A las madres dominicanas

Las madres son capaces de cosas que nadie más puede hacer. Y es que tienen una reserva de fuerza para avanzar, para resistir a diario; tantas de ellas, en nuestro país, madre y padre a la vez.

Se levantan antes que el sol y son incapaces de dormir hasta que sus hijos están de vuelta en casa y han cenado, no importa si el hijo ya es un hombre y no importa la hora. Dejan de comer para que sus hijos coman, dejan de comprarse ropa para vestirlos a ellos; cumplen, como si nada, jornadas de hasta 16 horas todos los días y cuando un hijo se enferma, las horas se vuelven 24, 48 o las que hagan falta.

Nunca he conocido a una madre arrepentida de haber sido madre. Muchos piensan que serlo es un sacrificio. No lo es para ellas. A menudo se consideran bien pagadas con una sonrisa, un abrazo, un beso. El amor por sus hijos es la fuente donde se alimenta la fuerza que probablemente sea la más grande del universo.

Muchas felicidades a todas las madres dominicanas en su día. Sin ustedes no habría hombres y mujeres dispuestos y capaces hacer que nuestro país avance. Sin ustedes no habría Patria.

El último mandamiento

De acuerdo al Evangelio de San Juan, en la noche del jueves Jesús les dijo a sus Apóstoles que debían amarse entre sí como Él los había amado y que a partir ese solo hecho el mundo podría reconocerlos como sus discípulos.

Existen innumerables discusiones sobre la validez, la exactitud y la credibilidad de los datos que a través de los siglos han llegado a nosotros en los Evangelios. Las fechas, las palabras y los hechos se cuestionan, se revisan y se vuelven a cuestionar. Podemos elegir –tenemos libre albedrío– entre tener fe o no tenerla, y también entre mirar la Verdad a la cara o mantenernos ciegos ante ella. Es nuestra prerrogativa como miembros de la especie humana. Y la ejercemos a diario.

En mi caso, estas palabras tienen una carga de Verdad que resiste cualquier intento de minimizarlas. Porque para quienes la fe no basta, la historia está ahí para mostrarles cómo, a través de milenios, el odio tarde o temprano ha conducido a hombres y a civilizaciones enteras al fracaso, a la desaparición, a la muerte y cómo, por el contrario, el amor al prójimo ha estado detrás de todo avance en la humanidad.

Tiranos y criminales han actuado y actúan impulsados por el odio a sus semejantes. Los Hitler del mundo, los Jack-el-Destripador, los Trujillo y aún los sicarios de poca monta que pululan nuestros días obedecen solamente a un impulso destructivo hacia los demás. Son incapaces de construir o de mejorar nada para alguien diferente a sí mismos, terminan sus días de la misma forma en que los vivieron y únicamente el desprecio de todos les sobrevive. De un modo opuesto, los grandes hombres y mujeres que con su esfuerzo y sus luchas, a menudo tan calladas que han pasado desapercibidas, han contribuido a que nuestra especie pueda llamarse cada día un poco más Humana, han respondido siempre al llamado del amor hacia los demás. Los Duarte, las Mme. Curie, las Salomé Ureña, los Ghandi, los Mandela del mundo son a quienes debemos gran parte de lo que entre nosotros puede hoy llamarse civilización.

El Hijo de Dios pronunció esas palabras –según Juan, El Evangelista– durante la Última Cena, a modo de legado y despedida de quienes le eran más cercanos y queridos. No era un mandamiento estrictamente nuevo. El “Ama a tu prójimo” estaba implícito en la Tablas de Moisés. Sin embargo, en ese contexto –sabiendo Jesús de antemano lo que se avecinaba a partir de aquella noche, sabiendo que sus discípulos ya no le tendrían más entre ellos– juzgó necesario ser muy explícito. Y de todas las cosas que pudo haberles dicho o aconsejado en un momento como ese, escogió el mandamiento del amor.

En tiempos como los que vivimos en nuestro país y los que sobrevendrán luego de esta Semana Mayor, esta es una lección que necesitamos llevar a la práctica. Muy pocas personas carecen de oponentes e incluso de enemigos, el propio Jesús no fue la excepción. No obstante, aunque a veces es preciso actuar en favor de la justicia, nunca es necesario también odiar.

El amor hacia nuestros semejantes, el último mandamiento de Jesús, es la única luz que puede guiar nuestras decisiones y nuestro accionar, incluso a través de la más oscura y larga de las noches. Y como la pintura del maestro Da Vinci, no importa cuan deteriorada o desdibujada pueda estar por el paso del tiempo y de las guerras, siempre se puede restaurar.

Mensaje de Semana Santa

En los países de predominio cristiano, como es el nuestro, conmemoramos cada año la Semana Santa, para recordar la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Época tradicional de recogimiento, de fieles que asisten a las procesiones, de hombres y mujeres que asisten a los templos.

Cierto que los tiempos han cambiado y hoy muchos aprovechan el asueto a partir del mediodía del Jueves Santo para retirarse a las playas y montañas, a compartir con sus familias y a reposar del afán diario de la vida. Pero, se asista o no al culto, en esta Semana Mayor late en el corazón de nuestro pueblo un sentimiento de recordación y tristeza por aquellos trágicos sucesos que acaecieron hace ya más de dos mil años en Jerusalén.

Tiempo, por tanto, de reflexión ante el sacrificio que significó la muerte en cruz de Jesús, de una muerte ocasionada por su prédica y su lucha, siempre reclamando la justicia, en todo momento identificándose con los pobres y humildes de su pueblo, manifestando su solidaridad con los enfermos y los perseguidos, enseñándonos la necesidad del amor y del perdón.

En estos momentos de crisis mundial energética y alimentaria, hagamos un alto en esta Semana Santa para pensar en nuestro pueblo y preguntarnos qué podemos hacer, cada quien ante sus responsabilidades, para proporcionarle un futuro mejor, de justicia social, de inclusión, de equidad, de solidaridad.