Vicepresidente visita familias damnificadas por vaguada en el Cibao

El doctor Rafael Alburquerque, vicepresidente de la República y encargado del Poder Ejecutivo, se trasladó ayer viernes a la región del Cibao para supervisar los operativos de asistencia y emergencia y solidarizarse personalmente con las familias damnificadas por los torrenciales aguaceros de esta semana.

El Centro de Operaciones de Emergencia informó que unas mil 235 viviendas de Santiago y otras zonas resultaron afectadas por la vaguada en altura sobre el Cibao Central, provocando, además, que unas 6 mil 155 personas fueran evacuadas de sus hogares.

El Vicepresidente manifestó que tanto el Plan Social de la Presidencia, como los Comedores Económicos han estado brindado asistencia desde el jueves a las familias afectadas por las inundaciones y los desbordamientos de ríos y cañadas de la zona.

El doctor Alburquerque visitó las las zonas mas afectadas de Santiago: las comunidades de Fracatán y Hoyo de Bartola, así como el municipio de Villa González y luego llegó hasta donde estaban las familias refugiadas. De allí se trasladó a la provincia Espaillat, donde recorrió los lugares más afectados por el desbordamiento de ríos, arroyos y canales de riego.

El Gobernante dio palabras de aliento a los daminificados y la garantía de todo el apoyo del Presiente Fernández y el Gobierno Dominicano para enfrentar la situación. Regresó a la capital esa misma noche, luego de haber cruzado cañadas, atravesado sitios anegados por la lluvia y contactado directamente las familias damnificadas, a fin de rendir un informe de primera mano al presidente Leonel Fernández, quien se encuentra en los Estados Unidos.

Batalla del 30 de marzo: historia de una mujer y un pañuelo

Ese martes, Juana se levanta antes que el sol. La noche anterior la ha pasado prácticamente en vela. Hace una semana que está en Santiago, en casa de una comadre; fue incapaz de esperar a la tropa que venía desde La Vega y se le adelantó para esperar a los hombres.

Ella estuvo presente el día 4 en la gran celebración en La Vega; sintió que el corazón se le iba a salir del pecho al contemplar la hermosa bandera dominicana izada por primera vez en su propio pueblo. Se ha enterado de la derrota de Hérard Aîné en Azua y sabe que el general Pierrot viene con 4,000 hombres bajo la orden de tomar Santiago, a sólo 200 leguas de su Jamo natal. “Si es por mí, eso no va a pasar” fue el pensamiento que la impulsó a salir para Santiago a lomo de mula.

Quienes la conocían, compadecían al animal. Sabían que era inútil decirle a la Saltitopa que no fuera, que las guerras son cosas de los hombres, que ella no iba a hacer ninguna diferencia. Así que nadie lo intentó siquiera, sólo la miraban pasar y meneaban la cabeza.

El lunes se lo pasó desde tempranito yendo y viniendo desde el fuerte Dios, al Patria y al Libertad, cerquita del río, llevando y trayendo noticias. Juana Trinidad no es buena para los números, pero por lo que ha podido contar y averiguar, comprende que la desventaja de las tropas patriotas es muy grande. Lo piensa por un momento y luego se encoge de hombros, tiene la certeza absoluta de que el invasor lo va a pasar muy mal.

Esa noche la pasa entre los soldados de La Vega y Jamo, que han acampado cerca del río. Les canta ingeniosas coplas, algunas para animarles; otras, para burlarse de los que vienen y de la suerte que les espera. Cuando el último de los hombres se ha dormido, Juana se va al río y, como cada noche, lava su pañuelo rojo de madrás. La luna, casi llena, le hace compañía. Hace unas horas que se sabe que Pierrot atacará al día siguiente. Juana ya está lista para la batalla.

Esa tarde a muchos les parece que Juana está en todas partes al mismo tiempo.

¡Corra, busque más pólvora!; — ¡Doña, se nos acabó el agua!; — ¡Doña, búsqueme al capitán!; —¡Ocúpese de esos heridos!… son las frases que entre el fragor de la batalla llegan constantemente a sus oídos. Sin embargo, Juana no escucha los cañonazos; no oye los lamentos de los heridos, ni las balas que pasan rozándole la cabeza. Juana no se inmuta de pasar entre centenares de haitianos muertos y heridos para llevar el agua que enfriará el cañón del fuerte y la que calmará la sed de los combatientes que defienden el suelo patrio recién ganado.

El pañuelo de madrás se lava esa tarde más de 10 veces en las aguas del Yaque. Ha secado sudores; ha servido de babonuco para transportar el agua al fuerte; ha sido torniquete y gasa para las heridas; ha servido de envoltorio para pólvora, siempre escasa en las batallas; y ha ondeado al viento animando a los soldados que por momentos se agotan.

De regreso a Jamo y La Vega, pocos días después, las tropas se divierten imaginando la cara de Pierrot cuando llegue a la capital de Haití y comprenda que ha sido engañado; que su Comandante en Jefe y además presidente de la nación invasora no ha muerto, como se le informara, y que ahora él se ha convertido en traidor por haber ordenado la retirada.

Las historias van y vienen de boca en boca, pero el nombre de Juana no aparece en ninguna de ellas; todos hablan, con reverencia, del valor de La Coronela.

19 de marzo de 1844: una historia de veintiún días

Los acontecimientos que siguieron a la proclamación de nuestra independencia se sucedieron con gran rapidez.

Es entrada la tarde del miércoles 28 de febrero de 1844, cuando la autoridad haitiana al fin capitula. Se instala una Junta provisional formada principalmente por trinitarios y presidida por Francisco del Rosario Sánchez. Hasta ese momento, la independencia es un asunto exclusivo de la Capital. No existen entonces medios electrónicos, ni redes sociales, ni periódicos de alcance nacional. No hay un servicio regular de correo. El teléfono se inventará 27 años más tarde. El telégrafo ya existe, pero tardará otros 40 años en llegar a nuestro país. Las noticias urgentes, pues, deben darse en persona, recorriendo a caballo las distancias que sean necesarias.

Así, el jueves 29 de febrero se nombran los delegados que durante el fin de semana se encargarán de transmitir la buena nueva de la separación por todo el territorio y de lograr que cada ciudad importante de la recién nacida República la ratifique.

San Francisco, Hato Mayor e Higüey son las primeras; se pronuncian a favor de la independencia ese mismo sábado. El lunes, lo hace La Vega; el miércoles, Santiago y el domingo, San José de las Matas. Puerto Plata, último reducto del invasor, proclama la independencia cuatro días más tarde.

Mientras tanto, en Santo Domingo, fruto de negociaciones y manejos que venían desarrollándose hacía semanas o meses, el viernes 1ro de marzo Tomás Bobadilla sustituye a Francisco del Rosario Sánchez en la presidencia de la Junta y éste pasa a ser Comandante de Armas de la ciudad: los trinitarios han perdido, por el momento, el control político del Gobierno.

Al día siguiente, pese a ser sábado, hay mucho movimiento a ambos lados de la isla. En vista de la inminente ofensiva que vendrá desde Haití, el gobierno provisional establecido en Santo Domingo envía por mar dos regimientos a Azua. Un movimiento muy acertado, porque en ese preciso instante –en Puerto Republicano, como se llamaba entonces Puerto Príncipe– la Asamblea Constituyente haitiana es notificada de que en diversos puntos del Este (es decir, nuestro lado de la isla) la revuelta había osado enarbolar sus estandartes.

Es fácil imaginar la conmoción que tan infausta noticia causó en la Asamblea haitiana, aunque es improbable que fuera una total sorpresa para Haití; ya que apenas 48 horas después, la guerra es de hecho declarada: una resolución de la Asamblea autoriza al Presidente a movilizar la guardia nacional a su discreción y lo coloca al mando de todas las fuerzas terrestres y marítimas.

De este lado de la isla, ese mismo día amanece en La Vega ardiendo de vehemencia patriótica. La independencia es proclamada a los cuatro vientos y se alza, por primera vez en el Cibao, la misma bandera que había esperado por meses este momento, escondida en un baúl de las hermanas Villa del Orbe. Manuela, María del Carmen y María Francisca la habían confeccionado y bordado primorosamente siguiendo al pie de la letra las instrucciones expresas de Juan Pablo Duarte.

Al siguiente día, martes, justo una semana después del trabucazo de Matías Ramón Mella, la Leonor se hace a la mar llevando a bordo a los comisionados que van a buscar al Patricio y a dos de sus compañeros de exilio a la isla de Curazao. La goleta de dos mástiles es la primera embarcación en hacer ondear, orgullosa, los colores patrios en ultramar.

La travesía de ida y vuelta se completa en 9 días. El jueves 14 Duarte retorna a esa Patria que antes sólo existía en sus sueños y que ahora encuentra ya sacudida del yugo invasor, ya bautizada con nombre propio, ya santificada con sangre libertadora. Sus entrañables Francisco del Rosario y Matías Ramón lo reciben en el puerto Ozama.

Al día siguiente, una multitud lo espera en la Puerta de San Diego, entrada a la que es hoy la Plaza España, junto al Alcázar de Colón. Son las 7 de la mañana del viernes 15 de marzo. El desfile hasta el Palacio de Gobierno se inicia en medio de aclamaciones del pueblo a la Junta para que nombre a Duarte general en jefe de los ejércitos de la República. (El Palacio de Gobierno de entonces es el ahora llamado Palacio de Borgellá, la casa de los arcos de la calle Isabel la Católica, frente al actual Parque Colón, antigua Plaza de Armas.) El reclamo es desoído. La Junta le entrega al Patricio las insignias de General de Brigada y al otro día lo nombra comandante del departamento de Santo Domingo.

Las tropas haitianas llevan ya seis días de camino hacia la capital dominicana. El presidente militar Rivière-Hérard en persona, conocido como Hérard Aîné, marcha al mando de 30 mil hombres dispuestos en tres divisiones. El general Pierrot comanda la división Norte, con la orden de tomar Puerto Plata y luego Santiago. La división central, al mando del general Souffront, entra por Neiba, en dirección a Azua. La división Sur, comandada por el propio Hérard Aîné, también se encamina a Azua, a través del valle de San Juan. Las tres divisiones tienen destino final en Santo Domingo, al que nunca llegaron. Durante la travesía se producen varios enfrentamientos entre las tropas haitianas y pelotones de osados dominicanos en misiones de hostigamiento.

El coronel Antonio Duvergé, militar puertorriqueño y miembro de La Trinitaria; y el capitán Francisco Soñé han preparado el terreno y la estrategia ha sido exitosa: debilitar a las tropas enemigas durante todo el camino y retrasar la avanzada de Souffront de modo que los dominicanos enfrenten a una sola división haitiana, no a dos como es el plan del invasor. Los 2,500 hombres al mando de Santana llegan al campo un día antes de la batalla.

Finalmente, amanece el 19 de marzo de 1844. A pesar de la desproporción de fuerzas, 2,500 dominicanos contra unos 10,000 haitianos, la batalla se decide en tres horas; en parte, gracias a la estrategia de dos hombres, Duvergé y Soñé; y en parte al valor demostrado por los hijos de la República nacida hace apenas 21 días.

Ninguno de esos hombres se imagina cuán duro será mantener la Patria recién ganada libre, soberana e independiente. Para ellos el camino ha comenzado hace sólo tres semanas. Hoy, 168 años más tarde, nosotros todavía lo estamos recorriendo.

Entrega de Tarjetas Solidaridad: Recorriendo el Cibao

La entrega más reciente de Tarjetas Solidaridad fue supervisada personalmente por el Vicepresidente de la República Dominicana, doctor Rafael Alburquerque, en varias provincias de la región del Cibao. El video muestra el proceso de la entrega.

Entusiasmo y efusividad

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Durante las visitas del señor Vicepresidente a diferentes puntos del país para supervisar los procesos de entrega de las nuevas tarjetas Solidaridad, se puede observar el entusiasmo con el que los beneficiarios lo reciben.

Por ejemplo, en la ciudad de Santiago, el doctor Rafael Alburquerque sólo había dado unos pasos para ingresar al multiuso de Pekín, cuando fue abordado por la señora que aparece en las fotos. Las líneas dibujadas en su rostro daban cuenta de sus años, sin embargo su vitalidad era admirable.

Ella se había presentado, igual que los demás presentes, para procurar su tarjeta, pero no se imaginaba que se iba a encontrar cara a cara con el Vicepresidente de la República. Su entusiasmo fue tal que no tuvo ningún reparo en expresar su admiración, a través de un abrazo que se volvía casi interminable, mientras, pacientemente, ofrecía una serie de explicaciones de por qué no pensaba despegarse del Vicepresidente por un largo, largo rato.