Completar la obra de Duarte

Banderas 4

Este nuevo aniversario de la Independencia lo celebraremos en el año que conmemoramos el bicentenario del nacimiento del Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte. Los ideales de Duarte, su lucha, su fe en la Patria, su sacrificio, su honestidad a toda prueba, su incansable fatigar por dejarnos una nacionalidad, son los valores que hoy debemos cultivar para continuar hacia el progreso y el bienestar de nuestro pueblo.

El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) fue constituido por el maestro Juan Bosch, con la finalidad de continuar y completar la obra que Duarte inició. En esta época de globalización, de profunda crisis económica y financiera, del surgimiento de un nuevo modo de producción en las empresas, que las fragmenta y debilita al movimiento sindical, cuando se hace más necesario que nunca que en el país se luche contra la pobreza y la indigencia, es necesario que todos los peledeístas y con ellos, los buenos dominicanos, aunamos esfuerzos para respaldar las acciones que lleva a cabo el gobierno del compañero Danilo Medina, su cruzada por la alfabetización, su respaldo a los productores campesinos, su iniciativa para la promoción de proyectos de turismo ecológico, su apoyo al desarrollo local y su defensa y expansión del programa Solidaridad.

Con un PLD unido, combatiendo denodadamente a quienes pretenden desacreditar la figura de su líder, el compañero Leonel Fernández, e integrados todos en la ardua tarea de nuestro gobierno por continuar la lucha que se viene librando por el progreso y la justicia social, cumpliremos con el mandato de nuestro Congreso Constituyente y nos haremos merecedores del legado de nuestro Padre fundador, Juan Pablo Duarte.

Que el 27 de Febrero sea día de reflexión y compromiso peledeísta para no desmayar y continuar adelante.

¡Viva la Patria!

Juan Pablo, el patricio

Los sectores conservadores siempre han tratado de ofrecernos una imagen idílica de Duarte; un Padre de la Patria inasible, una cumbre inalcanzable; un ser etéreo que se sitúa más allá del bien y del mal.

El Duarte que esta Patria nuestra hoy debe reivindicar en su bicentenario es la del patriota acendrado, el luchador infatigable, el hombre que jamás vaciló ante el sacrificio, el proscrito que hubo de sobreponerse a las amarguras deparadas por las calumnias y las maledicencias.

Apenas contaba con veinticinco años de edad cuando fundó la Trinitaria; las ideas revolucionarias recibidas durante su estancia en España le hicieron concebir una Patria independiente de toda potencia extranjera, y a diferencia de sus antecesores y muchos de sus contemporáneos, tuvo la fe y la convicción de que en un territorio que no llegaba a contar con cien mil habitantes y sojuzgado por la fuerza inconmensurable que representaba el Haití revolucionario y liberado desde 1804, podía constituir un Estado soberano, sin tutelas extranjeras, que él llamó República Dominicana.

¿Qué fuerzas ocultas le impulsaron en sus propósitos? ¿Cómo entender que un jovenzuelo fuera capaz de desdeñar las voces que clamaban por un protectorado francés ante lo que consideraban la inviabilidad de la República? Y sin embargo, no cejó en el empeño: conspiró, como lo haría cualquier revolucionario decidido a subvertir el orden establecido; convenció con su prédica a amigos de su edad para formar el núcleo que llevaría a cabo la ardua tarea; trazó la estrategia de aliarse con los enemigos de los opresores en busca de alcanzar el objetivo perseguido; hizo las alianzas que juzgó necesarias, aunque fuera a costa de concitar en el empeño a fuerzas retrógradas, con tal de ver en el asta la enseña tricolor.

Sólo su inquebrantable firmeza hizo posible el milagro. Pero, ésta no bastaba; también fue necesaria la labor tesonera de propagar sus ideas, de ganar apoyo para la causa, de trabajar con ahínco en la urdimbre de la trama, de sacrificar el patrimonio familiar con tal de ver nacer la República Dominicana. Y así, el 4 de febrero de 1844, apenas unas semanas antes del 27, escribió a su madre y a sus hermanas para decirles:

El único medio que encuentro para reunirme con Uds. es independizar la patria. Para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que Uds. de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado”.

Independizada la Patria es recibido en el muelle por el Arzobispo, quien lo saluda con la exclamación: “Salve, Padre de la Patria”; pero, no había tiempo para celebraciones sino para integrarse en lo inmediato a las labores que desplegaba la Junta Gubernativa desde el 27 de febrero. Un testigo de la época nos narra este encuentro:

En medio del triunfo más espléndido llega al Palacio de Gobierno. Sabiendo que una palabra sola le bastaba para aniquilar los proyectos ambiciosos de los noveles republicanos, llega el inexperto joven y ofrece su espada a la Junta, que sólo aguardaba sus órdenes, y en recompensa de su modesto desprendimiento le da el título de general de brigada. Él lo recibe sin hacer alto en nada y todo lo renuncia en favor de sus conciudadanos, cuya unión deseaba para bien de la patria”.

Duarte no descansa. Se incorpora a la lucha contra los haitianos que se niegan a reconocer la independencia dominicana; desgraciadamente, la historia es conocida, su sacrificio y amor por la Patria es pagado con el destierro. Los “orcopolitas” de siempre no podían aceptar que un hombre tuviera un amor tan acendrado para con su Patria; que un revolucionario diera ejemplo de honestidad, rindiendo cuentas al gobierno de los fondos recibidos y devolviendo el dinero sobrante; que un defensor de los mejores intereses se opusiera vehementemente a los planes anexionistas.

Proscrito para siempre, regresa a la Patria a punto de perderse para ofrecer sus servicios al gobierno restaurador radicado en Santiago; pero, se le pide volver al extranjero para recabar apoyo a la lucha que libraba el pueblo contra el gobierno español. Duarte comprende la decisión, no busca ser manzana de discordia, se precisa la unidad, sólo toma un tiempo para visitar a Mella en su lecho de muerte, y retorna al caminar por otras tierras. En carta del 18 de marzo de 1865, ya en Caracas, le escribe a Félix María del Monte para decirle:

… el mío [mi corazón] aun ha permanecido abierto al amor de mi patria…. Hallándome dispuesto y como en los primeros días de mi adolescencia, a sacrificarlo todo en sus aras. ¿Qué quieres? Yo habré nacido para no amar sino a esa Patria tan digna de mejor suerte y a sus amigos que son los míos, cuando después de tan amargas pruebas, ni siquiera he pensado en quebrantar mi juramento”.

Ese es el Duarte que en su bicentenario debemos recordar. El irreductible en su creencia de fundar una República; el hombre que no desmayó en sus esfuerzos, desde 1833 hasta 1844, para lograr la separación de Haití; el organizador de los instrumentos, como la Trinitaria y la Filantrópica, que hicieron posible el grito de independencia; el conspirador que supo urdir con su inteligencia y sagacidad la trama que haría factible el amanecer de febrero; el abnegado que lo entregó todo, fortuna y justas aspiraciones, con tal de obtener los propósitos de ver una Patria libre y sin discordias; el apóstol que predicó entre la juventud e hizo germinar los ideales de la nacionalidad; el patricio que prefirió el destierro con tal de sepultar entre sus congéneres la tea de la discordia; el anticolonialista que advirtió que el país debía ser libre de toda potencia extranjera, o se hundía la isla.

Que los dominicanos y dominicanas de hoy beban en la fuente del ideario de Juan Pablo Duarte; que sea faro que ilumine nuestros compromisos de trabajar sin descanso y desmayo por el porvenir de la Patria; que veamos en él al hombre de acción, al luchador infatigable, a quien jamás se doblegó en la defensa de la dominicanidad. Que en éste, su bicentenario, digamos con Miguel Angel Garrido: “Duarte, más grande que tú, ni la Patria misma”.

Santo Domingo, 26 de enero de 2013.

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Los hombres pueden caer, pero los principios no

Ayer 25 de septiembre se cumplieron 48 años del golpe de Estado al gobierno constitucional de Juan Bosch. En la madrugada del día 26 el Profesor Bosch dirigía la siguiente proclama al pueblo dominicano:

Ni vivos ni muertos, ni en el poder ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta. Nos hemos opuesto, y nos opondremos siempre, a los privilegios, al robo, a la persecución, a la tortura.

Creemos en la libertad, en la dignidad y en el derecho del pueblo dominicano a vivir y a desarrollar su democracia con libertades humanas, pero también con justicia social.

En siete meses de gobierno no hemos derramado una gota de sangre ni ordenado una tortura; ni hemos aceptado que un centavo del pueblo fuera a parar a manos de ladrones.

Hemos permitido toda clase de libertades y tolerado toda clase de insultos, porque la democracia debe ser tolerante; pero no hemos tolerado persecuciones ni crímenes, ni torturas, ni huelgas ilegales, ni robos, porque la democracia respeta al ser humano y exige que se respete el orden y demanda honestidad.

Los hombres pueden caer, pero los principios no. Nosotros podemos caer, pero el pueblo no debe permitir que caiga la dignidad democrática.

La democracia es un bien del pueblo y a él le toca defenderla. Mientras tanto, aquí estamos, dispuestos a seguir la voluntad del pueblo.

Juan Emilio Bosch Gabiño

Casi medio siglo después esas palabras son tan pertinentes como entonces.

Cincuenta años atrás

Sería un poco más de las once de la noche del día 30 de mayo de 1961 cuando escuché la voz de mi tía Lily que insistentemente llamaba a mi padre por el apodo como la familia y sus íntimos lo conocían: “Chichí, Chichí”.

Mis padres dormían en una habitación de madera y yo en una de cemento ubicada al noreste de aquélla; ambas habían sido levantadas en el patio de la casa de la abuela paterna y a las mismas se accedía por escaleras diferentes. La primera era el castillo encantado de mi madre, pintada siempre de tono gris y construida al momento de mis padres casarse para que sirviera de tálamo nupcial. La segunda fue mi dominio privado que me albergó desde la adolescencia y donde estudié hasta graduarme de abogado.

Escuchada la voz que llamaba a mi padre, descendí raudo hacía donde se encontraba la tía y esperé la llegada de mi padre que bajó con una bata que cubría su pijama. “Chichí, llamó Berta para decirnos que a Manelik lo han requerido junto a sus compañeros y que esta noche la pasarán fuera de sus casas”. Bertha Pellerano era prima hermana de mi padre y esposa de Manelik Fiallo, capitán del Ejército Nacional, recientemente fallecido, y con estas palabras trataba de darnos a entender que algo estaba pasando.

Bertha Pellerano actuaba con el cuidado que demandaba ser la esposa de un capitán del Ejército Nacional que se comunicaba con el teléfono intervenido de un desafecto de la dictadura, quien recientemente había estado prisionero en La Cuarenta y cuya casa estaba continuamente vigilada por dos espías del régimen tiránico.

“Eso es que a los guardias lo han acuartelado”, interpretó mi padre las palabras de su prima. “¿Qué habrá pasado?”, nos preguntamos. Con esta interrogante nos fuimos a acostar.

Al día siguiente, mi padre, como era su costumbre, esperó la llegada del diario El Caribe en el amplio y alto ventanal enrejado, que se erguía desde el piso de la vivienda, situado unos cuantos metros por encima del nivel de la acera, hasta unirse con el techo. Poco antes de las seis de la mañana vio mi padre acercarse a una de las hermanas Michel de la Maza, quienes vivían un poco más allá, hacia el oeste, y que se encaminaba a escuchar la misa que a esa hora se ofrecía en la iglesia de Las Mercedes. “Buenos días”, le ofreció mi padre, y la transeúnte mañanera le contestó con un “buenos días, licenciado”, al tiempo que se pasaba el índice de su mano derecho por el cuello, en obvia señal de que alguien había sido eliminado.

Cuando salí de mi dormitorio cerca de las seis y treinta de la mañana encontré a papá con su periódico en las manos, y después de darme la bendición, me pasó el cuerpo del diario dedicado a los deportes. Minutos después se nos unió Yeyo Zayas-Bazán, tío materno de mi padre, y no hizo más que sentarse para decirnos con voz alarmada y asombro en su rostro que había visto pasar por la calle El Conde no menos de diez camiones repletos de militares que portaban armas largas. “De seguro que se ha producido una invasión”, fue la conclusión de su información. Papá, que hasta esos momentos había guardado silencio, nos refirió su encuentro con la señora Michel de la Maza, le contó al tío la llamada de Bertha Pellerano, y para sorpresa nuestra nos dijo que para él lo más probable era que un alto funcionario del gobierno hubiera perdido la vida.

Nunca mi padre me dijo si conocía del complot para ajusticiar al Tirano, pero siempre he sospechado que alguna información tenía, tal vez, por la vía de su amigo Severo Cabral, pues tan pronto nos desayunamos, y con la suposición previamente expresada de que algún personero del régimen había fallecido, me pidió ir a la Puerta del Conde para verificar si la bandera estaba a media asta.

En cumplimiento del mandato paterno fui al lugar indicado y observé izado hasta el tope el pabellón tricolor. Tomé entonces la calle El Conde para dirigirme a la oficina de mi padre, situada en la Arzobispo Meriño, pero al llegar a la esquina de esta calle una corazonada me llevó hasta la Fortaleza Ozama, y allí, en lo alto de la Torre del Homenaje, estaba el lienzo nacional a media asta.

Casi corrí hasta el bufete de abogado y con el corazón en la boca le dije a mi padre lo que había observado en los dos monumentos visitados. Este se limitó a comentar: “Alguien muy grande ha fallecido”. No había terminado de pronunciar esta frase cuando hizo su entrada al despacho José Andrés Aybar Sánchez, hijo de un gran amigo de mi padre, y quien acabado de recibirse de abogado había comenzado a trabajar en la oficina. Se le veía sumamente excitado, deseoso de tomar la palabra y de develar un secreto. Con voz de susurro nos dijo que don José Andrés Aybar Castellanos, su progenitor, acababa de recibir una llamada telefónica de su cuñado, Eduardo Matos Díaz, residente en México, para decirle que Trujillo había sido ajusticiado.

Mi padre, quien siempre tuvo un gran dominio de sus emociones, lo miró fijamente y le preguntó: “¿Cómo supo Eduardo esa noticia?” “Porque el Gobierno norteamericano desde París lo ha dado a conocer a la opinión pública”, fue su respuesta.

Ni un solo músculo del rostro nos mostró cuáles eran los sentimientos del hombre que durante los treinta y un años del régimen despótico sufrió vejámenes, persecuciones, prisiones y torturas. Permaneció en silencio, Un silencio profundo que se sentía lacerante en todo el despacho. Al cabo de varios minutos, que a mí me parecieron interminables, de modo sereno expresó: “Ahora hay que esperar los coletazos del régimen que se derrumba”.

Retorné a mi hogar con el propósito de tomar los libros de estudio, pues el 1 de junio comenzaban los exámenes del tercer año de Derecho de la entonces Universidad de Santo Domingo. Difícilmente pude concentrarme, pues a cada momento esperaba escuchar la información oficial del deceso, aunque La Voz Dominicana continuaba con su programación ordinaria.

Como siempre lo hacía, a las doce y media del día regresó papá a la casa y se sentó a conversar con la familia. A mamá, mis hermanas y mi abuela nos contó que ya en toda la ciudad corría el rumor del ajusticiamiento del tirano. Todos estábamos conscientes de que a partir de ese momento nuestra vida cambiaría, de que la libertad se aproximaba a nuestra Patria y de que en lo adelante papá podría llevar una vida tranquila y sosegada. Pero, si en todos estaba bien alta la adrenalina, si en mis hermanas y yo asomaba la alegría, papá mantenía su imperturbable calma y sus palabras se limitaban a examinar el acontecimiento y sus secuelas.

Mientras charlábamos y esperábamos el almuerzo, Cusa Pardo hizo su entrada, De un físico parecido a Golda Meier, con un peinado semejante a la de la líder israelita, hermana de un exiliado antitrujillista, don Miguel Pardo, Cusa, soltera y sin hijos, vivió sola el horror de la tiranía. Perseguida, traducida a la justicia por supuesta falta de pago de impuesto de una pequeñísima tienda que tenía en El Conde, hostigada hasta la saciedad, siempre se mantuvo firme sin doblegarse jamás ante las brutalidades a que fue sometida. Con su voz chillona expresó con alegría que le desbordaba toda su pequeña figura: “Mataron a Trujillo”.

A papá por primera vez en el día le vi reaccionar: “Cusa –le dijo-, seguimos vivos y Trujillo no pudo sojuzgarnos. Nuestra firmeza se impuso”. Y dicho esto, abrió su billetera y me pidió que fuera al colmado de la esquina a comprar unas cervezas. Así lo hice, aunque le pedí a Casimiro, el dueño de La Metralla, situada en las Mercedes esquina Santomé, que me envolviera en doble bolsa las botellas, para así ocultarlas de las miradas penetrantes de los dos espías que se encontraban desde hacía un año vigilando la puerta de nuestra casa.

El 31 de mayo de 1961, papá nos pidió levantar los vasos y brindó por la libertad. Para él, habían finalizado los años de angustia que se iniciaron desde el mismo 1930 cuando siendo secretario en el Tribunal de Tierras se negó a firmar un documento de adhesión a Trujillo. A partir de entonces se le condenó varias veces a prisión, se le destituyó como Notario Público, se le torturó en La Cuarenta, pero como lo dijo hace cincuenta años, no pudieron con su dignidad de hombre probo y justo. A pesar de las presiones nunca se inscribió en el Partido Dominicano, jamás le aceptó un cargo público al régimen y de su pluma o de su verbo nunca surgió un escrito o unas palabras laudatorias al Tirano.

Brindemos hoy por la libertad y eduquemos a las nuevas generaciones para que defiendan la democracia y que nunca más la noche tenebrosa de la tiranía pueda enseñorearse en nuestra Patria.

Las dos razones para mi precandidatura

Para nadie es un secreto que la administración del presidente Fernández ha sido beneficiosa para los dominicanos y dominicanas. No se puede tapar el sol con un dedo.

Durante el período más reciente, de 2007 a 2010, la época de la mayor crisis financiera mundial desde la Gran Depresión de la década de 1930, según muchos economistas, nuestro país registró un crecimiento promedio de su economía de un 6.1%. En el año 2009, el peor de la crisis, en el que países como los Estados Unidos de América decrecía un 6% y doblaba su tasa de desempleo, República Dominicana tuvo un crecimiento de 3.5%, el más alto de América Latina y el Caribe.

Estos y una serie de datos similares no son simples cifras oficiales, han sido reportadas en informes de organismos internacionales, como la CEPAL, el PNUD y el Banco Mundial. Tampoco son cantidades abstractas; como consecuencia de ellas hay avances muy concretos para la población. Por ejemplo, además de la gran cantidad de importantes obras de infraestructura en las ciudades y campos de nuestro país, hay 74 mil familias, es decir, unas 370 mil personas, que han incrementado su Índice de Calidad de Vida; están las 216 mil madres que hoy envían sus hijos a la escuela en lugar de mandarlos a desempeñar trabajos peligrosos; está el más de medio millón de nuevos empleos creados entre 2004 y 2010; y los 4 millones 100 mil personas protegidas hoy por la Seguridad Social. Estas son apenas algunas muestras; la lista es muy larga, pero no es el tema de este breve artículo.

Es evidente, entonces, para cualquiera que esté interesado en el progreso del país, que la visión de desarrollo de una administración que haya obtenido esa clase de logros debe continuar. No podemos olvidar que lo contrario representó una experiencia muy amarga para nuestro país, durante el período 2000-2004.

Así pues, esta necesidad de continuar, desarrollar y profundizar la obra del presidente Fernández, es la primera razón que me hizo tomar la decisión de lanzarme a la precandidatura. El haber sido honrado con la confianza del doctor Leonel Fernández por dos períodos vicepresidenciales me coloca en una posición única y muy aventajada en cuanto a conocimiento y a experiencia, no sólo de la puesta en ejecución de la política social del Gobierno, sino del manejo inteligente y exitoso de la economía en tiempos de crisis global.

Naturalmente, no es suficiente con la confianza del Presidente. Son las bases del Partido de la Liberación Dominicana quienes tienen la última palabra en el caso de una precandidatura y es el pueblo dominicano en su conjunto, en las elecciones nacionales. Y lo cierto es que, para mi propio asombro, el respaldo que he recibido en los meses recientes es abrumador. Proviene de todos los sectores de la vida nacional y se ha estado manifestando a diario, en todas las formas posibles, desde mucho antes que hubiera considerado siquiera la posibilidad de ser precandidato. Esta es la segunda razón para mi decisión.

En términos personales y como político, me siento en el deber de responder a esta confianza en mi persona, en mis intenciones y en mi capacidad. En mi larga carrera política he tenido la fortuna de trabajar muy de cerca con los dos líderes de mayor trascendencia histórica que nuestro país ha dado a luz, para beneficio de los dominicanos y las dominicanas: Juan Bosch y Leonel Fernández. Dos estadistas y políticos brillantes; dos hombres de honestidad probada, tanto en sus intenciones, como en su accionar. Es tiempo ya de hacer mi propio aporte al progreso de la República Dominicana.