Seguridad social: la hora del llanto y crujir de dientes

El pasado 24 de julio marcharon unos 700 mil chilenos  y el 10 de agosto, hace apenas dos semanas, 1 millón 300 mil más salieron a las calles con pancartas y cartelones escritos con una sola consigna: ¡No+AFP! Esto es: No Más Administradoras de Fondos de Pensiones. Gigantescas manifestaciones simultáneas en las calles de las principales ciudades de Chile le dijeron a su Gobierno que pusiera fin al régimen de las AFP.

¿Por qué se repudiaban las AFP? Hombres y mujeres que pasaron toda una vida trabajando y dependiendo de su salario para vivir y sostener a sus familias; que con esfuerzos y sacrificios levantaron a sus hijos, que esperaban al final de sus carreras técnicas y profesionales una vida digna y sosegada, retirados en la paz del hogar, resueltas las necesidades más perentorias que impone la ancianidad; de súbito se enteraron que las AFP les otorgaban unas pensiones que ni siquiera les proporcionaban un mínimo para mal vivir. Terminada su vida útil a los sesenta o sesenta y cinco años, ni siquiera recibían un cuarenta por ciento del salario que devengaban al momento de optar por la jubilación. Continuar leyendo

Nunca más un Pinochet

1973 fue el año de la llegada del coronel Francisco Alberto Caamaño y sus compañeros de lucha y su arribo al país había obligado a los miembros de la Comisión Permanente del PRD a sumergirse en la clandestinidad durante varios meses.

Hacía pocas semanas que habíamos retornado a la vida normal y el 11 de septiembre de 1973 nos reuníamos en casa de Milagros Ortiz Bosch, en su apartamento de la avenida Independencia, los miembros que integrábamos esa denominada Comisión Permanente: Juan Bosch, quien la encabeza; Antonio Abreu Flores (Tonito), José Joaquín Bidó Medina y Rafael Antonio Luna.

Serían las primeras horas de la tarde cuando Milagros irrumpió en la habitación que nos servía de alojamiento para decirnos que se había producido un golpe de estado en Chile. Para esa época las comunicaciones no eran tan fluidas y rápidas como las de ahora y el profesor Bosch le pidió a su sobrina que estuviera pendiente de nuevas informaciones y que de ser posible indagara con las salas de redacción de los periódicos. No bien habían transcurrido diez o quince minutos cuando Milagros hizo nueva irrupción para decirnos que se acababa de dar la noticia de que Salvador Allende se había suicidado.

—¡Co…., no puede ser! —exclamó con tono enérgico Juan Bosch, mientras se levantaba de su asiento—. Chicho no puede haberse suicidado, —añadió, mientras su rostro enrojecía y se le veía descompuesto. Fue la reacción típica del líder político, que buscaba él mismo insuflarse ánimo y no admitir la cruda realidad del derrocamiento del líder socialista; pero la fraternal amistad que lo unía a Salvador Allende lo traicionaba, y al mismo tiempo que daba pasos cortos por la habitación, todos observamos estupefactos como dos gruesas lágrimas rodaban por las mejillas de ese hombre que siempre había sido capaz de enfrentar con firmeza y altivez las más penosas y adversas circunstancias.

Hoy, al cumplirse cuarenta años de aquel oprobioso acontecimiento, que llenó de luto, llanto y dolor al pueblo hermano de Chile, es necesario recordarlo, para que jamás se olvide que la democracia debe respetarse, que la voluntad del pueblo debe ser obedecida, que la fuerza bruta de las bayonetas no debe nunca más imponerse.

Chile no ha olvidado. Los torturados, los desaparecidos, los muertos están ahí, presentes, como ludibrio y vergüenza para quienes perpetraron tal afrenta; pero, al mismo tiempo, como ejemplo de un pueblo digno y valeroso que supo defender sus valores y que jamás se doblegó ante la bota del tirano.

Fui a Chile durante la presidencia de Michel Bachelet a representar a nuestro país en calidad de Vicepresidente ante una de las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica y en esa ocasión tuve la oportunidad, acompañado de las autoridades chilenas, del entonces embajador dominicano en ese país, don César Medina y del compañero Ramón Andrés Blanco Fernández, de visitar en el cementerio municipal de Santiago el monumento en donde se registran los nombres, en tumbas y cenotafios, de miles y miles de caídos bajo la sangrienta dictadura. Allí estaba un dominicano, un hijo de Ramón Andrés, un luchador solidario que había pagado con su vida su fe y ardor por la democracia.

Fue un momento que nunca olvidaré. Ramón Andrés Blanco Fernández, quien estuvo preso y torturado en la ergástula de la Cuarenta bajo la dictadura de Trujillo, con el pecho erguido y en atención militar rindió honores al hijo que había perdido en una tierra que había sido generosa con el exilio dominicano y solidaria con quienes habían luchado por la libertad de nuestra Patria.

Chile conmemora hoy los cuarenta años de la barbarie desatada por el déspota, reclamando justicia y sanción para los culpables de torturas y asesinatos; encausada por aires nuevos que le han permitido crecer y desarrollarse económicamente y esperando, que una de sus hijas, luchadora de la libertad y la democracia, vuelva muy pronto a marchar por las anchas alamedas, terciada sobre su pecho la banda presidencial.

Santo Domingo, 11 de septiembre de 2013.

A veces, la historia se repite

Pablo Longueira, candidato del gobierno a las elecciones presidenciales de Chile renunció a su nominación por encontrarse sumido en una profunda depresión, según explicaron sus familiares más cercanos. La noticia dejó estupefactos a sus seguidores y fueron muchos en el país y en toda América Latina que se mostraron sorprendidos por tan imprevisto acontecimiento.

Sin embargo, lo sucedido a Longueira no es caso único. En 1945 a Diógenes Escalante le sucedió lo mismo.

¿Quién es Diógenes Escalante? En un libro que acabo de leer se cuenta su historia en forma novelada. De la pluma de Francisco Suniaga se nos dice que el personaje había sido Embajador del dictador venezolano José Vicente Gómez desde el año 1922 y a la muerte del “Benemérito” regresó a Venezuela, siendo designado ministro de lo Interior en el gobierno del general Eleazar López Contreras. En 1936 pasó a desempeñar las funciones de Secretario de la Presidencia y, posteriormente, designado embajador en Washington.

Estando en este último puesto lo visitó Julio Medina, hermano del presidente Isaías Medina Angarita con la finalidad de proponerle que fuera candidato de consenso a la presidencia de Venezuela. Por su Embajada, en la capital norteamericana, desfilaron prominentes hombres públicos de su país, incluyendo a Rómulo Bentancourt y Raúl Leoni, muchos años más tarde presidentes, quienes en nombre de Acción Democrática le pidieron aceptar la candidatura, aunque con la advertencia de que no lo acompañarían en su gestión.

Toda Venezuela se unió en torno a la figura del Embajador con un solo propósito: cerrarle el paso a las ambiciones de López Contreras, muy vinculado a la tiranía de Gómez, quien había decidido presentarse como candidato en sus deseos de retornar al Palacio de Miraflores.

Para 1945, el doctor Diógenes Escalante era un hombre que se acercaba a los setenta años de edad y pensaba en el retiro, luego de una extensa y exitosa carrera diplomática. Caviló intensamente en aceptar o no la candidatura que se le proponía, y la tensión nerviosa lo llevó al insomnio y a días muy duros en el ámbito familiar. No obstante, como narra Suniaga, y pone en boca de Escalante:

desde el mismo instante en que recibí el recado del presidente Medina, sin que me percatara, comenzaron a soltarse en mi mente los demonios de esa ambición tan largamente contenida. Cometí el dislate de ilusionarme con la creencia de que era posible tomarme una revancha ante el destino y cerrar mi carrera pública de la manera que soñé, siendo presidente de Venezuela”.

Finalmente, a finales de mayo tomó la decisión y a principios de agosto retornó a su país.

Apenas un mes después Escalante se veía precisado en abandonar la carrera. La presión le resultó intolerable: las visitas continuas de compatriotas que le solicitaban la solución de un problema; las cartas que debían ser respondidas; las audiencias con las autoridades; el contacto con la calle en una campaña contra reloj; los preparativos para elaborar una agenda y un plan de gobierno. El día a día lo desbordó: la duda de si había hecho lo correcto en aceptar comenzaron a invadir su espíritu; se preguntaba si tanto tiempo fuera del país le habían hecho perder la capacidad de comprender a Venezuela; y las tensiones a las que se encontraba sometido le hicieron perder el sentido común.

El 3 de septiembre de 1945 Escalante entró en crisis. Ya no pudo más. La realidad fue imposible de continuar ocultándose; tuvo que renunciar a la candidatura y como dice el autor de la obra, a partir de ese momento se torció el devenir de la historia de Venezuela.

Escalante había conocido en sus años de Embajador a Harry S. Truman, quien siendo ya presidente le envió su avión para sacarlo de Venezuela, de ahí el nombre de la novela “El pasajero de Truman”.

Excelente historia novelada que nos muestra que ya antes, en el pasado siglo, un candidato con sus nervios destruidos por la intensidad del accionar político tuvo que abandonar la carrera presidencial. La historia se repite con Pablo Longueira, que víctima de una fuerte depresión, según su hijo, abandona en Chile la candidatura presidencial que había ganado hacía apenas seis semanas en comicios internos.

Once de septiembre

Hoy recordamos dos hechos oscuros en la historia de nuestro Continente.

El más reciente fue el atentado terrorista contra el World Trade Center, hace 10 años, en el que murieron tres 3000, civiles y desarmadas. 47 eran dominicanos, al menos tres de ellos perecieron intentando salvar otras vidas. Este hecho de barbarie fue, entre muchas otras cosas, un intento de colapsar cosas mucho más altas que las Torres Gemelas, como la Paz, la confianza en el prójimo y los derechos humanos. El terror generalizado crea las condiciones perfectas para que los valores que sostienen un Estado de derecho se lesionen hasta el punto de desaparecer.

El “otro” 11 de septiembre ocurrió en 1973, en Chile. Allí, aquellos a quienes el presidente Allende en sus últimas palabras llamara “generales rastreros”, rompieron una tradición de un siglo y medio de democracia. Con la muerte de Salvador Allende, primer gobernante socialista de la historia en ser elevado constitucionalmente a la primera magistratura de un Estado a través de una elección democrática, el terror se hizo cargo de la sociedad durante diecisiete largos años. A diferencia del atentado en Nueva York –como ocurrió en nuestro país con Trujillo, como ocurre con todas las dictaduras– el terror fue institucionalizado. La barbarie tomó el nombre de régimen militar, mientras el Estado de derecho, la libertad, la Justicia y los derechos humanos se convertían en sueños imposibles para millones de chilenos, tanto en la Patria como en el exilio.

Se podría discutir en determinados ámbitos si el gobierno de Salvador Allende fue bueno o no. Podría discutirse a quién benefició, podrían discutirse su orientación política, sus aciertos y sus desaciertos. Lo que está fuera de toda posible discusión es que fue un gobierno constitucional, elegido voto a voto por su pueblo.

El poder otorgado por los pueblos es sagrado. Y más temprano que tarde, como afirmara el propio presidente Allende, se abren las grandes alamedas por donde caminan los hombres y mujeres libres, en cualquier patria, para construir una sociedad mejor. El terror, la traición, la vileza, e incluso la muerte, son transitorias. La Libertad, la Verdad, la Dignidad, la Justicia y el Ejemplo, prevalecen.