16 de Agosto de 2015

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Se conmemora un nuevo aniversario del Grito de Capotillo. Aquel día del año 1863, un grupo de patriotas encabezado por el coronel Santiago Rodríguez –a quien en su obra sobre la Restauración Pedro M. Archambault califica como jefe de la revolución– cruzaron la frontera desde Haití y tomaron el cerro de Capotillo para al despuntar el alba izar el pabellón tricolor arriado desde marzo de 1861, cuando Pedro Santana lo desconoció para dar paso a la anexión a España. Continuar leyendo

Mandela: un gigante de la historia

El mundo se conmovió anoche con el anuncio de la muerte de Nelson Mandela.

Sudáfrica hoy le llora al haber perdido al hombre que luchó contra la segregación, contra la supremacía del hombre blanco, contra la violación de los derechos humanos inherentes a su pueblo.

Fue una vida de persecuciones, de torturas, de prisión por más de treinta años, pero el gigante de la historia, que fue y seguirá siendo Nelson Mandela, nunca se rindió. Sus convicciones no se lo permitieron, pues estaba consciente de que un régimen de oprobio como el apartheid no sobreviviría al paso de los tiempos.

El gobierno de Pretoria tuvo al fin que ceder a la presión mundial, al aislamiento, al juicio de los hombres y mujeres libres de la comunidad internacional, y Mandela salió de la prisión, sin encono, sin rencores; sólo para decirle a su pueblo que se debía superar el pasado, que la conciliación derrotaría a la fuerza bruta.

Fueron años de tensión, de incomprensiones de sus mismos partidarios, pero el líder se impuso con la fuerza del convencimiento y su larga jornada de servicio. El gobierno racista de Pretoria tuvo que concertar y en las primeras elecciones libres y multirraciales, el hombre Historia se impuso fácilmente a sus adversarios.

Gobernó para su pueblo y desde el poder fue, una vez más, ejemplo de humildad y, a la vez, fortaleza. Sudáfrica conquistó un puesto digno en la comunidad internacional y hoy es una de las naciones del denominado grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), a las cuales se les respeta y reconoce por haber emprendido el camino del desarrollo.

Mandela muere físicamente; pero será recordado para siempre.

Loor al luchador por la libertad y la dignidad de su pueblo. Homenaje y reverencia para quien supo batallar, en las más diversas circunstancias, hasta hacer de un sueño una realidad que hoy nos admira después de tantos años de sufrimientos y atropellos inimaginables.

¡Salve, gigante de la historia!

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El crisol que fraguó la figura histórica del Maestro: 50 años

Hoy se cumplen cincuenta años de un acontecimiento histórico ominoso: el derrocamiento del gobierno del profesor Juan Bosch. Electo en las primeras elecciones democráticas que se realizaron en el país luego de treinta y un años de tiranía, el 20 de diciembre de 1962, tomó juramento como presidente de la República el 27 de febrero del año siguiente y apenas siete meses después un golpe militar lo enviaba al exilio.

Se podrán discutir las causas que condujeron a los poderes fácticos a desconocer la voluntad popular, que se expresó en las urnas respaldando al Maestro con un 57% de los votos válidos; pero, la unanimidad impera cuando se estudian las decisiones adoptadas y el accionar de ese mandato popular.

Respetó a cabalidad las libertades públicas y se negó obstinadamente, en los momentos más neurálgicos de la guerra fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, a perseguir a un dominicano por sus ideas políticas. Tuvo la valentía de resistir las fuertes presiones, internas y externas, para que se declarara ilegal y se persiguiera al comunismo, exigencia que siempre rechazó señalando que la democracia debía ser tolerante con el pensamiento y creencias de los ciudadanos.

Con su política económica logró mantener la estabilidad e impulsó el desarrollo del país; aprobó la denominada ley del precio tope del azúcar, gracias a la cual limitaba las ganancias excesivas de la industria azucarera; promulgó la llamada ley de plusvalía, por la cual se dispuso el pago de un impuesto al valor adquirido por un inmueble como resultado de obras ejecutadas por la administración pública; y puso en vigencia una Constitución que se consideró, y aun hoy se la estima como tal, una de las más progresistas de América Latina.

Fue un verdadero educador y un comprometido en la lucha incesante contra los males sociales de su pueblo. Creyó en la educación y envió a miles y miles de jóvenes a estudiar en el extranjero; promovió las escuelas técnicas vocacionales y al momento de su derrocamiento se encontraban en las aduanas las maquinarias que se utilizarían en estos centros educativos; inició la reforma agraria en solidaridad con los campesinos sin tierra; llevó a cabo una intensa campaña de alfabetización y pidió transformar los locales de su partido en aulas en donde se instruyera a los analfabetos; se embarcó con entusiasmo en la aplicación de una política sanitaria y ya para septiembre habían llegado al país las tuberías para un nuevo acueducto de la ciudad de Santo Domingo.

Predicó continuamente los valores de la libertad y la democracia, de la soberanía y de la dignidad: su voz se escuchaba con respeto por medio de la radio y la televisión, a la cual acudía frecuentemente para enseñarle a su pueblo el significado de esos atributos. Fue un maestro en la presidencia. Una noche se le oyó decir:

Los pueblos dignos como los hombres de estatura moral buscan dar, no recibir, buscan ayudar, no pedir ayuda”.

Como Presidente y Maestro fue honrado a carta cabal, hasta el extremo de que el Libro Blanco que publicaron las Fuerzas Armadas a raíz de la asonada, sólo pudo decir de su persona, como si se tratara de un acto de deshonestidad, que debía la nevera que había comprado para su casa. Honesto hasta someter a la justicia a su más cercano colaborador, pues como lo explicó a su pueblo,

el Presidente de la República no tiene amigos ni enemigos, ‘arientes’ ni parientes. Todos los dominicanos son dominicanos. La ley protege a todos los dominicanos, pero la ley también le cae encima a todo dominicano que la viole”.

Fue humilde en el ejercicio de su mandato y le pidió al país que le llamaran ciudadano Presidente o señor Presidente y que a su señora esposa a nadie se le ocurriera llamarla Primera Dama, si acaso señora del Presidente. Excelente, dijo, es la comida o el perfume, pues no hay hombres excelentes, y menos por sus funciones.

Juan Bosch cayó una madrugada del 25 de septiembre de 1963. Horas antes había recibido una ovación de su pueblo al llegar al estadio Quisqueya a presenciar un espectáculo cultural. Pero, los poderes fácticos, nacionales y extranjeros no pudieron tolerar a un hombre que consagró su presidencia al servicio de su pueblo. Con su acción creyeron destruirlo, desconocerlo, humillarlo, pero cincuenta años después Juan Bosch sigue gobernando en el corazón de su pueblo, que lo recuerda diariamente como el gobernante que “ni mató ni robó”, y como el paradigma de la dignidad y la honestidad.

Como dijo aquel cura de Los Andes de Bolívar, “tu gloria crecerá, como crecen las sombras cuando el sol declina”. Aun muerto, Juan Bosch vive. El golpe de septiembre de 1963 fue ludibrio para sus autores; en cambio, para su víctima, fue crisol en donde fraguó la figura histórica del Maestro.

Loor eterno al profesor Juan Bosch.

Nunca más un Pinochet

1973 fue el año de la llegada del coronel Francisco Alberto Caamaño y sus compañeros de lucha y su arribo al país había obligado a los miembros de la Comisión Permanente del PRD a sumergirse en la clandestinidad durante varios meses.

Hacía pocas semanas que habíamos retornado a la vida normal y el 11 de septiembre de 1973 nos reuníamos en casa de Milagros Ortiz Bosch, en su apartamento de la avenida Independencia, los miembros que integrábamos esa denominada Comisión Permanente: Juan Bosch, quien la encabeza; Antonio Abreu Flores (Tonito), José Joaquín Bidó Medina y Rafael Antonio Luna.

Serían las primeras horas de la tarde cuando Milagros irrumpió en la habitación que nos servía de alojamiento para decirnos que se había producido un golpe de estado en Chile. Para esa época las comunicaciones no eran tan fluidas y rápidas como las de ahora y el profesor Bosch le pidió a su sobrina que estuviera pendiente de nuevas informaciones y que de ser posible indagara con las salas de redacción de los periódicos. No bien habían transcurrido diez o quince minutos cuando Milagros hizo nueva irrupción para decirnos que se acababa de dar la noticia de que Salvador Allende se había suicidado.

—¡Co…., no puede ser! —exclamó con tono enérgico Juan Bosch, mientras se levantaba de su asiento—. Chicho no puede haberse suicidado, —añadió, mientras su rostro enrojecía y se le veía descompuesto. Fue la reacción típica del líder político, que buscaba él mismo insuflarse ánimo y no admitir la cruda realidad del derrocamiento del líder socialista; pero la fraternal amistad que lo unía a Salvador Allende lo traicionaba, y al mismo tiempo que daba pasos cortos por la habitación, todos observamos estupefactos como dos gruesas lágrimas rodaban por las mejillas de ese hombre que siempre había sido capaz de enfrentar con firmeza y altivez las más penosas y adversas circunstancias.

Hoy, al cumplirse cuarenta años de aquel oprobioso acontecimiento, que llenó de luto, llanto y dolor al pueblo hermano de Chile, es necesario recordarlo, para que jamás se olvide que la democracia debe respetarse, que la voluntad del pueblo debe ser obedecida, que la fuerza bruta de las bayonetas no debe nunca más imponerse.

Chile no ha olvidado. Los torturados, los desaparecidos, los muertos están ahí, presentes, como ludibrio y vergüenza para quienes perpetraron tal afrenta; pero, al mismo tiempo, como ejemplo de un pueblo digno y valeroso que supo defender sus valores y que jamás se doblegó ante la bota del tirano.

Fui a Chile durante la presidencia de Michel Bachelet a representar a nuestro país en calidad de Vicepresidente ante una de las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica y en esa ocasión tuve la oportunidad, acompañado de las autoridades chilenas, del entonces embajador dominicano en ese país, don César Medina y del compañero Ramón Andrés Blanco Fernández, de visitar en el cementerio municipal de Santiago el monumento en donde se registran los nombres, en tumbas y cenotafios, de miles y miles de caídos bajo la sangrienta dictadura. Allí estaba un dominicano, un hijo de Ramón Andrés, un luchador solidario que había pagado con su vida su fe y ardor por la democracia.

Fue un momento que nunca olvidaré. Ramón Andrés Blanco Fernández, quien estuvo preso y torturado en la ergástula de la Cuarenta bajo la dictadura de Trujillo, con el pecho erguido y en atención militar rindió honores al hijo que había perdido en una tierra que había sido generosa con el exilio dominicano y solidaria con quienes habían luchado por la libertad de nuestra Patria.

Chile conmemora hoy los cuarenta años de la barbarie desatada por el déspota, reclamando justicia y sanción para los culpables de torturas y asesinatos; encausada por aires nuevos que le han permitido crecer y desarrollarse económicamente y esperando, que una de sus hijas, luchadora de la libertad y la democracia, vuelva muy pronto a marchar por las anchas alamedas, terciada sobre su pecho la banda presidencial.

Santo Domingo, 11 de septiembre de 2013.

A veces, la historia se repite

Pablo Longueira, candidato del gobierno a las elecciones presidenciales de Chile renunció a su nominación por encontrarse sumido en una profunda depresión, según explicaron sus familiares más cercanos. La noticia dejó estupefactos a sus seguidores y fueron muchos en el país y en toda América Latina que se mostraron sorprendidos por tan imprevisto acontecimiento.

Sin embargo, lo sucedido a Longueira no es caso único. En 1945 a Diógenes Escalante le sucedió lo mismo.

¿Quién es Diógenes Escalante? En un libro que acabo de leer se cuenta su historia en forma novelada. De la pluma de Francisco Suniaga se nos dice que el personaje había sido Embajador del dictador venezolano José Vicente Gómez desde el año 1922 y a la muerte del “Benemérito” regresó a Venezuela, siendo designado ministro de lo Interior en el gobierno del general Eleazar López Contreras. En 1936 pasó a desempeñar las funciones de Secretario de la Presidencia y, posteriormente, designado embajador en Washington.

Estando en este último puesto lo visitó Julio Medina, hermano del presidente Isaías Medina Angarita con la finalidad de proponerle que fuera candidato de consenso a la presidencia de Venezuela. Por su Embajada, en la capital norteamericana, desfilaron prominentes hombres públicos de su país, incluyendo a Rómulo Bentancourt y Raúl Leoni, muchos años más tarde presidentes, quienes en nombre de Acción Democrática le pidieron aceptar la candidatura, aunque con la advertencia de que no lo acompañarían en su gestión.

Toda Venezuela se unió en torno a la figura del Embajador con un solo propósito: cerrarle el paso a las ambiciones de López Contreras, muy vinculado a la tiranía de Gómez, quien había decidido presentarse como candidato en sus deseos de retornar al Palacio de Miraflores.

Para 1945, el doctor Diógenes Escalante era un hombre que se acercaba a los setenta años de edad y pensaba en el retiro, luego de una extensa y exitosa carrera diplomática. Caviló intensamente en aceptar o no la candidatura que se le proponía, y la tensión nerviosa lo llevó al insomnio y a días muy duros en el ámbito familiar. No obstante, como narra Suniaga, y pone en boca de Escalante:

desde el mismo instante en que recibí el recado del presidente Medina, sin que me percatara, comenzaron a soltarse en mi mente los demonios de esa ambición tan largamente contenida. Cometí el dislate de ilusionarme con la creencia de que era posible tomarme una revancha ante el destino y cerrar mi carrera pública de la manera que soñé, siendo presidente de Venezuela”.

Finalmente, a finales de mayo tomó la decisión y a principios de agosto retornó a su país.

Apenas un mes después Escalante se veía precisado en abandonar la carrera. La presión le resultó intolerable: las visitas continuas de compatriotas que le solicitaban la solución de un problema; las cartas que debían ser respondidas; las audiencias con las autoridades; el contacto con la calle en una campaña contra reloj; los preparativos para elaborar una agenda y un plan de gobierno. El día a día lo desbordó: la duda de si había hecho lo correcto en aceptar comenzaron a invadir su espíritu; se preguntaba si tanto tiempo fuera del país le habían hecho perder la capacidad de comprender a Venezuela; y las tensiones a las que se encontraba sometido le hicieron perder el sentido común.

El 3 de septiembre de 1945 Escalante entró en crisis. Ya no pudo más. La realidad fue imposible de continuar ocultándose; tuvo que renunciar a la candidatura y como dice el autor de la obra, a partir de ese momento se torció el devenir de la historia de Venezuela.

Escalante había conocido en sus años de Embajador a Harry S. Truman, quien siendo ya presidente le envió su avión para sacarlo de Venezuela, de ahí el nombre de la novela “El pasajero de Truman”.

Excelente historia novelada que nos muestra que ya antes, en el pasado siglo, un candidato con sus nervios destruidos por la intensidad del accionar político tuvo que abandonar la carrera presidencial. La historia se repite con Pablo Longueira, que víctima de una fuerte depresión, según su hijo, abandona en Chile la candidatura presidencial que había ganado hacía apenas seis semanas en comicios internos.