Panegírico a mamá


Hoy no debe ser un día triste para nosotros.

Mi madre, católica practicante, de inconmovible fe cristiana y de profunda espiritualidad, debe de estar feliz por haber llegado a la Casa del Señor. Hace unos meses, con ese humor que le caracterizaba, me había dicho que a Dios se le había perdido su registro, pues ya eran muchos años en esta tierra sin que la hubieran llamado a su presencia. No sólo feliz, debe de estar muy alegre, pues después de nueve años de separación vuelve a encontrarse con el amor de su vida, con quien compartió diez años de noviazgo y sesenta y siete años de matrimonio.

Fue la pareja ideal, la de esos amantes que nos narran los escritores de novelas románticas; hechos el uno para el otro, en un complemento perfecto. Él, paradigma de la justicia, quien nos enseñó que todos los actos y decisiones de la vida deberían estar signados por el concepto de lo justo: nunca dañes a nadie, da a cada quien lo que es suyo, respeta el derecho de los demás. Ella, el ardor, la pasión, el fuego inextinguible del patriotismo, quien nos inculcó desde pequeños el amor por la Patria, la defensa de sus símbolos patrios y la veneración a Juan Pablo Duarte, que repitiendo a Miguel Angel Garrido, decía de él, “más grande que tú, ni la Patria misma”.

Mamá fue en el hogar el elán, el impulso, el torrente abrazador que siempre nos animaba a seguir adelante. De ella aprendimos las primeras letras y nos siguió acompañando en los estudios hasta que nos vio graduados de profesionales; para ella, no había límites en los logros, alcanzado uno, levantaba el listón más alto para conseguir el próximo; jamás rendida ante las adversidades y las dificultades, de tal modo, que cuando se sentía desfallecer, ella misma recordaba la estrofa del poeta:

“Ay de ti, si el dolor te abate,
Si el sufrimiento tus músculos entumece,
Haz como el árbol seco, reverdece,
O como el germen en el suelo, late.
Haz como el toro acorralado, muge,
O como el toro que no muge, embiste.

Se reponía, y seguía hacia adelante. Fue, en ese sentido, una verdadera mujer espartana. Mantuvo el hogar en los años en que papá estuvo perseguido y encarcelado, y en ese tiempo, nunca la vimos derramar una lágrima ni emitir una queja. Dominó sus nervios y sólo pudimos conocer sus dolencias una vez desaparecida la tiranía de treinta y un años. Nos vio partir hacia tierras lejanas, y aunque sabíamos que sufría, no expresó una sola nota de disgusto, conscientes de que sus retoños emprendían un viaje para la superación; muy al contrario, nos escribía para felicitarnos por nuestros éxitos, para recordarnos la necesidad del estudio, para exigirnos regresar al terruño con la satisfacción del deber cumplido.

Siempre fue una mujer de mil batallas, y estoy consciente de que fue su apoyo decidido lo que le permitió a mi padre mantener una actitud y una conducta de rebeldía y de desafío al régimen despótico; jamás le criticó su oposición, su conducta vertical que condenaba a la familia a las vicisitudes y penurias, muy al contrario, las admitía con gran orgullo y hablaba de ellas y de él con admiración. Fue su carácter emprendedor y su voluntad férrea lo que estimuló a sus vástagos a abrirse los caminos de la vida, nos celebraba nuestros triunfos, conservaba y exhibía nuestros diplomas, recortaba las reseñas de los periódicos y nos estimulaba permanentemente a la búsqueda de la excelencia.

Maestra de escuela en sus años mozos; lectora voraz, hábito que conservó hasta hace pocos años, leyendo diariamente los periódicos; con firmes actitudes nacionalistas, desde que siendo niña vio en traje de presidiarios a los patriotas dominicanos que se opusieron a la intervención norteamericana del 16; enamorada de la poesía, hasta llegar a escribir numerosas composiciones, que nos leía y luego recitaba de memoria, nuestra madre pudo vivir una vida plena de satisfacciones. Ya en el otoño de su existencia, varias veces nos repitió que Dios había sido muy generoso con ella: le dio un marido excelente, que la adoró, y que fue el único hombre de su vida; hijos a quienes, según ella, vio triunfar y que la acompañaron hasta el final de su existencia.

Todavía en sus últimos días mantuvo su alegría y su espíritu optimista. Se pintaba los labios y a quienes la visitaban les decía que ya con casi 103 años conservaba su visión, mantenía todos sus dientes y continuaba con su mente clara. Y cuando le preguntábamos si nunca había tenido una divergencia con papá, pues nunca la presenciamos, nos decía que su enojo él lo mostraba por conducto de su rostro, y cuando lo veía con ceño adusto ella le preguntaba: ¿qué le pasa a mi negrito de Bayaguana? Y él le contestaba: “Examine su conciencia”, a lo que ella respondía: “Mi conciencia me dice que usted es un chismoso”. Esos eran sus pleitos, si así se les puede llamar, pues hasta cuando mamá descubría que papá no le había entregado todo el dinero ganado en un litigio, cuando éste se percataba de que el escondite había sido descubierto, se echaba a reír mientras la acusaba de haberle birlado su tesoro, a lo que ella siempre reaccionaba con sorpresa y una sonrisa de picardía.

Alegrémonos, pues, no sólo de haberla tenido con nosotros por casi ciento tres años sino también porque ya se encuentra en presencia del Señor y junto al hombre que fue su pasión y razón de vida.

Prendas de don Rafael Alburquerque Zayas-Bazán en el Museo de la Resistencia

Como homenaje a quienes entregaron sus vidas para establecer en nuestro país un estado de derecho, el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana –MMRD dedicó su “Pieza del Mes” a don Rafael Alburquerque Zayas-Bazán (1908-204). Dos de sus prendas personales: una medalla al Mérito, otorgada por el Ayuntamiento del Distrito Nacional, y un anillo del Movimiento 14 de Junio; estarán en exhibición hasta el 25 de septiembre en el área de recepción del museo.

En la apertura de la ceremonia, doña Luisa de Peña, directora del MMRD, explicó a los asistentes la importancia de “la Pieza del Mes”, como herramienta para dar a conocer a la sociedad un poco más de las vidas de estos héroes que tejieron con sus acciones la historia democrática de la República Dominicana. A seguidas, esbozó una breve reseña biográfica de don Rafael Alburquerque Zayas-Bazán, don Chichí para sus amigos.

A continuación, Sor Emma Alburquerque, hija de don Chichí, compartió con los presentes algunas memorias sobre su padre, tan personales como emotivas, y luego cedió la palabra a su hermano, el doctor Rafael Alburquerque de Castro. El exvicepresidente de la República, luego de agradecer al museo por la distinción a su familia, hilvanó varias anécdotas que vivió junto a don Chichí, presentando a los asistentes a la ceremonia un retrato como sólo la cercanía y la calidez de un hijo que comparte los ideales paternos puede delinear.

Don Rafael Alburquerque Zayas-Bazán fue uno de los tantos profesionales perseguidos y torturados por oponerse al régimen trujillista. Su férrea oposición a la dictadura le costó varias veces la cárcel, pero esto nunca lo hizo retroceder en su lucha en favor del pueblo dominicano.

Como abogado, rechazó todos los puestos en el Estado que el déspota le ofrecía a través de distintos emisarios, a fin de que desistiera de su lucha contra el régimen. Don Chichí, a pesar de no tener empleo (Trujillo también se había encargado de eso, despojándolo de su exequátur) y de necesitar mantener a su familia, nunca se doblegó en su negativa a formar parte de la sangrienta dictadura. En 1952 fue condenado a seis meses de prisión por “ofensas” al jefe del Estado, cumpliendo su condena en la Fortaleza Ozama. En 1960, como miembro del Movimiento 14 de Junio, fue detenido y posteriormente condenado a 30 años de trabajo forzoso. Fue llevado a La 40, donde fue torturado y luego trasladado a la cárcel La Victoria. Allí permaneció hasta marzo de ese año cuando en un juicio fue descargado junto a 10 de sus compañeros.

Nunca se le oyó pronunciar una sola palabra de alabanza u homenaje al Tirano; no colgó jamás en su hogar la denigrante tablilla que rezaba “En esta casa, Trujillo es el jefe” y se negó siempre a visitar los locales del Partido Dominicano. Estas actitudes, que podrían sonar nimias en un estado de derecho como en el que hoy vivimos los dominicanos, se consideraban signos de rebelión extrema durante la tiranía; suficientes para costarle persecución, hostigamiento y cárcel a quienes osaban así ser consecuentes con sus principios. Don Chichí participó activamente, además, en los movimientos que estallaron en 1946 en repudio y condena a la dictadura.

Como dijera el historiador Roberto Cassá, Rafael Alburquerque Zayas-Bazán

debe ser, ante todo, ponderado como un ciudadano íntegro, que asumió todas las penalidades y todos los riesgos que entrañaba una oposición inconmovible a la tiranía trujillista.”

Don Chichí mantuvo su rebeldía hasta el día del ajusticiamiento del sátrapa, tras lo cual le escucharon exclamar:

¡Valió la pena el sacrificio: la República Dominicana conocerá ahora la libertad!.

A la ceremonia, además de los hijos de don Chichí, Sor Emma y Rafael, les acompañaron doña Martha Montes de Oca de Alburquerque, junto a sus hijas, yernos y nietos; el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Mariano Germán; el historiador Juan Daniel Balcácer, el Gerente General del Consejo Nacional de Seguridad Social José Rafael Pérez Modesto, así como otras personalidades, miembros del museo y amigos de la familia Alburquerque.

Cincuenta años atrás

Sería un poco más de las once de la noche del día 30 de mayo de 1961 cuando escuché la voz de mi tía Lily que insistentemente llamaba a mi padre por el apodo como la familia y sus íntimos lo conocían: “Chichí, Chichí”.

Mis padres dormían en una habitación de madera y yo en una de cemento ubicada al noreste de aquélla; ambas habían sido levantadas en el patio de la casa de la abuela paterna y a las mismas se accedía por escaleras diferentes. La primera era el castillo encantado de mi madre, pintada siempre de tono gris y construida al momento de mis padres casarse para que sirviera de tálamo nupcial. La segunda fue mi dominio privado que me albergó desde la adolescencia y donde estudié hasta graduarme de abogado.

Escuchada la voz que llamaba a mi padre, descendí raudo hacía donde se encontraba la tía y esperé la llegada de mi padre que bajó con una bata que cubría su pijama. “Chichí, llamó Berta para decirnos que a Manelik lo han requerido junto a sus compañeros y que esta noche la pasarán fuera de sus casas”. Bertha Pellerano era prima hermana de mi padre y esposa de Manelik Fiallo, capitán del Ejército Nacional, recientemente fallecido, y con estas palabras trataba de darnos a entender que algo estaba pasando.

Bertha Pellerano actuaba con el cuidado que demandaba ser la esposa de un capitán del Ejército Nacional que se comunicaba con el teléfono intervenido de un desafecto de la dictadura, quien recientemente había estado prisionero en La Cuarenta y cuya casa estaba continuamente vigilada por dos espías del régimen tiránico.

“Eso es que a los guardias lo han acuartelado”, interpretó mi padre las palabras de su prima. “¿Qué habrá pasado?”, nos preguntamos. Con esta interrogante nos fuimos a acostar.

Al día siguiente, mi padre, como era su costumbre, esperó la llegada del diario El Caribe en el amplio y alto ventanal enrejado, que se erguía desde el piso de la vivienda, situado unos cuantos metros por encima del nivel de la acera, hasta unirse con el techo. Poco antes de las seis de la mañana vio mi padre acercarse a una de las hermanas Michel de la Maza, quienes vivían un poco más allá, hacia el oeste, y que se encaminaba a escuchar la misa que a esa hora se ofrecía en la iglesia de Las Mercedes. “Buenos días”, le ofreció mi padre, y la transeúnte mañanera le contestó con un “buenos días, licenciado”, al tiempo que se pasaba el índice de su mano derecho por el cuello, en obvia señal de que alguien había sido eliminado.

Cuando salí de mi dormitorio cerca de las seis y treinta de la mañana encontré a papá con su periódico en las manos, y después de darme la bendición, me pasó el cuerpo del diario dedicado a los deportes. Minutos después se nos unió Yeyo Zayas-Bazán, tío materno de mi padre, y no hizo más que sentarse para decirnos con voz alarmada y asombro en su rostro que había visto pasar por la calle El Conde no menos de diez camiones repletos de militares que portaban armas largas. “De seguro que se ha producido una invasión”, fue la conclusión de su información. Papá, que hasta esos momentos había guardado silencio, nos refirió su encuentro con la señora Michel de la Maza, le contó al tío la llamada de Bertha Pellerano, y para sorpresa nuestra nos dijo que para él lo más probable era que un alto funcionario del gobierno hubiera perdido la vida.

Nunca mi padre me dijo si conocía del complot para ajusticiar al Tirano, pero siempre he sospechado que alguna información tenía, tal vez, por la vía de su amigo Severo Cabral, pues tan pronto nos desayunamos, y con la suposición previamente expresada de que algún personero del régimen había fallecido, me pidió ir a la Puerta del Conde para verificar si la bandera estaba a media asta.

En cumplimiento del mandato paterno fui al lugar indicado y observé izado hasta el tope el pabellón tricolor. Tomé entonces la calle El Conde para dirigirme a la oficina de mi padre, situada en la Arzobispo Meriño, pero al llegar a la esquina de esta calle una corazonada me llevó hasta la Fortaleza Ozama, y allí, en lo alto de la Torre del Homenaje, estaba el lienzo nacional a media asta.

Casi corrí hasta el bufete de abogado y con el corazón en la boca le dije a mi padre lo que había observado en los dos monumentos visitados. Este se limitó a comentar: “Alguien muy grande ha fallecido”. No había terminado de pronunciar esta frase cuando hizo su entrada al despacho José Andrés Aybar Sánchez, hijo de un gran amigo de mi padre, y quien acabado de recibirse de abogado había comenzado a trabajar en la oficina. Se le veía sumamente excitado, deseoso de tomar la palabra y de develar un secreto. Con voz de susurro nos dijo que don José Andrés Aybar Castellanos, su progenitor, acababa de recibir una llamada telefónica de su cuñado, Eduardo Matos Díaz, residente en México, para decirle que Trujillo había sido ajusticiado.

Mi padre, quien siempre tuvo un gran dominio de sus emociones, lo miró fijamente y le preguntó: “¿Cómo supo Eduardo esa noticia?” “Porque el Gobierno norteamericano desde París lo ha dado a conocer a la opinión pública”, fue su respuesta.

Ni un solo músculo del rostro nos mostró cuáles eran los sentimientos del hombre que durante los treinta y un años del régimen despótico sufrió vejámenes, persecuciones, prisiones y torturas. Permaneció en silencio, Un silencio profundo que se sentía lacerante en todo el despacho. Al cabo de varios minutos, que a mí me parecieron interminables, de modo sereno expresó: “Ahora hay que esperar los coletazos del régimen que se derrumba”.

Retorné a mi hogar con el propósito de tomar los libros de estudio, pues el 1 de junio comenzaban los exámenes del tercer año de Derecho de la entonces Universidad de Santo Domingo. Difícilmente pude concentrarme, pues a cada momento esperaba escuchar la información oficial del deceso, aunque La Voz Dominicana continuaba con su programación ordinaria.

Como siempre lo hacía, a las doce y media del día regresó papá a la casa y se sentó a conversar con la familia. A mamá, mis hermanas y mi abuela nos contó que ya en toda la ciudad corría el rumor del ajusticiamiento del tirano. Todos estábamos conscientes de que a partir de ese momento nuestra vida cambiaría, de que la libertad se aproximaba a nuestra Patria y de que en lo adelante papá podría llevar una vida tranquila y sosegada. Pero, si en todos estaba bien alta la adrenalina, si en mis hermanas y yo asomaba la alegría, papá mantenía su imperturbable calma y sus palabras se limitaban a examinar el acontecimiento y sus secuelas.

Mientras charlábamos y esperábamos el almuerzo, Cusa Pardo hizo su entrada, De un físico parecido a Golda Meier, con un peinado semejante a la de la líder israelita, hermana de un exiliado antitrujillista, don Miguel Pardo, Cusa, soltera y sin hijos, vivió sola el horror de la tiranía. Perseguida, traducida a la justicia por supuesta falta de pago de impuesto de una pequeñísima tienda que tenía en El Conde, hostigada hasta la saciedad, siempre se mantuvo firme sin doblegarse jamás ante las brutalidades a que fue sometida. Con su voz chillona expresó con alegría que le desbordaba toda su pequeña figura: “Mataron a Trujillo”.

A papá por primera vez en el día le vi reaccionar: “Cusa –le dijo-, seguimos vivos y Trujillo no pudo sojuzgarnos. Nuestra firmeza se impuso”. Y dicho esto, abrió su billetera y me pidió que fuera al colmado de la esquina a comprar unas cervezas. Así lo hice, aunque le pedí a Casimiro, el dueño de La Metralla, situada en las Mercedes esquina Santomé, que me envolviera en doble bolsa las botellas, para así ocultarlas de las miradas penetrantes de los dos espías que se encontraban desde hacía un año vigilando la puerta de nuestra casa.

El 31 de mayo de 1961, papá nos pidió levantar los vasos y brindó por la libertad. Para él, habían finalizado los años de angustia que se iniciaron desde el mismo 1930 cuando siendo secretario en el Tribunal de Tierras se negó a firmar un documento de adhesión a Trujillo. A partir de entonces se le condenó varias veces a prisión, se le destituyó como Notario Público, se le torturó en La Cuarenta, pero como lo dijo hace cincuenta años, no pudieron con su dignidad de hombre probo y justo. A pesar de las presiones nunca se inscribió en el Partido Dominicano, jamás le aceptó un cargo público al régimen y de su pluma o de su verbo nunca surgió un escrito o unas palabras laudatorias al Tirano.

Brindemos hoy por la libertad y eduquemos a las nuevas generaciones para que defiendan la democracia y que nunca más la noche tenebrosa de la tiranía pueda enseñorearse en nuestra Patria.

Acto inaugural del Patio Español en honor del Lic. Alburquerque Zayas-Bazán

Masones rinden homenaje póstumo a don Rafael Alburquerque Zayas-Bazán

El vicepresidente de la República, doctor Rafael Alburquerque, encabezó un homenaje que ofreció la Logia Benemérita y Respetable Cuna de América No. 2 a su padre, el licenciado Rafael Alburquerque Zayas-Bazán (Don Chichí). El acto forma parte de la celebración del 151 aniversario de la fundación de la Logia y se llevó a cabo en su local de la Zona Colonial de Santo Domingo.

El Vicepresidente agradeció al presidente de la Logia, el Venerable Maestro Rafael A. Santana Viñas, la distinción conferida a su padre, y destacó el gran apoyo que su familia recibió de sus hermanos de la Logia, de la que su padre fuera Gran Maestro, diciendo:

Estos muros sirvieron para organizar la lucha contra Trujillo. Los masones guardaban en secreto las críticas y luchas libertarias que se gestaron desde aquí, en este convento Mercedario, que desde la fundación de esta Logia la albergan. Mi padre fue un hombre que vivió apegado a los principios masónicos, de un espíritu de libertad, evolución, pro­greso, emancipación, tolerancia y paz, los cuales siempre destacó y promovió.

Relató el Vicepresidente que cuando la tiranía se ensañó contra su padre, despojándolo de su exequátur para ejercer su profesión de abogado y luego lo enjuició y apresó por 6 meses en la Torre del Homenaje, condenándolo después a 30 años de trabajo público bajo la acusación de enemigo del régimen, los masones se encargaron de sustentar económica y moralmente a su familia.

Cándido Rafael Guzmán, juez del Consejo Judicial de la Masonería, leyó la semblanza del licenciado Alburquerque Zayas-Bazán, en tanto que el Venerable Maestro Rafael Santana pronunció las palabras de bienvenida del acto, al tiempo que desveló la tarja que nombra al patio español de la Logia con el nombre de Don Rafael Alburquerque.

La Logia fue fundada el 9 de enero de 1859, a solo 15 años de la Independencia Nacional, y es una de las instituciones cívicas más ejemplares de la historia dominicana. Entre sus miembros notables estuvieron Américo Lugo y Federico Henríquez y Carvajal.