Juan Pablo, el patricio

Los sectores conservadores siempre han tratado de ofrecernos una imagen idílica de Duarte; un Padre de la Patria inasible, una cumbre inalcanzable; un ser etéreo que se sitúa más allá del bien y del mal.

El Duarte que esta Patria nuestra hoy debe reivindicar en su bicentenario es la del patriota acendrado, el luchador infatigable, el hombre que jamás vaciló ante el sacrificio, el proscrito que hubo de sobreponerse a las amarguras deparadas por las calumnias y las maledicencias.

Apenas contaba con veinticinco años de edad cuando fundó la Trinitaria; las ideas revolucionarias recibidas durante su estancia en España le hicieron concebir una Patria independiente de toda potencia extranjera, y a diferencia de sus antecesores y muchos de sus contemporáneos, tuvo la fe y la convicción de que en un territorio que no llegaba a contar con cien mil habitantes y sojuzgado por la fuerza inconmensurable que representaba el Haití revolucionario y liberado desde 1804, podía constituir un Estado soberano, sin tutelas extranjeras, que él llamó República Dominicana.

¿Qué fuerzas ocultas le impulsaron en sus propósitos? ¿Cómo entender que un jovenzuelo fuera capaz de desdeñar las voces que clamaban por un protectorado francés ante lo que consideraban la inviabilidad de la República? Y sin embargo, no cejó en el empeño: conspiró, como lo haría cualquier revolucionario decidido a subvertir el orden establecido; convenció con su prédica a amigos de su edad para formar el núcleo que llevaría a cabo la ardua tarea; trazó la estrategia de aliarse con los enemigos de los opresores en busca de alcanzar el objetivo perseguido; hizo las alianzas que juzgó necesarias, aunque fuera a costa de concitar en el empeño a fuerzas retrógradas, con tal de ver en el asta la enseña tricolor.

Sólo su inquebrantable firmeza hizo posible el milagro. Pero, ésta no bastaba; también fue necesaria la labor tesonera de propagar sus ideas, de ganar apoyo para la causa, de trabajar con ahínco en la urdimbre de la trama, de sacrificar el patrimonio familiar con tal de ver nacer la República Dominicana. Y así, el 4 de febrero de 1844, apenas unas semanas antes del 27, escribió a su madre y a sus hermanas para decirles:

El único medio que encuentro para reunirme con Uds. es independizar la patria. Para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que Uds. de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado”.

Independizada la Patria es recibido en el muelle por el Arzobispo, quien lo saluda con la exclamación: “Salve, Padre de la Patria”; pero, no había tiempo para celebraciones sino para integrarse en lo inmediato a las labores que desplegaba la Junta Gubernativa desde el 27 de febrero. Un testigo de la época nos narra este encuentro:

En medio del triunfo más espléndido llega al Palacio de Gobierno. Sabiendo que una palabra sola le bastaba para aniquilar los proyectos ambiciosos de los noveles republicanos, llega el inexperto joven y ofrece su espada a la Junta, que sólo aguardaba sus órdenes, y en recompensa de su modesto desprendimiento le da el título de general de brigada. Él lo recibe sin hacer alto en nada y todo lo renuncia en favor de sus conciudadanos, cuya unión deseaba para bien de la patria”.

Duarte no descansa. Se incorpora a la lucha contra los haitianos que se niegan a reconocer la independencia dominicana; desgraciadamente, la historia es conocida, su sacrificio y amor por la Patria es pagado con el destierro. Los “orcopolitas” de siempre no podían aceptar que un hombre tuviera un amor tan acendrado para con su Patria; que un revolucionario diera ejemplo de honestidad, rindiendo cuentas al gobierno de los fondos recibidos y devolviendo el dinero sobrante; que un defensor de los mejores intereses se opusiera vehementemente a los planes anexionistas.

Proscrito para siempre, regresa a la Patria a punto de perderse para ofrecer sus servicios al gobierno restaurador radicado en Santiago; pero, se le pide volver al extranjero para recabar apoyo a la lucha que libraba el pueblo contra el gobierno español. Duarte comprende la decisión, no busca ser manzana de discordia, se precisa la unidad, sólo toma un tiempo para visitar a Mella en su lecho de muerte, y retorna al caminar por otras tierras. En carta del 18 de marzo de 1865, ya en Caracas, le escribe a Félix María del Monte para decirle:

… el mío [mi corazón] aun ha permanecido abierto al amor de mi patria…. Hallándome dispuesto y como en los primeros días de mi adolescencia, a sacrificarlo todo en sus aras. ¿Qué quieres? Yo habré nacido para no amar sino a esa Patria tan digna de mejor suerte y a sus amigos que son los míos, cuando después de tan amargas pruebas, ni siquiera he pensado en quebrantar mi juramento”.

Ese es el Duarte que en su bicentenario debemos recordar. El irreductible en su creencia de fundar una República; el hombre que no desmayó en sus esfuerzos, desde 1833 hasta 1844, para lograr la separación de Haití; el organizador de los instrumentos, como la Trinitaria y la Filantrópica, que hicieron posible el grito de independencia; el conspirador que supo urdir con su inteligencia y sagacidad la trama que haría factible el amanecer de febrero; el abnegado que lo entregó todo, fortuna y justas aspiraciones, con tal de obtener los propósitos de ver una Patria libre y sin discordias; el apóstol que predicó entre la juventud e hizo germinar los ideales de la nacionalidad; el patricio que prefirió el destierro con tal de sepultar entre sus congéneres la tea de la discordia; el anticolonialista que advirtió que el país debía ser libre de toda potencia extranjera, o se hundía la isla.

Que los dominicanos y dominicanas de hoy beban en la fuente del ideario de Juan Pablo Duarte; que sea faro que ilumine nuestros compromisos de trabajar sin descanso y desmayo por el porvenir de la Patria; que veamos en él al hombre de acción, al luchador infatigable, a quien jamás se doblegó en la defensa de la dominicanidad. Que en éste, su bicentenario, digamos con Miguel Angel Garrido: “Duarte, más grande que tú, ni la Patria misma”.

Santo Domingo, 26 de enero de 2013.

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Rafael Alburquerque: soy un eterno optimista, por eso creo en las nuevas generaciones

El doctor Rafael Alburquerque, vicepresidente de la República Dominicana, asisitió como orador invitado en el solemne acto de graduación de más de 1,600 estudiantes de la Universidad del Este en San Juan, Puerto Rico.

En su discurso, que por su importancia publicamos en toda su extensión, el doctor Alburquerque anunció el próximo proyecto de capacitación de oficiales de la Policía Nacional dominicana en materia de justicia criminal, por parte de la Universidad del Este.

Además, afirmó que no existe una jurisdicción que tenga mejores características culturales e idiomáticas que Puerto Rico para servir de puente comercial entre los Estados Unidos y Latinoamérica y enfatizó la necesidad de presentar a Puerto Rico y a República Dominicana como destinos de inversión y actividad comercial.

Concluyó exhortando a los jóvenes a ser los forjadores, en el futuro y también en el presente de un fuerte sentido de dignidad, justicia y responsabilidad.

Cincuenta años atrás

Sería un poco más de las once de la noche del día 30 de mayo de 1961 cuando escuché la voz de mi tía Lily que insistentemente llamaba a mi padre por el apodo como la familia y sus íntimos lo conocían: “Chichí, Chichí”.

Mis padres dormían en una habitación de madera y yo en una de cemento ubicada al noreste de aquélla; ambas habían sido levantadas en el patio de la casa de la abuela paterna y a las mismas se accedía por escaleras diferentes. La primera era el castillo encantado de mi madre, pintada siempre de tono gris y construida al momento de mis padres casarse para que sirviera de tálamo nupcial. La segunda fue mi dominio privado que me albergó desde la adolescencia y donde estudié hasta graduarme de abogado.

Escuchada la voz que llamaba a mi padre, descendí raudo hacía donde se encontraba la tía y esperé la llegada de mi padre que bajó con una bata que cubría su pijama. “Chichí, llamó Berta para decirnos que a Manelik lo han requerido junto a sus compañeros y que esta noche la pasarán fuera de sus casas”. Bertha Pellerano era prima hermana de mi padre y esposa de Manelik Fiallo, capitán del Ejército Nacional, recientemente fallecido, y con estas palabras trataba de darnos a entender que algo estaba pasando.

Bertha Pellerano actuaba con el cuidado que demandaba ser la esposa de un capitán del Ejército Nacional que se comunicaba con el teléfono intervenido de un desafecto de la dictadura, quien recientemente había estado prisionero en La Cuarenta y cuya casa estaba continuamente vigilada por dos espías del régimen tiránico.

“Eso es que a los guardias lo han acuartelado”, interpretó mi padre las palabras de su prima. “¿Qué habrá pasado?”, nos preguntamos. Con esta interrogante nos fuimos a acostar.

Al día siguiente, mi padre, como era su costumbre, esperó la llegada del diario El Caribe en el amplio y alto ventanal enrejado, que se erguía desde el piso de la vivienda, situado unos cuantos metros por encima del nivel de la acera, hasta unirse con el techo. Poco antes de las seis de la mañana vio mi padre acercarse a una de las hermanas Michel de la Maza, quienes vivían un poco más allá, hacia el oeste, y que se encaminaba a escuchar la misa que a esa hora se ofrecía en la iglesia de Las Mercedes. “Buenos días”, le ofreció mi padre, y la transeúnte mañanera le contestó con un “buenos días, licenciado”, al tiempo que se pasaba el índice de su mano derecho por el cuello, en obvia señal de que alguien había sido eliminado.

Cuando salí de mi dormitorio cerca de las seis y treinta de la mañana encontré a papá con su periódico en las manos, y después de darme la bendición, me pasó el cuerpo del diario dedicado a los deportes. Minutos después se nos unió Yeyo Zayas-Bazán, tío materno de mi padre, y no hizo más que sentarse para decirnos con voz alarmada y asombro en su rostro que había visto pasar por la calle El Conde no menos de diez camiones repletos de militares que portaban armas largas. “De seguro que se ha producido una invasión”, fue la conclusión de su información. Papá, que hasta esos momentos había guardado silencio, nos refirió su encuentro con la señora Michel de la Maza, le contó al tío la llamada de Bertha Pellerano, y para sorpresa nuestra nos dijo que para él lo más probable era que un alto funcionario del gobierno hubiera perdido la vida.

Nunca mi padre me dijo si conocía del complot para ajusticiar al Tirano, pero siempre he sospechado que alguna información tenía, tal vez, por la vía de su amigo Severo Cabral, pues tan pronto nos desayunamos, y con la suposición previamente expresada de que algún personero del régimen había fallecido, me pidió ir a la Puerta del Conde para verificar si la bandera estaba a media asta.

En cumplimiento del mandato paterno fui al lugar indicado y observé izado hasta el tope el pabellón tricolor. Tomé entonces la calle El Conde para dirigirme a la oficina de mi padre, situada en la Arzobispo Meriño, pero al llegar a la esquina de esta calle una corazonada me llevó hasta la Fortaleza Ozama, y allí, en lo alto de la Torre del Homenaje, estaba el lienzo nacional a media asta.

Casi corrí hasta el bufete de abogado y con el corazón en la boca le dije a mi padre lo que había observado en los dos monumentos visitados. Este se limitó a comentar: “Alguien muy grande ha fallecido”. No había terminado de pronunciar esta frase cuando hizo su entrada al despacho José Andrés Aybar Sánchez, hijo de un gran amigo de mi padre, y quien acabado de recibirse de abogado había comenzado a trabajar en la oficina. Se le veía sumamente excitado, deseoso de tomar la palabra y de develar un secreto. Con voz de susurro nos dijo que don José Andrés Aybar Castellanos, su progenitor, acababa de recibir una llamada telefónica de su cuñado, Eduardo Matos Díaz, residente en México, para decirle que Trujillo había sido ajusticiado.

Mi padre, quien siempre tuvo un gran dominio de sus emociones, lo miró fijamente y le preguntó: “¿Cómo supo Eduardo esa noticia?” “Porque el Gobierno norteamericano desde París lo ha dado a conocer a la opinión pública”, fue su respuesta.

Ni un solo músculo del rostro nos mostró cuáles eran los sentimientos del hombre que durante los treinta y un años del régimen despótico sufrió vejámenes, persecuciones, prisiones y torturas. Permaneció en silencio, Un silencio profundo que se sentía lacerante en todo el despacho. Al cabo de varios minutos, que a mí me parecieron interminables, de modo sereno expresó: “Ahora hay que esperar los coletazos del régimen que se derrumba”.

Retorné a mi hogar con el propósito de tomar los libros de estudio, pues el 1 de junio comenzaban los exámenes del tercer año de Derecho de la entonces Universidad de Santo Domingo. Difícilmente pude concentrarme, pues a cada momento esperaba escuchar la información oficial del deceso, aunque La Voz Dominicana continuaba con su programación ordinaria.

Como siempre lo hacía, a las doce y media del día regresó papá a la casa y se sentó a conversar con la familia. A mamá, mis hermanas y mi abuela nos contó que ya en toda la ciudad corría el rumor del ajusticiamiento del tirano. Todos estábamos conscientes de que a partir de ese momento nuestra vida cambiaría, de que la libertad se aproximaba a nuestra Patria y de que en lo adelante papá podría llevar una vida tranquila y sosegada. Pero, si en todos estaba bien alta la adrenalina, si en mis hermanas y yo asomaba la alegría, papá mantenía su imperturbable calma y sus palabras se limitaban a examinar el acontecimiento y sus secuelas.

Mientras charlábamos y esperábamos el almuerzo, Cusa Pardo hizo su entrada, De un físico parecido a Golda Meier, con un peinado semejante a la de la líder israelita, hermana de un exiliado antitrujillista, don Miguel Pardo, Cusa, soltera y sin hijos, vivió sola el horror de la tiranía. Perseguida, traducida a la justicia por supuesta falta de pago de impuesto de una pequeñísima tienda que tenía en El Conde, hostigada hasta la saciedad, siempre se mantuvo firme sin doblegarse jamás ante las brutalidades a que fue sometida. Con su voz chillona expresó con alegría que le desbordaba toda su pequeña figura: “Mataron a Trujillo”.

A papá por primera vez en el día le vi reaccionar: “Cusa –le dijo-, seguimos vivos y Trujillo no pudo sojuzgarnos. Nuestra firmeza se impuso”. Y dicho esto, abrió su billetera y me pidió que fuera al colmado de la esquina a comprar unas cervezas. Así lo hice, aunque le pedí a Casimiro, el dueño de La Metralla, situada en las Mercedes esquina Santomé, que me envolviera en doble bolsa las botellas, para así ocultarlas de las miradas penetrantes de los dos espías que se encontraban desde hacía un año vigilando la puerta de nuestra casa.

El 31 de mayo de 1961, papá nos pidió levantar los vasos y brindó por la libertad. Para él, habían finalizado los años de angustia que se iniciaron desde el mismo 1930 cuando siendo secretario en el Tribunal de Tierras se negó a firmar un documento de adhesión a Trujillo. A partir de entonces se le condenó varias veces a prisión, se le destituyó como Notario Público, se le torturó en La Cuarenta, pero como lo dijo hace cincuenta años, no pudieron con su dignidad de hombre probo y justo. A pesar de las presiones nunca se inscribió en el Partido Dominicano, jamás le aceptó un cargo público al régimen y de su pluma o de su verbo nunca surgió un escrito o unas palabras laudatorias al Tirano.

Brindemos hoy por la libertad y eduquemos a las nuevas generaciones para que defiendan la democracia y que nunca más la noche tenebrosa de la tiranía pueda enseñorearse en nuestra Patria.

Continuaremos trabajando juntos

Quiero expresarte, querida lectora, querido lector de mi blog, querido compañero, querida compañera de Partido, mi sincero y profundo agradecimiento por el gran apoyo que me has brindado en los últimos meses. Sin él y el de tantos otros compañeros, no hubiese sido posible la oportunidad de impulsar un proyecto que defendiera la obra de gobierno del presidente Leonel Fernández, a la vez de promover valores éticos que tan necesarios resultan en la sociedad que vivimos hoy en día.

Mi precandidatura a la presidencia de la República se lanzó porque consideré necesario proteger los intereses de las bases del Partido y de todos los hogares que viven en condiciones difíciles. Porque asumí la responsabilidad de ofrecer a la Nación un gobierno que mantuviera la estabilidad económica y lograra expandir y profundizar la obra de gobierno de nuestro Partido.

Sin embargo, desde hace unos dos meses, sectores con fuertes intereses creados han estado trabajando internamente y hacia afuera del PLD con el propósito inconfesable de debilitar la participación de nuestro Partido en los próximos comicios de 2012. Esta situación sin precedentes, unida al peligro que representa para el país el retorno del PRD al Gobierno, como ya expresé ante todo el país, hace urgente la unidad de todos los peledeistas para enfrentar la amenaza. Es por eso que decidí apoyar al compañero Danilo, es por eso que hice un llamado a los demás precandidatos para que hicieran lo mismo.

Este paso que he dado no significa que mis ideas e intenciones hayan cambiado. No significa que no sigamos juntos en la lucha por hacer valer los valores éticos y la defensa de las bases y de quienes no tienen quien los defienda. Nuestro equipo, del cual formas parte, continuará unido, continuaremos trabajando juntos. No podemos seguir permitiendo la dispersión de nuestra fuerza. Todos los peledeistas debemos movilizarnos y empujar, a partir de ahora, en la misma dirección.

Mi precandidatura sale del ruedo político interno, mas no me retiro y tampoco declino mis aspiraciones de ser un trabajador y un militante por aquello que creo es la mejor causa nacional.

Finalmente, te aseguro que tus esfuerzos no han sido en vano. Por el contrario, te invito a que sigas junto a mí trabajando, unidos ahora por un propósito mucho mayor: la defensa del Partido de la Liberación Dominicana y la defensa de la Patria.

¡Trabajemos unidos en defensa de la Patria!

Rafael Alburquerque

¡No es momento de cruzarse de brazos!

A continuación, transcribimos el texto íntegro del mensaje del Señor Vicepresidente de la República y precandidato presidencial por el PLD, doctor Rafael Alburquerque, dirigido hace unas horas a la Nación y a los miembros del Partido de la Liberación Dominicana.

Pueblo Dominicano; compañeras y compañeros del Partido de la Liberación Dominicana:

El país se encuentra hoy bajo la amenaza del retorno de la incompetencia al poder y como consecuencia, al caos que eso representaría para la Nación. Ante esa realidad, el PLD no puede permanecer inactivo teniendo un aviso de huracán en la mano. Cruzarse de brazos en este momento sería permitirle al enemigo que avance… Cruzarse de brazos ahora, sería provocar una derrota del PLD en el 2012.

Eso es inaceptable.

Ha llegado el momento de que el Partido de la Liberación Dominicana se active y asuma la responsabilidad de detener la amenaza que representa un retorno del desorden al poder. Ante esa posibilidad no puede haber un PLD cruzado de brazos.

Hay que defender a toda costa lo que se ha logrado y proseguir con lo que falta por hacer. Continuaremos defendiendo a la mayoría que sostiene con su trabajo a la Nación, que sostiene con su contribución al Estado y que reclama un mejor mañana para una nueva generación de dominicanos y dominicanas que desean progresar.

Debemos luchar para garantizar la continuidad de la obra que durante estos años hemos realizado junto al presidente Leonel Fernández. Solo así preservamos el liderazgo de Leonel en el PLD.

Debemos poner en marcha un plan de acción que amplíe la cobertura del seguro de salud a todos los ciudadanos. En eso creo y para eso trabajaré.

Nos proponemos ampliar y fortalecer los programas de protección social, que hoy constituyen las únicas oportunidades que tienen las familias más necesitadas de nuestro Pueblo. En eso creo y para eso trabajaré.

Pondremos en marcha un novedoso programa para estimular la creación de empleos en el sector privado, asumiendo el Gobierno un rol de facilitador para el desarrollo económico y el crecimiento de los sectores productivos del País. Mantener la estabilidad macroeconómica de la Nación es una prioridad. En eso creo y para eso trabajaré.

Tu seguridad y la de tu familia serán el fundamento de un moderno plan estratégico para enfrentar la delincuencia, el crimen organizado y el narcotráfico. Los adelantos tecnológicos, unidos a la capacitación de nuestras fuerzas de ley y orden, serán una prioridad en nuestro próximo gobierno. En eso creo y para eso trabajaré.

Estoy convencido que la inversión más importante que se requiere para que la República Dominicana pueda dar el paso definitivo hacia el pleno desarrollo económico y social, es la educación. Nuestro Gobierno ha iniciado la ruta para lograr una educación de calidad. Vamos a transformar y modernizar el Sistema Educativo en la República Dominicana. En eso creo y para eso trabajaré.

El país se está levantando sobre una base sólida que le permitirá elevarse a la altura de las naciones más desarrolladas; porque está colocando al alcance de los más necesitados la alimentación, la salud, la educación y las facilidades para aspirar a una mejor calidad de vida en la República Dominicana.

Frente a la amenaza que representa el regreso de la incapacidad y el desorden al poder, hago un llamado a la conciencia de cada hombre y mujer peledeista para que activamente asumamos la defensa de la Nación. El momento no es para cruzarse de brazos. Los pocos que así lo hagan, lo sentirán en el peso de sus conciencias.

Peledeístas: ¡No es hora de cruzarse de brazos. Es hora de acción y participación!

Muchas gracias.

Santo Domingo de Guzmán, 3 de mayo de 2011