Nunca más un Pinochet

1973 fue el año de la llegada del coronel Francisco Alberto Caamaño y sus compañeros de lucha y su arribo al país había obligado a los miembros de la Comisión Permanente del PRD a sumergirse en la clandestinidad durante varios meses.

Hacía pocas semanas que habíamos retornado a la vida normal y el 11 de septiembre de 1973 nos reuníamos en casa de Milagros Ortiz Bosch, en su apartamento de la avenida Independencia, los miembros que integrábamos esa denominada Comisión Permanente: Juan Bosch, quien la encabeza; Antonio Abreu Flores (Tonito), José Joaquín Bidó Medina y Rafael Antonio Luna.

Serían las primeras horas de la tarde cuando Milagros irrumpió en la habitación que nos servía de alojamiento para decirnos que se había producido un golpe de estado en Chile. Para esa época las comunicaciones no eran tan fluidas y rápidas como las de ahora y el profesor Bosch le pidió a su sobrina que estuviera pendiente de nuevas informaciones y que de ser posible indagara con las salas de redacción de los periódicos. No bien habían transcurrido diez o quince minutos cuando Milagros hizo nueva irrupción para decirnos que se acababa de dar la noticia de que Salvador Allende se había suicidado.

—¡Co…., no puede ser! —exclamó con tono enérgico Juan Bosch, mientras se levantaba de su asiento—. Chicho no puede haberse suicidado, —añadió, mientras su rostro enrojecía y se le veía descompuesto. Fue la reacción típica del líder político, que buscaba él mismo insuflarse ánimo y no admitir la cruda realidad del derrocamiento del líder socialista; pero la fraternal amistad que lo unía a Salvador Allende lo traicionaba, y al mismo tiempo que daba pasos cortos por la habitación, todos observamos estupefactos como dos gruesas lágrimas rodaban por las mejillas de ese hombre que siempre había sido capaz de enfrentar con firmeza y altivez las más penosas y adversas circunstancias.

Hoy, al cumplirse cuarenta años de aquel oprobioso acontecimiento, que llenó de luto, llanto y dolor al pueblo hermano de Chile, es necesario recordarlo, para que jamás se olvide que la democracia debe respetarse, que la voluntad del pueblo debe ser obedecida, que la fuerza bruta de las bayonetas no debe nunca más imponerse.

Chile no ha olvidado. Los torturados, los desaparecidos, los muertos están ahí, presentes, como ludibrio y vergüenza para quienes perpetraron tal afrenta; pero, al mismo tiempo, como ejemplo de un pueblo digno y valeroso que supo defender sus valores y que jamás se doblegó ante la bota del tirano.

Fui a Chile durante la presidencia de Michel Bachelet a representar a nuestro país en calidad de Vicepresidente ante una de las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica y en esa ocasión tuve la oportunidad, acompañado de las autoridades chilenas, del entonces embajador dominicano en ese país, don César Medina y del compañero Ramón Andrés Blanco Fernández, de visitar en el cementerio municipal de Santiago el monumento en donde se registran los nombres, en tumbas y cenotafios, de miles y miles de caídos bajo la sangrienta dictadura. Allí estaba un dominicano, un hijo de Ramón Andrés, un luchador solidario que había pagado con su vida su fe y ardor por la democracia.

Fue un momento que nunca olvidaré. Ramón Andrés Blanco Fernández, quien estuvo preso y torturado en la ergástula de la Cuarenta bajo la dictadura de Trujillo, con el pecho erguido y en atención militar rindió honores al hijo que había perdido en una tierra que había sido generosa con el exilio dominicano y solidaria con quienes habían luchado por la libertad de nuestra Patria.

Chile conmemora hoy los cuarenta años de la barbarie desatada por el déspota, reclamando justicia y sanción para los culpables de torturas y asesinatos; encausada por aires nuevos que le han permitido crecer y desarrollarse económicamente y esperando, que una de sus hijas, luchadora de la libertad y la democracia, vuelva muy pronto a marchar por las anchas alamedas, terciada sobre su pecho la banda presidencial.

Santo Domingo, 11 de septiembre de 2013.

Once de septiembre

Hoy recordamos dos hechos oscuros en la historia de nuestro Continente.

El más reciente fue el atentado terrorista contra el World Trade Center, hace 10 años, en el que murieron tres 3000, civiles y desarmadas. 47 eran dominicanos, al menos tres de ellos perecieron intentando salvar otras vidas. Este hecho de barbarie fue, entre muchas otras cosas, un intento de colapsar cosas mucho más altas que las Torres Gemelas, como la Paz, la confianza en el prójimo y los derechos humanos. El terror generalizado crea las condiciones perfectas para que los valores que sostienen un Estado de derecho se lesionen hasta el punto de desaparecer.

El “otro” 11 de septiembre ocurrió en 1973, en Chile. Allí, aquellos a quienes el presidente Allende en sus últimas palabras llamara “generales rastreros”, rompieron una tradición de un siglo y medio de democracia. Con la muerte de Salvador Allende, primer gobernante socialista de la historia en ser elevado constitucionalmente a la primera magistratura de un Estado a través de una elección democrática, el terror se hizo cargo de la sociedad durante diecisiete largos años. A diferencia del atentado en Nueva York –como ocurrió en nuestro país con Trujillo, como ocurre con todas las dictaduras– el terror fue institucionalizado. La barbarie tomó el nombre de régimen militar, mientras el Estado de derecho, la libertad, la Justicia y los derechos humanos se convertían en sueños imposibles para millones de chilenos, tanto en la Patria como en el exilio.

Se podría discutir en determinados ámbitos si el gobierno de Salvador Allende fue bueno o no. Podría discutirse a quién benefició, podrían discutirse su orientación política, sus aciertos y sus desaciertos. Lo que está fuera de toda posible discusión es que fue un gobierno constitucional, elegido voto a voto por su pueblo.

El poder otorgado por los pueblos es sagrado. Y más temprano que tarde, como afirmara el propio presidente Allende, se abren las grandes alamedas por donde caminan los hombres y mujeres libres, en cualquier patria, para construir una sociedad mejor. El terror, la traición, la vileza, e incluso la muerte, son transitorias. La Libertad, la Verdad, la Dignidad, la Justicia y el Ejemplo, prevalecen.