El crisol que fraguó la figura histórica del Maestro: 50 años

Hoy se cumplen cincuenta años de un acontecimiento histórico ominoso: el derrocamiento del gobierno del profesor Juan Bosch. Electo en las primeras elecciones democráticas que se realizaron en el país luego de treinta y un años de tiranía, el 20 de diciembre de 1962, tomó juramento como presidente de la República el 27 de febrero del año siguiente y apenas siete meses después un golpe militar lo enviaba al exilio.

Se podrán discutir las causas que condujeron a los poderes fácticos a desconocer la voluntad popular, que se expresó en las urnas respaldando al Maestro con un 57% de los votos válidos; pero, la unanimidad impera cuando se estudian las decisiones adoptadas y el accionar de ese mandato popular.

Respetó a cabalidad las libertades públicas y se negó obstinadamente, en los momentos más neurálgicos de la guerra fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, a perseguir a un dominicano por sus ideas políticas. Tuvo la valentía de resistir las fuertes presiones, internas y externas, para que se declarara ilegal y se persiguiera al comunismo, exigencia que siempre rechazó señalando que la democracia debía ser tolerante con el pensamiento y creencias de los ciudadanos.

Con su política económica logró mantener la estabilidad e impulsó el desarrollo del país; aprobó la denominada ley del precio tope del azúcar, gracias a la cual limitaba las ganancias excesivas de la industria azucarera; promulgó la llamada ley de plusvalía, por la cual se dispuso el pago de un impuesto al valor adquirido por un inmueble como resultado de obras ejecutadas por la administración pública; y puso en vigencia una Constitución que se consideró, y aun hoy se la estima como tal, una de las más progresistas de América Latina.

Fue un verdadero educador y un comprometido en la lucha incesante contra los males sociales de su pueblo. Creyó en la educación y envió a miles y miles de jóvenes a estudiar en el extranjero; promovió las escuelas técnicas vocacionales y al momento de su derrocamiento se encontraban en las aduanas las maquinarias que se utilizarían en estos centros educativos; inició la reforma agraria en solidaridad con los campesinos sin tierra; llevó a cabo una intensa campaña de alfabetización y pidió transformar los locales de su partido en aulas en donde se instruyera a los analfabetos; se embarcó con entusiasmo en la aplicación de una política sanitaria y ya para septiembre habían llegado al país las tuberías para un nuevo acueducto de la ciudad de Santo Domingo.

Predicó continuamente los valores de la libertad y la democracia, de la soberanía y de la dignidad: su voz se escuchaba con respeto por medio de la radio y la televisión, a la cual acudía frecuentemente para enseñarle a su pueblo el significado de esos atributos. Fue un maestro en la presidencia. Una noche se le oyó decir:

Los pueblos dignos como los hombres de estatura moral buscan dar, no recibir, buscan ayudar, no pedir ayuda”.

Como Presidente y Maestro fue honrado a carta cabal, hasta el extremo de que el Libro Blanco que publicaron las Fuerzas Armadas a raíz de la asonada, sólo pudo decir de su persona, como si se tratara de un acto de deshonestidad, que debía la nevera que había comprado para su casa. Honesto hasta someter a la justicia a su más cercano colaborador, pues como lo explicó a su pueblo,

el Presidente de la República no tiene amigos ni enemigos, ‘arientes’ ni parientes. Todos los dominicanos son dominicanos. La ley protege a todos los dominicanos, pero la ley también le cae encima a todo dominicano que la viole”.

Fue humilde en el ejercicio de su mandato y le pidió al país que le llamaran ciudadano Presidente o señor Presidente y que a su señora esposa a nadie se le ocurriera llamarla Primera Dama, si acaso señora del Presidente. Excelente, dijo, es la comida o el perfume, pues no hay hombres excelentes, y menos por sus funciones.

Juan Bosch cayó una madrugada del 25 de septiembre de 1963. Horas antes había recibido una ovación de su pueblo al llegar al estadio Quisqueya a presenciar un espectáculo cultural. Pero, los poderes fácticos, nacionales y extranjeros no pudieron tolerar a un hombre que consagró su presidencia al servicio de su pueblo. Con su acción creyeron destruirlo, desconocerlo, humillarlo, pero cincuenta años después Juan Bosch sigue gobernando en el corazón de su pueblo, que lo recuerda diariamente como el gobernante que “ni mató ni robó”, y como el paradigma de la dignidad y la honestidad.

Como dijo aquel cura de Los Andes de Bolívar, “tu gloria crecerá, como crecen las sombras cuando el sol declina”. Aun muerto, Juan Bosch vive. El golpe de septiembre de 1963 fue ludibrio para sus autores; en cambio, para su víctima, fue crisol en donde fraguó la figura histórica del Maestro.

Loor eterno al profesor Juan Bosch.

Prendas de don Rafael Alburquerque Zayas-Bazán en el Museo de la Resistencia

Como homenaje a quienes entregaron sus vidas para establecer en nuestro país un estado de derecho, el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana –MMRD dedicó su “Pieza del Mes” a don Rafael Alburquerque Zayas-Bazán (1908-204). Dos de sus prendas personales: una medalla al Mérito, otorgada por el Ayuntamiento del Distrito Nacional, y un anillo del Movimiento 14 de Junio; estarán en exhibición hasta el 25 de septiembre en el área de recepción del museo.

En la apertura de la ceremonia, doña Luisa de Peña, directora del MMRD, explicó a los asistentes la importancia de “la Pieza del Mes”, como herramienta para dar a conocer a la sociedad un poco más de las vidas de estos héroes que tejieron con sus acciones la historia democrática de la República Dominicana. A seguidas, esbozó una breve reseña biográfica de don Rafael Alburquerque Zayas-Bazán, don Chichí para sus amigos.

A continuación, Sor Emma Alburquerque, hija de don Chichí, compartió con los presentes algunas memorias sobre su padre, tan personales como emotivas, y luego cedió la palabra a su hermano, el doctor Rafael Alburquerque de Castro. El exvicepresidente de la República, luego de agradecer al museo por la distinción a su familia, hilvanó varias anécdotas que vivió junto a don Chichí, presentando a los asistentes a la ceremonia un retrato como sólo la cercanía y la calidez de un hijo que comparte los ideales paternos puede delinear.

Don Rafael Alburquerque Zayas-Bazán fue uno de los tantos profesionales perseguidos y torturados por oponerse al régimen trujillista. Su férrea oposición a la dictadura le costó varias veces la cárcel, pero esto nunca lo hizo retroceder en su lucha en favor del pueblo dominicano.

Como abogado, rechazó todos los puestos en el Estado que el déspota le ofrecía a través de distintos emisarios, a fin de que desistiera de su lucha contra el régimen. Don Chichí, a pesar de no tener empleo (Trujillo también se había encargado de eso, despojándolo de su exequátur) y de necesitar mantener a su familia, nunca se doblegó en su negativa a formar parte de la sangrienta dictadura. En 1952 fue condenado a seis meses de prisión por “ofensas” al jefe del Estado, cumpliendo su condena en la Fortaleza Ozama. En 1960, como miembro del Movimiento 14 de Junio, fue detenido y posteriormente condenado a 30 años de trabajo forzoso. Fue llevado a La 40, donde fue torturado y luego trasladado a la cárcel La Victoria. Allí permaneció hasta marzo de ese año cuando en un juicio fue descargado junto a 10 de sus compañeros.

Nunca se le oyó pronunciar una sola palabra de alabanza u homenaje al Tirano; no colgó jamás en su hogar la denigrante tablilla que rezaba “En esta casa, Trujillo es el jefe” y se negó siempre a visitar los locales del Partido Dominicano. Estas actitudes, que podrían sonar nimias en un estado de derecho como en el que hoy vivimos los dominicanos, se consideraban signos de rebelión extrema durante la tiranía; suficientes para costarle persecución, hostigamiento y cárcel a quienes osaban así ser consecuentes con sus principios. Don Chichí participó activamente, además, en los movimientos que estallaron en 1946 en repudio y condena a la dictadura.

Como dijera el historiador Roberto Cassá, Rafael Alburquerque Zayas-Bazán

debe ser, ante todo, ponderado como un ciudadano íntegro, que asumió todas las penalidades y todos los riesgos que entrañaba una oposición inconmovible a la tiranía trujillista.”

Don Chichí mantuvo su rebeldía hasta el día del ajusticiamiento del sátrapa, tras lo cual le escucharon exclamar:

¡Valió la pena el sacrificio: la República Dominicana conocerá ahora la libertad!.

A la ceremonia, además de los hijos de don Chichí, Sor Emma y Rafael, les acompañaron doña Martha Montes de Oca de Alburquerque, junto a sus hijas, yernos y nietos; el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Mariano Germán; el historiador Juan Daniel Balcácer, el Gerente General del Consejo Nacional de Seguridad Social José Rafael Pérez Modesto, así como otras personalidades, miembros del museo y amigos de la familia Alburquerque.

Hasta siempre, Comandante

HChavez

Hugo Chávez Frías fue un amigo solidario de nuestro pueblo; no sólo porque nos asistió con Petrocaribe, facilitándonos sortear las graves dificultadas del alto precio del petróleo, sino por su cooperación desinteresada en las más diversas circunstancias, como aconteció, por ejemplo, a raíz de los fuegos forestales en la Cordillera Central.

El comandante Chávez fue un paradigma en la lucha por la dignidad y en el combate a la pobreza; gracias a sus programas sociales recibió el continuo respaldo del pueblo venezolano y en toda América Latina se le apreció como un combatiente por la integración de nuestros países, de la Patria Grande, como él solía referirse a nuestro subcontinente.

En cada una de las cumbres y reuniones de alto nivel en que tuve la oportunidad de encontrarlo, como en sus varias visitas a la República Dominicana, siempre me habló con orgullo del profesor Juan Bosch y del coronel Francisco A. Caamaño; sus simpatías por nuestro pueblo eran inocultables y a cada instante se refería al cariño por la tierra que lo recibió en sus años mozos.

Las manifestaciones de duelo que se han expresado en toda América Latina prueban su sólido liderazgo y el fervor que con su acción por la justicia social despertó en todos nuestros pueblos.

Nos unimos al dolor que hoy embarga al pueblo venezolano, a la familia del presidente Chávez y le extendemos nuestras más sentidas condolencias.

Hasta siempre, Comandante. “Gloria al bravo pueblo…”

Rafael Alburquerque
Santo Domingo, 6 de marzo de 2013

El bicentenario

Justamente dentro de diez días se cumplirán 200 años del nacimiento del creador de nuestra nacionalidad. Todavía se conserva en la iglesia de Santa Bárbara la pila bautismal en la que un día 4 de febrero de 1813 fue bautizado Juan Pablo Duarte Díez, hijo de Juan José Duarte y de Manuela Díez.

Durante todo el año los hombres y mujeres del país haremos homenaje al humanista, al emprendedor, al organizador; al hombre que con apenas 26 años de edad sembró la simiente de la nacionalidad dominicana. El 16 de julio de 1938, bajo el juramento trinitario, jóvenes contemporáneos de Duarte se organizaron para lograr establecer una nueva nación en el continente; juramento que no sólo fue significativo en su momento sino que todavía hoy tiene vigencia como estandarte moral y patriótico de los dominicanos.

“En el nombre de la Santísima, augustísima e indivisible Trinidad de Dios Omnipotente: juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y e implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana; la cual tendrá su pabellón tricolor en cuartos, encarnados y azules, atravesados con una cruz blanca.

Mientras tanto seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sacramentales: Dios, Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo.

Si tal hago, Dios me proteja: y de no, me lo tome en cuenta, y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición si los vendo”.

Como ocurre con casi todo hombre innovador y de ideas libertarias, en su época fue blanco de burlas y ataques. Más tarde perseguido, desterrado y acusado de traidor.

El edicto promulgado por la Junta Central Gubernativa de entonces expresa claramente la intención de sus detractores cuando “ordena el destierro del territorio a perpetuidad de Duarte y sus compañeros, sin que puedan volver a poner un pie en él, bajo pena de muerte. A cuyo efecto se da poder para que lo ejecute a cualquier autoridad civil o militar”.

A pesar de ello, Duarte no se amilanó. Ya antes, había sido obligado a salir de la isla en el año 1843 debido a la persecución del gobierno haitiano, regresa a los 19 días de haberse proclamado la independencia nacional en 1844 y luego de este su segundo exilio, a pesar de padecer problemas de salud, regresa a la patria el 25 de marzo de 1864 para ponerse al servicio de la restauración de la República.

Juan Pablo Duarte, fundador de la nación, es ejemplo y su nacimiento lo conmemoramos ante el mundo, con orgullo y dignidad.

Abril de 1965, un relato 47 años después (y II)

Este relato, en dos partes, es la recontrucción de algunas de las vivencias de uno de tantos dominicanos que vivió esos meses siendo un niño. (La primera parte está en este enlace.) Se publica aquí como una forma de conmemorar y rendir tributo a los forjadores de Abril, esos héroes reconocidos y desconocidos que una, vez más, rescataron a la Patria y a su honor amenazado.


En el 65 la Escuela Argentina estaba en la calle Juan Isidro Pérez, entre Hostos y Duarte, a dos cuadras de mi casa.

Medrano tenía muchísimos años allí como conserje. Era un hombre humilde, pero firme y con un gran sentido del deber; decían que jamás había faltado a su trabajo, ni un solo día. Era tosco, delgado, de estatura media y muy velludo, siempre daba la impresión de llevar dos días sin afeitarse. A veces andaba en chancletas; otras, con unos zapatos viejos y siempre, con un enorme manojo de llaves. A todos nos parecía un viejo, pero no debe haber tenido más de 35 años. De tanto pasar por el frente de la escuela fuimos entrando en confianza, se fue haciendo amigo de nosotros y nos permitía entrar para usar la cancha por las tardes. Con gran parsimonia abría los candados del portón mientras pronunciaba el consabido discurso sobre el comportamiento que deben tener los jóvenes, a menudo motivado por alguna travesura que había descubierto de nuestra visita anterior.

Cuando en la Escuela Argentina se instalaron los comandos constitucionalistas y comenzó a darse entrenamiento militar en el patio, Medrano fue de los primeros en alistarse. De las armas capturadas en la Fortaleza Ozama había conseguido un casco y un Mauser, no los soltaba ni a sol ni a sombra.

El tiroteo debe haber sido el día 30 o el 1ro de mayo. Yo estaba en el comedor cuando escuché los disparos, dos o tres solamente. Pasaron varios minutos en total silencio y entonces comenzó a acercarse el coro de gritos de alborozo, igual que cuando pasó Caamaño. Corrí a la ventana y me agarré de los barrotes.

— ¡Agarramos al primer yanki… Agarramos al primer yanki…! — anunciaba a su paso un hombre muy alto, muy fuerte y muy velludo, con un casco puesto, los brazos en alto, un Mauser en una mano y un casco de un marine en la otra. Un Medrano desconocido para mí bajaba por la Duarte, solitario, imponente, pisando firme, como pocos días antes hiciera el Coronel de Abril.

Mi padre también se había acercado a la ventana sin que yo me percatara, hasta que sentí su mano en mi hombro.

— Ése, seguro que se extravió y se metió con su jeep en la Zona. Estos yankis ni saben por dónde andan — murmuró con desprecio.

Los invasores no volvieron a intentar entrar hasta seis semanas más tarde. El 14 de junio ya se sabía que venía una ofensiva para tomar la Zona Constitucionalista, pero no se sabía exactamente cuándo.

Esa noche mi mamá había invitado a Güigüí a comer unos espaguettis, su comando quedaba al lado de mi casa. Serían como las ocho cuando llegaron. Eran cuatro, contando a Güigüí; los demás estaban en sus puestos. Llegaron con todas sus armas encima y las colocaron con cuidado sobre la credenza antes de sentarse a la mesa. Mientras comían y hablaban animadamente, yo me tuve que conformar con mirar los fusiles de reojo, sabía que no me dejarían acercarme siquiera. De pronto, un largo silbido interrumpió la conversación, los pensamientos y la respiración de todos, entonces tronaron como cinco explosiones. La mitad de los espaguettis se quedó en los platos. En segundos, los combatientes habían cogido sus armas y cuando vine a darme cuenta ya iban corriendo Duarte arriba. Los morteros cayeron frente a la Escuela Argentina. Ahí murió un amiguito mío, Monchín, y también su mamá, Doña Elvira. Javier, el ebanista, quedó viudo.

Me contaron que el alto mando de la 82da División Aerotransportada había pronosticado una operación de dos horas para tomar la ciudad el 15 de Junio, pero luego de dos días de combates, los marines fueron obligados a retirarse. No pudieron entrar jamás.

Tute Mazara participó en la defensa del noreste de la ciudad, junto a Pichirilo, Güigüí y otros jóvenes en lo que se conoce como el combate de la Casa Zaglul, que estaba en la Juana Saltitopa esquina Mella, en Santa Bárbara. Por ahí venían bajando los norteamericanos. Y estos muchachos fueron los que detuvieron su avance en esa cuadra.

Tute vivía frente a mi casa, era sobrino del inmortal del deporte, don Chichí Mazara. No hablaba ni una palabra de inglés, pero se aprendió de oído la voz de auxilio de los americanos; escondido en un zaguán gritaba — I’m here! Help! I’m here!, para que salieran. Y cuando sacaban la cabeza… ¡tún!, hasta ahí llegaban. Tuvieron que retirarse, porque es que no podían, las calles eran demasiado estrechas y los constitucionalistas, muy aguerridos. Más de dos docenas de yankis —me contó Tute, después— murieron allí. Al día siguiente Tute fue ascendido a sargento.

Unos días más tarde, por el peligro de un segundo intento de tomar la ciudad, mi padre nos llevó al Ensanche Ozama, a la casa de un amigo de la familia, un piloto de la Fuerza Aérea que había desertado. No quiso bombardear la ciudad y se fue con su avión a Puerto Rico. Nos mudamos allí con la familia de mis tíos, era una casa enorme.

En el Parque había un helipuerto de las fuerzas invasoras, nosotros íbamos de vez en cuando a ver los helicópteros aterrizar. Tiempo después vine a saber que uno de los marines, puertoriqueño, se había enamorado de mi prima; que de algún modo mi padre se había enterado de que los americanos querían visitar la casa y que inmediatamente había dicho – Sí, sí, que vengan; que los recibió con gran cordialidad, los invitó a sentarse y comenzó a conversar con ellos muy animadamente y a brindarles cervezas; y que, para mi sorpresa, mi padre era un perfecto espía: que lo que quería era sacarles información a sus “invitados”.

Así que en eso estaban cuando llegamos de jugar y nos encontramos con estos tipos en la sala. Éramos mi hermano y José, de nueve años; Luisito, de doce; y yo, de once. La indignación fue tan grande que de inmediato, sin averigüar, dimos media vuelta y una vez que nos sentimos más o menos a salvo, afuera en la acera, entonamos el Himno Constitucionalista a todo pulmón:

¡A luchar, a luchar, a luchar, a luchar!
¡A luchar, soldados valientes
que empezó la revolución…. !

Como no surtía el más mínimo efecto, cambiamos de táctica y empezamos a corear:

– ¡Yan-ki go home, yan-ki go home! ¡Fuera yankis de Quisqueya! ¡Fuera yankis de Quisqueya! ¡Yan-ki go home…!

Esto sí lo entendieron perfectamente; se pusieron de pie y salieron a vernos, entre curiosos y divertidos –nos contaron luego, porque para cuando los gringos llegaron a la galería, nosotros ya íbamos corriendo a una cuadra de distancia. Esta fue la primera manifestación anti norteamericana durante la invasión; la de unos niños, en la Zona Oriental.

Abril de 1965 fue una guerra. Y como toda guerra, estuvo llena de horror, de sangre, de muerte, injusticias, violencia, abuso y todas aquellas cosas que quisiéramos ver algún día desterradas para siempre de nuestras vidas. Sin embargo, nos dejó a quienes la vivimos, como adultos o niños, un sentido de la dignidad y del honor que jamás se borrará.