leer no solo traducida, sino en su idioma original.

Luego están los novelistas del siglo XX y, en especial, los latinoamericanos del realismo mágico, como Gabriel García Márquez, con sus Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera y El General en su laberinto. Igualmente, Mario Vargas Llosa, con La casa verde, Conversación en La Catedral, y La guerra infinita.

Son muchos los autores dominicanos que recomendaría leer y estudiar. Ahí están La sangre de Tulio Cesteros; Siluetas, de Miguel Angel Garrido; Over, de Ramón Marrero Aristy; y El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo. Estas son obras de naturaleza social, pero no hay que olvidar que también tenemos buenos novelistas, cuentistas, historiadores, ensayistas y poetas, con publicaciones que deben leerse. Naturalmente, como discípulo que fui del profesor Juan Bosch, me inclino a recomendar su vasta producción. Su Composición social dominicana, es la interpretación científica de la historia de nuestro país; De Cristóbal Colón a Fidel Castro: El Caribe, frontera imperial, nos muestra el devenir histórico de la región geográfica en donde nos ha tocado nacer y vivir; y luego están sus ensayos, como el estudio de El Feudalismo y La historia de los pueblos árabes; sus estudios bíblicos, como David, biografía de un rey o Judas Iscariote, el calumniado. Y no olvidemos sus cuentos, que por algo fue siempre considerado por la crítica como uno de los mejores exponentes de este género en América Latina y el mundo.

Son muchas las ocupaciones que demanda la Vicepresidencia de la República, pero siempre encuentro el tiempo para fijar mi vista en las páginas de un libro. No importa el género del que se trate, pues siempre hallaré en sus folios una enseñanza. Eso sí, y lo aprendí de mi padre desde niño: lo que se comienza debe terminarse. Por eso, aunque me parezca aburrido el tema de que trata o no me identifique con los planteamientos del autor, siempre he finalizado el libro cuya lectura he iniciado.