A apretar el acelerador social

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Foto: Presidencia de la República —flickr

El país se ha transformado. Ha cambiado. Ahora en menos de dos horas llegamos a Bávaro y Punta Cana por una superautopista. Para ir a Samaná y Las Terrenas, ya no tenemos que dar todo un rodeo de largas horas por la carrerera Duarte, atravesar San Francisco de Macorís y luego marchar hasta la península. Hoy tomamos la autovía Juan Pablo II y en un par de horas estamos disfrutando de las maravillas de esa zona turística. Si queremos ir a Baní, en menos de una hora lo hacemos y, en la actualidad, si tomamos rumbo a Puerto Plata y la Línea Noroeste, ya no es necesario cruzar Santiago y envolvernos en su pesado tráfico, pues lo haremos por la circunvalación.  Continuar leyendo

Partido de la Liberación Dominicana: 40 años

Detrás, de izq a derecha: Rubén Cedeño, Antonio Abreu, Juan Bosch, José Joaquîn Bidö Medina, Rafael Alburquerque, Gilberto Martînez, Luis Hernández Fêlix y Manuel Ramón Taveras. Delante, de izq a derecha: Dioscórides Espinal, Pantaleó María Arias, Temístocles Montás, Rafael (Cheché) Luna (parcialmente oculto), Amiro Cordero, Miriam Abreu, Milagros Ortiz Bosch, Félix Alburquerque, Norge Botello, (detrás, oculto) Franklin Almeyda, Luis Lemonier, Emmanuel Espinal, Héctor René González y Bienvenido Mejía y Mejía.

Un día como hoy, hace ya cuarenta años se celebró el Congreso Constitutivo del Partido de la Liberación Dominicana (PLD).

Derrocado en 1963, el pueblo y una parte de las Fuerzas Armadas se habían levantado en armas para exigir el retorno de Juan Bosch al poder y el restablecimiento de la Constitución derogada por los golpistas, pero la intervención norteamericana de 1965 impidió que se hiciera realidad esa legítima aspiración de los hombres y mujeres de nuestro país.

A partir de 1966 Juan Bosch se refugió en Europa para reflexionar sobre la democracia. Una democracia por la cual él había luchado toda la vida; primero, desde el exilio, reclamando la libertad conculcada por el Tirano; luego, a su regreso al país, para enseñar a todos el respeto por los derechos fundamentales de la persona humana.

En Europa evolucionó su pensamiento y escribió profundas obras sobre política y sociología, como Composición Social Dominicana; De Cristóbal Colón a Fidel Castro: El Caribe, Frontera Imperial; El Pentagonismo, Sustituto del Imperialismo; y Dictadura con Respaldo Popular.

Regresó a su tierra natal en 1970 dispuesto a transformar al Partido Revolucionario Dominicano, de un partido de masas, de un frente de clases, de una organización circunscrita a luchar por la democracia y la libertad, en un partido de cuadros, de militantes, de liberación nacional, de justicia social. Para tales fines creó dos círculos de estudios, en los cuales incorporó a jóvenes para enseñarles una nueva interpretación de la historia y el análisis científico, sobre la base del marxismo, de los hechos sociales.

Pero, el PRD no pudo asimilar las nuevas concepciones del maestro y eso lo llevó en 1973 a constituir lo que él llamó un Partido único en América. De los círculos de estudio que formó dentro del PRD surgió la simiente que hizo posible la creación del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Su organización, su disciplina, su mística, hizo posible que el Partido creciera rápidamente. Apenas 18 mil votos en las elecciones de 1978; 180 mil votos en las de 1982; más de 300 mil en las de 1986 y a partir de entonces, un ascenso sostenido que lo llevó al poder veintitrés años después de fundado.

Hoy, el PLD puede mostrar con orgullo lo que ha hecho por el país y su pueblo en los años que le ha tocado gobernar. Cuando finalice el actual período de gobierno se habrán cumplido veinte años desde que llegó al poder el PLD, y en esos veinte años habrá gobernado dieciséis, manteniendo un desarrollo sostenible, una estabilidad macroeconómica, construyendo grandes obras de infraestructura, disminuyendo la pobreza y la indigencia, y en estos momentos en combate contra el analfabetismo.

Un Partido para el progreso, un partido para la justicia social, un partido para servirle al pueblo.

Homenaje al maestro, fundador y líder indiscutido e indiscutible de nuestro Partido, prócer de la República, profesor Juan Bosch. A usted, al cumplirse los cuarenta años de la constitución de su Partido, el Partido de la Liberación Dominicana, le decimos que aquí estamos en el trabajo cotidiano de construir una Patria mejor, una Patria como la que soñó Juan Pablo Duarte. Podrá haber errores, desaciertos, pero lo mejor del Partido se mantiene firme en los ideales que usted sembró, en el ejemplo de humildad, trabajo y moralidad que usted nos legó.

Hasta siempre, compañero.

El crisol que fraguó la figura histórica del Maestro: 50 años

Hoy se cumplen cincuenta años de un acontecimiento histórico ominoso: el derrocamiento del gobierno del profesor Juan Bosch. Electo en las primeras elecciones democráticas que se realizaron en el país luego de treinta y un años de tiranía, el 20 de diciembre de 1962, tomó juramento como presidente de la República el 27 de febrero del año siguiente y apenas siete meses después un golpe militar lo enviaba al exilio.

Se podrán discutir las causas que condujeron a los poderes fácticos a desconocer la voluntad popular, que se expresó en las urnas respaldando al Maestro con un 57% de los votos válidos; pero, la unanimidad impera cuando se estudian las decisiones adoptadas y el accionar de ese mandato popular.

Respetó a cabalidad las libertades públicas y se negó obstinadamente, en los momentos más neurálgicos de la guerra fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, a perseguir a un dominicano por sus ideas políticas. Tuvo la valentía de resistir las fuertes presiones, internas y externas, para que se declarara ilegal y se persiguiera al comunismo, exigencia que siempre rechazó señalando que la democracia debía ser tolerante con el pensamiento y creencias de los ciudadanos.

Con su política económica logró mantener la estabilidad e impulsó el desarrollo del país; aprobó la denominada ley del precio tope del azúcar, gracias a la cual limitaba las ganancias excesivas de la industria azucarera; promulgó la llamada ley de plusvalía, por la cual se dispuso el pago de un impuesto al valor adquirido por un inmueble como resultado de obras ejecutadas por la administración pública; y puso en vigencia una Constitución que se consideró, y aun hoy se la estima como tal, una de las más progresistas de América Latina.

Fue un verdadero educador y un comprometido en la lucha incesante contra los males sociales de su pueblo. Creyó en la educación y envió a miles y miles de jóvenes a estudiar en el extranjero; promovió las escuelas técnicas vocacionales y al momento de su derrocamiento se encontraban en las aduanas las maquinarias que se utilizarían en estos centros educativos; inició la reforma agraria en solidaridad con los campesinos sin tierra; llevó a cabo una intensa campaña de alfabetización y pidió transformar los locales de su partido en aulas en donde se instruyera a los analfabetos; se embarcó con entusiasmo en la aplicación de una política sanitaria y ya para septiembre habían llegado al país las tuberías para un nuevo acueducto de la ciudad de Santo Domingo.

Predicó continuamente los valores de la libertad y la democracia, de la soberanía y de la dignidad: su voz se escuchaba con respeto por medio de la radio y la televisión, a la cual acudía frecuentemente para enseñarle a su pueblo el significado de esos atributos. Fue un maestro en la presidencia. Una noche se le oyó decir:

Los pueblos dignos como los hombres de estatura moral buscan dar, no recibir, buscan ayudar, no pedir ayuda”.

Como Presidente y Maestro fue honrado a carta cabal, hasta el extremo de que el Libro Blanco que publicaron las Fuerzas Armadas a raíz de la asonada, sólo pudo decir de su persona, como si se tratara de un acto de deshonestidad, que debía la nevera que había comprado para su casa. Honesto hasta someter a la justicia a su más cercano colaborador, pues como lo explicó a su pueblo,

el Presidente de la República no tiene amigos ni enemigos, ‘arientes’ ni parientes. Todos los dominicanos son dominicanos. La ley protege a todos los dominicanos, pero la ley también le cae encima a todo dominicano que la viole”.

Fue humilde en el ejercicio de su mandato y le pidió al país que le llamaran ciudadano Presidente o señor Presidente y que a su señora esposa a nadie se le ocurriera llamarla Primera Dama, si acaso señora del Presidente. Excelente, dijo, es la comida o el perfume, pues no hay hombres excelentes, y menos por sus funciones.

Juan Bosch cayó una madrugada del 25 de septiembre de 1963. Horas antes había recibido una ovación de su pueblo al llegar al estadio Quisqueya a presenciar un espectáculo cultural. Pero, los poderes fácticos, nacionales y extranjeros no pudieron tolerar a un hombre que consagró su presidencia al servicio de su pueblo. Con su acción creyeron destruirlo, desconocerlo, humillarlo, pero cincuenta años después Juan Bosch sigue gobernando en el corazón de su pueblo, que lo recuerda diariamente como el gobernante que “ni mató ni robó”, y como el paradigma de la dignidad y la honestidad.

Como dijo aquel cura de Los Andes de Bolívar, “tu gloria crecerá, como crecen las sombras cuando el sol declina”. Aun muerto, Juan Bosch vive. El golpe de septiembre de 1963 fue ludibrio para sus autores; en cambio, para su víctima, fue crisol en donde fraguó la figura histórica del Maestro.

Loor eterno al profesor Juan Bosch.

Nunca más un Pinochet

1973 fue el año de la llegada del coronel Francisco Alberto Caamaño y sus compañeros de lucha y su arribo al país había obligado a los miembros de la Comisión Permanente del PRD a sumergirse en la clandestinidad durante varios meses.

Hacía pocas semanas que habíamos retornado a la vida normal y el 11 de septiembre de 1973 nos reuníamos en casa de Milagros Ortiz Bosch, en su apartamento de la avenida Independencia, los miembros que integrábamos esa denominada Comisión Permanente: Juan Bosch, quien la encabeza; Antonio Abreu Flores (Tonito), José Joaquín Bidó Medina y Rafael Antonio Luna.

Serían las primeras horas de la tarde cuando Milagros irrumpió en la habitación que nos servía de alojamiento para decirnos que se había producido un golpe de estado en Chile. Para esa época las comunicaciones no eran tan fluidas y rápidas como las de ahora y el profesor Bosch le pidió a su sobrina que estuviera pendiente de nuevas informaciones y que de ser posible indagara con las salas de redacción de los periódicos. No bien habían transcurrido diez o quince minutos cuando Milagros hizo nueva irrupción para decirnos que se acababa de dar la noticia de que Salvador Allende se había suicidado.

—¡Co…., no puede ser! —exclamó con tono enérgico Juan Bosch, mientras se levantaba de su asiento—. Chicho no puede haberse suicidado, —añadió, mientras su rostro enrojecía y se le veía descompuesto. Fue la reacción típica del líder político, que buscaba él mismo insuflarse ánimo y no admitir la cruda realidad del derrocamiento del líder socialista; pero la fraternal amistad que lo unía a Salvador Allende lo traicionaba, y al mismo tiempo que daba pasos cortos por la habitación, todos observamos estupefactos como dos gruesas lágrimas rodaban por las mejillas de ese hombre que siempre había sido capaz de enfrentar con firmeza y altivez las más penosas y adversas circunstancias.

Hoy, al cumplirse cuarenta años de aquel oprobioso acontecimiento, que llenó de luto, llanto y dolor al pueblo hermano de Chile, es necesario recordarlo, para que jamás se olvide que la democracia debe respetarse, que la voluntad del pueblo debe ser obedecida, que la fuerza bruta de las bayonetas no debe nunca más imponerse.

Chile no ha olvidado. Los torturados, los desaparecidos, los muertos están ahí, presentes, como ludibrio y vergüenza para quienes perpetraron tal afrenta; pero, al mismo tiempo, como ejemplo de un pueblo digno y valeroso que supo defender sus valores y que jamás se doblegó ante la bota del tirano.

Fui a Chile durante la presidencia de Michel Bachelet a representar a nuestro país en calidad de Vicepresidente ante una de las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica y en esa ocasión tuve la oportunidad, acompañado de las autoridades chilenas, del entonces embajador dominicano en ese país, don César Medina y del compañero Ramón Andrés Blanco Fernández, de visitar en el cementerio municipal de Santiago el monumento en donde se registran los nombres, en tumbas y cenotafios, de miles y miles de caídos bajo la sangrienta dictadura. Allí estaba un dominicano, un hijo de Ramón Andrés, un luchador solidario que había pagado con su vida su fe y ardor por la democracia.

Fue un momento que nunca olvidaré. Ramón Andrés Blanco Fernández, quien estuvo preso y torturado en la ergástula de la Cuarenta bajo la dictadura de Trujillo, con el pecho erguido y en atención militar rindió honores al hijo que había perdido en una tierra que había sido generosa con el exilio dominicano y solidaria con quienes habían luchado por la libertad de nuestra Patria.

Chile conmemora hoy los cuarenta años de la barbarie desatada por el déspota, reclamando justicia y sanción para los culpables de torturas y asesinatos; encausada por aires nuevos que le han permitido crecer y desarrollarse económicamente y esperando, que una de sus hijas, luchadora de la libertad y la democracia, vuelva muy pronto a marchar por las anchas alamedas, terciada sobre su pecho la banda presidencial.

Santo Domingo, 11 de septiembre de 2013.

El 1ro de Mayo y la Constitución de 1963

29 de abril de 2013: hace cincuenta años fue proclamada por el Congreso Nacional la Constitución de 1963. Por primera vez, en la historia del país se aprobaba un texto que incorporaba los denominados derechos sociales.

Hasta entonces, todas las reformas a la Constitución se circunscribían a reconocer los derechos individuales de la persona humana: la libertad de expresión, la libertad de conciencia y de cultos, la libertad de tránsito, la inviolabilidad de la vida, la libertad de enseñanza, el derecho a la propiedad, etc.

En 1963, ya no sólo se consagran estos derechos sino que también se establecen derechos de naturaleza social.

Examinada en retrospectiva, bien puede sostenerse que la Constitución de 1963 aspiraba al establecimiento de un régimen democrático fundamentado en la justicia social. Al cumplirse cincuenta años de su proclamación, es necesario recordar a las nuevas generaciones que Juan Bosch con esta reforma quiso inaugurar en el país el Estado democrático y social de derecho que debido al golpe de estado de septiembre de ese año sólo pudo plasmarse bajo el mandato del Partido de la Liberación Dominicana y Leonel Fernández, con la Constitución de 2010.

El texto de 1963 fundamenta la existencia de la Nación sobre el trabajo, el cual es colocado bajo la supervisión y protección del Estado, que se obliga a la formación y superación profesional de los trabajadores. Eleva a rango constitucional el principio establecido en el Código de Trabajo de 1951 de “a igual trabajo, corresponde igual salario, sin discriminación de sexo, edad o estado” y reconoce el derecho de los trabajadores a participar en los beneficios de las empresas.

De igual modo, reconoce el derecho de los trabajadores a organizarse libremente en sindicatos y el principio de que son irrenunciables los derechos de los asalariados.

La Constitución afirma que el matrimonio presupone una absoluta igualdad de derechos para los cónyuges, inclusive respecto al régimen económico y exige el consentimiento de ambos esposos para la disposición de los bienes inmuebles de la comunidad; prohíbe a los oficiales y funcionarios públicos expedir certificaciones correspondientes al estado civil de las personas en las cuales se hiciera constar la condición de hijo nacido dentro o fuera de matrimonio y dispone que la ley determinará en cuáles situaciones las uniones de hecho entre personas con capacidad para contraer matrimonio podrán por razones de equidad e interés social surtir efectos puramente económicos similares a los del matrimonio.

El texto constitucional de 1963 prohíbe a las personas morales privadas adquirir la propiedad de la tierra, salvo los casos de terrenos destinados al ensanchamiento y fomento de las poblaciones, la instalación de plantas industriales y establecimientos comerciales, y la instalación de factorías y anexos en las zonas rurales. Por el contrario, las personas físicas tenían el derecho de adquirir la propiedad siempre que fueran de nacionalidad dominicana. Los extranjeros podían adquirirla, pero con autorización del Congreso Nacional, siempre que fuera en las zonas urbanas.

Cincuenta años después tal vez no nos parezca avanzada esta Constitución; pero en la época de su promulgación fue duramente atacada y resistida por los sectores más conservadores de nuestra sociedad.

Fue un hecho verdaderamente revolucionario y al conmemorarse este año el 1 de mayo, Día de los Trabajadores, bien harían nuestras Centrales sindicales recordar que fue en 1963, bajo el mandato del profesor Juan Bosch, cuando por primera vez en nuestra historia adquirieron rango constitucional los derechos de los trabajadores.