Hasta siempre, Comandante

HChavez

Hugo Chávez Frías fue un amigo solidario de nuestro pueblo; no sólo porque nos asistió con Petrocaribe, facilitándonos sortear las graves dificultadas del alto precio del petróleo, sino por su cooperación desinteresada en las más diversas circunstancias, como aconteció, por ejemplo, a raíz de los fuegos forestales en la Cordillera Central.

El comandante Chávez fue un paradigma en la lucha por la dignidad y en el combate a la pobreza; gracias a sus programas sociales recibió el continuo respaldo del pueblo venezolano y en toda América Latina se le apreció como un combatiente por la integración de nuestros países, de la Patria Grande, como él solía referirse a nuestro subcontinente.

En cada una de las cumbres y reuniones de alto nivel en que tuve la oportunidad de encontrarlo, como en sus varias visitas a la República Dominicana, siempre me habló con orgullo del profesor Juan Bosch y del coronel Francisco A. Caamaño; sus simpatías por nuestro pueblo eran inocultables y a cada instante se refería al cariño por la tierra que lo recibió en sus años mozos.

Las manifestaciones de duelo que se han expresado en toda América Latina prueban su sólido liderazgo y el fervor que con su acción por la justicia social despertó en todos nuestros pueblos.

Nos unimos al dolor que hoy embarga al pueblo venezolano, a la familia del presidente Chávez y le extendemos nuestras más sentidas condolencias.

Hasta siempre, Comandante. “Gloria al bravo pueblo…”

Rafael Alburquerque
Santo Domingo, 6 de marzo de 2013

Abril de 1965, un relato 47 años después (I)

Este relato, en dos partes, es la recontrucción de algunas de las vivencias de uno de tantos dominicanos que vivió esos meses siendo un niño. (La segunda parte está en este enlace.) Se publica aquí como una forma de conmemorar y rendir tributo a los forjadores de Abril, esos héroes reconocidos y desconocidos que una, vez más, rescataron a la Patria y a su honor amenazado.


Desde niño, los amigos del barrio me llaman Calín. Nosotros vivíamos en la cuestecita de la Calle Duarte, en la parte de la ciudad que se transformó en la Zona Constitucionalista, para abril del 65 yo tenía once años. No podría decirse que “viví” la guerra, porque era un niño, pero en realidad sí la viví, de muchas maneras. Algunas historias de esa época las conozco de primera mano y las demás, porque las compartíamos y las repasábamos una y otra vez, cuando nos juntábamos con los muchachos en la cancha una tarde cualquiera de sábado.

De Caamaño he leído y escuchado tanto que es como si fuera familia, uno de esos dominicanos ausentes cuyo regreso esperamos ansiosos, con la brisa, cada diciembre. Pero la verdad es que lo vi una sola vez.

Yo estaba sentado en los escalones de la entrada de casa y de pronto escuché el alboroto de los muchachos en las casas vecinas — ¡Ahí va Caamaño, ahí va Caamaño…!, era el coro que anunciaba su paso a toda la cuadra, ventana tras ventana.

Me paré de un brinco y me puse en posición de firme. Él iba acompañado de unos seis o siete hombres en los que nadie reparaba. Todas las miradas eran para Francis, como le llamaba tío Miguel, que había sido su compañero de estudios en la Academia de la Marina. Por él, por mi padre y por las historias que circulaban en esos días, yo sabía muy bien quién era Caamaño y lo que estaba haciendo. Y aunque después supe que era de estatura normal, a mí el hombre me pareció un gigante. Se veía muy diferente a las fotos que se dan a conocer en estos tiempos: en ese momento no era una imagen plana, en blanco y negro ni en sepia, era un hombre lleno de vida, determinación y movimiento. Era fuerte, sí, bastante fuerte. Llevaba la cabeza descubierta, su uniforme caqui y la camiseta blanca asomando por el cuello abierto de la camisa. Andaba de prisa y sus botas pisaban duro; sus pasos se escuchaban sobre el empedrado hasta cuando iba a más de media cuadra, calle abajo. Eso fue en la mañanita de un día de principios de mayo, una semana después de que ocurriera lo de la Embajada y del Puente Duarte.

Según lo que sé, la verdad de lo que pasó en la Embajada es muy parecida a lo que cuenta Germán Ureña, el hombre rana que acababa de ser designado como su escolta. Caamaño fue a ver al embajador para lograr que convenciera a San Isidro de un alto al fuego. Necesitaba reorganizar a la población que vivía en la Zona Constitucionalista, de manera que no continuaran las bajas civiles en los bombardeos. Porque era por completo imposible impedir que los jóvenes, mujeres, viejos y hasta niños, nos integráramos a las tareas grandes y pequeñas para apoyar a estos soldados que luchaban primero por el regreso a la Constitución y luego, por el puro y simple honor amenazado de la Patria.

Como cuando supimos que había que colocar espejos. Con otros dos muchachos de la Duarte, entramos como una tromba en el aposento de mi abuela y sin preguntar, bajamos el espejo de cuerpo entero de la puerta del armario y lo partimos en dos pedazos. No nos importó el sangrero de Tato, que cogió uno de los pedazos por donde no era, ni los gritos de las mujeres que estaban en la casa, ni el peligro de encaramarnos por los techos de zinc ante un bombardeo inminente. Con la ayuda del sol, estas armas recién fabricadas enceguecerían a los pilotos, impidiéndoles bombardear la zona; y –quién sabe– con un poco de suerte hasta podrían hacerles perder el control y causar que algunos aviones se estrellaran; comentábamos, animadísimos, luego de bajar del techo con nuestra misión cumplida a cabalidad. Mi abuela, entre orgullosa y resignada, nos escuchaba y asentía, mientras le vendaba la mano a Tato.

El 27 de abril, casi toda la población civil estaba todavía desarmada. No así los militares bajo el mando de Caamaño. Y, a pesar de lo que muchos afirman, armados llegaron y armados entraron a la Embajada. Como relata Ureña –el hombre rana– pese al intento de los guardias de la entrada, ninguno de ellos se dejó desarmar; esto nos lo contó Nélsido, quien lo oyó de boca del propio Montes Arache. Caamaño entró con su pistola, igual que hicieron Claudio Caamaño y Ureña. Montes Arache entró con su fusil.

La estupidez y la prepotencia del embajador Bennett, quien para su propia vergüenza no tenía la menor idea de a quiénes tenía enfrente, indignó a Caamaño. Así, luego de un puñetazo en la mesa y una palabrota disparada con puntería perfecta al diplomático, se fue de allí sabiendo exactamente lo que tenía que hacer.

Veinticuatro horas más tarde –después de la victoria en el Puente Duarte; después de la retirada de las tropas del CEFA; después de la captura de los tanques, uno de los cuales se usaría para abrir un boquete en la Fortaleza Ozama– el embajador ya se había enterado de la estatura del Coronel y sus hombres. Y al día siguiente, luego de la toma de la Fortaleza, de la distribución de todo su arsenal entre los civiles y de ser informado de que el próximo objetivo era la misma base del CEFA en San Isidro, al embajador ya no le quedó el menor asomo de duda y así se lo hizo saber a su jefe. Entonces, Lyndon Johnson ordenó la invasión.

La noche de ese 29 de abril se escuchaban por la mayor parte de las calles de Santo Domingo las botas de 42 mil marines pisoteando nuestra soberanía.