Mandela: un gigante de la historia

El mundo se conmovió anoche con el anuncio de la muerte de Nelson Mandela.

Sudáfrica hoy le llora al haber perdido al hombre que luchó contra la segregación, contra la supremacía del hombre blanco, contra la violación de los derechos humanos inherentes a su pueblo.

Fue una vida de persecuciones, de torturas, de prisión por más de treinta años, pero el gigante de la historia, que fue y seguirá siendo Nelson Mandela, nunca se rindió. Sus convicciones no se lo permitieron, pues estaba consciente de que un régimen de oprobio como el apartheid no sobreviviría al paso de los tiempos.

El gobierno de Pretoria tuvo al fin que ceder a la presión mundial, al aislamiento, al juicio de los hombres y mujeres libres de la comunidad internacional, y Mandela salió de la prisión, sin encono, sin rencores; sólo para decirle a su pueblo que se debía superar el pasado, que la conciliación derrotaría a la fuerza bruta.

Fueron años de tensión, de incomprensiones de sus mismos partidarios, pero el líder se impuso con la fuerza del convencimiento y su larga jornada de servicio. El gobierno racista de Pretoria tuvo que concertar y en las primeras elecciones libres y multirraciales, el hombre Historia se impuso fácilmente a sus adversarios.

Gobernó para su pueblo y desde el poder fue, una vez más, ejemplo de humildad y, a la vez, fortaleza. Sudáfrica conquistó un puesto digno en la comunidad internacional y hoy es una de las naciones del denominado grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), a las cuales se les respeta y reconoce por haber emprendido el camino del desarrollo.

Mandela muere físicamente; pero será recordado para siempre.

Loor al luchador por la libertad y la dignidad de su pueblo. Homenaje y reverencia para quien supo batallar, en las más diversas circunstancias, hasta hacer de un sueño una realidad que hoy nos admira después de tantos años de sufrimientos y atropellos inimaginables.

¡Salve, gigante de la historia!

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“Es usted uno de los más extraordinarios ejemplos de coraje civil de todos los tiempos.”
Dr. Rafael Alburquerque al agradecer a la Sra. Aung San su visita al Foro Mundial del Trabajo


Por: Humberto Villasmil Prieto

Los aficionados a la Historia, como este escribiente, suelen leer textos sobre ella en procura de intentar entender el presente; saber de dónde venimos o de imaginar el futuro, de la mano de una hoja de ruta más o menos razonable. Pero a veces, la Historia, leída o imaginada, se ve, se mira de cerca y de frente. En ese momento se piensa en aquello que al final será un tópico: yo estuve allí, persuadido de que, al menos una vez, se estaba en el sitio y hora precisa, donde muchos desearían haber estado. La alineación de infinitas eventualidades que pueden ordenarse de un modo, pudiendo hacerlo de tantos otros, es lo que muchos entendemos como el destino. El 30 de Mayo pasado se instalaba en Ginebra la 101ª. Conferencia Internacional del Trabajo, cuyo plenario designó por aclamación al Vicepresidente de la República Dominicana, Dr. Rafael Albuquerque de Castro, como Presidente de ese magno parlamento mundial del trabajo. Fue ello un reconocimiento a un dominicano universal, ligado desde hace mucho tiempo a la OIT, con derecho propio y brillante desempeño.

Este escribiente, casualidad añadida, recibía el inmerecido e inolvidable honor de ser designado como su asistente personal, lo que me permitió estar a su lado y ser testigo de esta historia y de tantas otras que una crónica de esta cita de seguro contaría. La agenda de la Conferencia transcurrió según lo previsto y el Dr. Alburquerque debió recibir a dignatarios e invitados especiales de los cuatro rincones del mundo. Con todo, el destino le tenía reservado un episodio estelar que no por anunciado lo fue menos. El 14 de junio pasado, la 101ª. Conferencia de la OIT recibía a la Sra. Aung San Suu Kyi (Rangún, Birmania, 19 de junio de 1945) líder de la Liga Nacional para la Democracia (LND) de su país, uno de los símbolos de la lucha por la democracia, la libertad y la resistencia pacífica más icónica que pueda recordar la humanidad: es usted, le decía el Dr. Albuquerque al intervenir para agradecerle su visita a ese foro mundial del trabajo, “uno de los más extraordinarios ejemplos de coraje civil de todos los tiempos”. Hija del general Aung San, el héroe de la independencia de Birmania, fue galardonada con el Premio Sajarov para la Libertad de Pensamiento en 1990, entre otros tantos reconocimientos que incluyen el Premio Internacional Simón Bolívar que en 1992 le fuera concedido (junto al Presidente Julius K. Nyerere de Tanzania).

En diciembre de 1991 recibió el Premio Nóbel de la Paz que no pudo recoger sino 21 años después. Fue su primer viaje al exterior en 24 años, periplo este que previó –en ruta a Oslouna parada en Ginebra para dirigirse a la Conferencia Internacional del Trabajo.

“Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar”, fueron las primeras palabras de La Mandela de Asia al ser liberada, el 13 de noviembre de 2010, tras siete años y medio de arresto domiciliario. La Dama, entró al recinto de la Conferencia que estallaba en un aplauso ensordecedor, tanto como interminable.

Este escribiente, sentado en lugar privilegiado, detrás del Presidente de la Conferencia, la vio llegar.

De paso sobrio, de tan menuda como carismática presencia, con elegancia milenaria y serenísima de quien sabe bien que traspasó hace mucho el umbral de un personaje para ser un símbolo.

Con su lenguaje gestual, de seguro para este escribiente indescifrable en toda su riqueza, no tuve duda de que había comenzado a hablar mucho antes de tomar la palabra. Al haber escuchado al Presidente de la Conferencia dirigirse a ella en español, al momento de presentarla y de ofrecerle la palabra, reconoció que en medio de los latinoamericanos se sentía como en su casa. Me pregunté qué podría explicar esa conexión entre el Caribe y su lejano país, situado entre la India y la China, como si la afectividad, cualquier sea la forma que se escoja para expresarla, necesitara algún título justificativo. Pocas veces me resultó tan inútil la mala costumbre de indagar la causa de lo que es por sobre todo un sentimiento. La hija del general Aung San llegó con su pelo recogido y sujeto con rosas blancas y rojas, tradición milenaria de las mujeres birmanas. En medio de su discurso, un pétalo de una rosa blanca se desprendió. Lo vi caer y sentí que era aquello un modo sutil y elegantísimo de dejar huella de su paso por esa asamblea que un dominicano ilustre, maestro de vida y de oficio de mi generación y de tantas otras, le tocó en suerte dirigir.

El pétalo de rosa que vi caer me trajo el recuerdo del verso de Martí y sentí entonces que en efecto había una conexión caribeña en aquella escena inolvidable:

“Y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo; cultivo la rosa blanca”.


El profesor Humberto Villasmil Prieto –abogado nacido en Maracaibo, Venezuela, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello y de la Facultad de Derecho de la Academia Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social– es el especialista principal en Derecho del Trabajo del Servicio de Diálogo Social, Legislación y Administración del Trabajo de la OIT, Ginebra.

Nelson Mandela, el invencible

Acabo de leer dos libros sobre Nelson Mandela. El primero, de John Carlin, titulado El Factor Humano y, el segundo, de la autoría de Richard Stengel, con el título de El Legado de Mandela.

Estoy seguro que del primero de estos libros has oído hablar, pues su contenido sirvió de argumento a la película Invictus, de Clint Eastwood, que ha sido elogiada por los críticos y que causó una buena impresión cuando se proyectó en las salas de cine del país. Desde luego, como casi siempre acontece, el libro nos explica mucho mejor el mensaje que quiso proyectar la filmación. Ese mensaje puede resumirse en las propias palabras de Mandela:

“El deporte tiene el poder de transformar el mundo. Tiene el poder de inspirar; de unir a la gente como pocas otras cosas… Tiene más capacidad que los gobiernos de derribar las barreras raciales”.

Y, precisamente, a partir de este razonamiento de Mandela es que Carlin desarrolla la trama de su obra, en la cual nos cuenta cómo el líder de la nación sudafricana pudo lograr “la pacífica transferencia de poder de la minoría blanca a la mayoría negra en Sudáfrica, el paso del apartheid a la democracia”.

Para conquistar sus objetivos de vencer la segregación racial y unificar su nación, Mandela apostó a respaldar los Springbok, el equipo de rugby integrado por afrikáners y odiado por los negros, para quienes representaba el símbolo del dominio y explotación de los blancos.

Su tarea no fue nada fácil. Tuvo que vencer el recelo de los blancos, quienes no podían entender que su presidente negro los apoyara, luego de tantos años de animadversión contra el equipo, hasta el punto en que se habían llevado a cabo campañas mundiales para impedir que éste pudiera participar en justas internacionales. Pero, también debió luchar contra el resentimiento acumulado de sus compañeros de Partido, quienes consideraban imposible respaldar un equipo que a lo largo de su historia siempre fue identificado en el imaginario de los negros como el paradigma de la supuesta supremacía blanca con la cual se pretendía sojuzgar a la población mayoritaria negra.

Gracias al diálogo y a la persuasión, pero además a su valor personal, Mandela obtuvo su cometido. En 1995 los Springbok ganaban el campeonato mundial de rugby celebrado en Sudáfrica, en un partido presenciado por Mandela, ante una multitud de hombres y mujeres blancos que lo aclamaron, y con su aclamación, lo aceptaban como su Presidente. Al mismo tiempo, los hombres y mujeres que por su raza habían sido sometidos a la segregación, aceptaban el triunfo de los Springbok como suyo, cerrándose así un largo capítulo de división y odio racial que ha permitido a la Sudáfrica de hoy marchar por un camino de paz y reconciliación.

El segundo libro El legado de Mandela es una de enseñanza sobre la vida, el amor y el valor de Nelson Mandela, tal como lo afirma en un subtítulo el autor de la obra, Richard Stengel. Ni siquiera es necesario comentar este libro, basta con reproducir algunos de sus párrafos para darse cuenta de la dimensión universal del hombre y líder que es Nelson Mandela.

La cárcel –dice el autor le enseñó el dominio de sí mismo, disciplina y concentración, cosas que Mandela considera esenciales en un líder. Gracias a este autocontrol, pudo afirmar que el coraje no es la ausencia de miedo, sino aprender a superarlo, y, por tal razón, nuestro personaje afirma que es necesario fingir que se es valiente; que no tener miedo es una estupidez, pues el coraje es no dejar que el miedo te venza. Si finges ser valiente, sostiene Mandela, no sólo te vuelves valiente, eres valiente.

Mandela, nos dice Stengel, sabe que no hay nadie que sea totalmente bueno o totalmente malo, y, en general, considera que casi todo el mundo es bueno mientras no se demuestre lo contrario. El autor del libro nos advierte que para algunos este es un punto débil del líder y, para otros, una ingenuidad. Pero, Mandela considera que si se piensa bien de la gente con la cual interactuamos, se aumenta la probabilidad de que esa persona muestre lo mejor de sí misma. Nadie, afirma el líder sudafricano es intrínsecamente malo.

“La maldad es algo que las circunstancias, el entorno o la educación inculca o enseña a los hombres. No es innata”.

Aunque Mandela trata de complacer a sus compañeros y ciudadanos, Stengel aclara que su biografiado sabe decir no, ya que hacerlo luego sería mucho más difícil. “Si hay que decepcionar a alguien, cuanto antes mejor”, es su razonamiento, y cuando tiene que decirlo no lo endulzará ni se lo pasará a otro, tratando de que su respuesta sea clara e irrevocable. En otras palabras, dice el autor de la obra, el líder sudafricano no es de las personas que da falsas esperanzas ni deja abierta la más mínima rendija.

Hay, pues, que leer este libro de Richard Stengel. Efectivamente, una obra para aprender de la actitud de un hombre, que a no dudar, es uno de los grandes prohombres de la humanidad.