Semana Mayor

procesión

Los tiempos han cambiado. Para quienes nacimos, crecimos y nos desarrollamos en la Ciudad Colonial, y por supuesto, para el resto del país, aunque de ello no fui testigo ocular, la Semana Santa era un tiempo de recogimiento. En el hogar los adultos se empeñaban para que los menores se mostraran sosegados en sus juegos y hasta en sus travesuras, se les rememoraba lo acontecido en esos días y se les incitaba a acudir a las manifestaciones religiosas.

Desde el lunes comenzaban las procesiones con la caída del sol. Desde San Miguel se llevaba en andas por la ciudad de Ovando a Jesús azotado en la columna; el martes era Santa Bárbara, con su Cristo en la roca; desde la iglesia del Carmen, Jesús de Nazareno, siempre acompañado por su Madre, la Dolorosa, y el discípulo amado, San Juan, nos sobrecogía con su rostro cargado de sufrimiento; el Viernes Santo, desde Las Mercedes, presenciábamos el Santo Entierro, con sus guardias romanos desfilando a los acordes de la marcha fúnebre de Chopin.

El Jueves Santo se asistía a la misa vespertina del lavatorio de los pies y desde las ocho de la noche recorríamos las iglesias del viejo Santo Domingo para visitar los denominados “monumentos”; y el sábado, que luego se trasladaría al domingo con la nueva liturgia, la muchachada corría alborozada al Malecón a presenciar la quema de Judas, que organizaba año tras año la Lotería Nacional.

El viernes de la semana era de luto total. El silencio se imponía y arropaba cada hogar, cada barrio, cada ciudad, todo el país. Se hablaba en voz muy baja; se evitaba hacer ruidos; se les exigía a los hijos, más que se pedía, que se estuvieran tranquilos. La radio sólo difundía música clásica, que por coincidir con la muerte de Jesús, los muchachos y muchachas la llamaban música de muerto. Cuando llegó la televisión, el canal oficial, único para la época, luego se agregaría Rahintel, se circunscribía a emitir películas sobre la vida y pasión del Redentor.

A la una de la tarde de ese día, todos escuchaban el Sermón de las Siete Palabras, que se transmitía en vivo desde el Convento de los Dominicos, y entre predicación de cada palabra, el coro entonaba canciones religiosos. El padre Tamargo vibraba desde el púlpito, y en plena Tiranía, para los que pertenecíamos a hogares perseguidos, sus palabras las interpretábamos como crítica sutil a la situación que se vivía.

Hoy es diferente. Quienes siguen aferrados a la fe y practican la religión conservan este modo de vivir la Semana Santa; pero, con la secularización de la época son muchos los que aprovechan esta pausa en el trabajo para descansar o recrearse, yendo de vacaciones a sus provincias o visitando las playas o las montañas.

No obstante, aunque el modo de pensar y de vivir haya mutado, la conmemoración de la pasión y muerte de Cristo, que por tradición en el mundo cristiano obliga a una interrupción en el diario vivir, es buena ocasión para que en este alto tomemos un momento para reflexionar sobre nuestras vidas, sobre nuestros compromisos, sobre nuestras obligaciones, no sólo respecto a nuestras familias sino también respecto a nuestra Patria y a nuestros conciudadanos.

Hagamos, pues, conciencia de nuestros deberes y reafirmemos nuestra obligación ineludible de luchar contra la pobreza, de ser solidarios con los que necesitan de nuestro apoyo, de trabajar sin desmayo para que impere la justicia social y cada dominicano y dominicana pueda mostrar con orgullo su pertenencia a esta tierra, que debe ser de todos y para todos.

Jueves Santo, 28 de marzo de 2013.

El último mandamiento

De acuerdo al Evangelio de San Juan, en la noche del jueves Jesús les dijo a sus Apóstoles que debían amarse entre sí como Él los había amado y que a partir ese solo hecho el mundo podría reconocerlos como sus discípulos.

Existen innumerables discusiones sobre la validez, la exactitud y la credibilidad de los datos que a través de los siglos han llegado a nosotros en los Evangelios. Las fechas, las palabras y los hechos se cuestionan, se revisan y se vuelven a cuestionar. Podemos elegir –tenemos libre albedrío– entre tener fe o no tenerla, y también entre mirar la Verdad a la cara o mantenernos ciegos ante ella. Es nuestra prerrogativa como miembros de la especie humana. Y la ejercemos a diario.

En mi caso, estas palabras tienen una carga de Verdad que resiste cualquier intento de minimizarlas. Porque para quienes la fe no basta, la historia está ahí para mostrarles cómo, a través de milenios, el odio tarde o temprano ha conducido a hombres y a civilizaciones enteras al fracaso, a la desaparición, a la muerte y cómo, por el contrario, el amor al prójimo ha estado detrás de todo avance en la humanidad.

Tiranos y criminales han actuado y actúan impulsados por el odio a sus semejantes. Los Hitler del mundo, los Jack-el-Destripador, los Trujillo y aún los sicarios de poca monta que pululan nuestros días obedecen solamente a un impulso destructivo hacia los demás. Son incapaces de construir o de mejorar nada para alguien diferente a sí mismos, terminan sus días de la misma forma en que los vivieron y únicamente el desprecio de todos les sobrevive. De un modo opuesto, los grandes hombres y mujeres que con su esfuerzo y sus luchas, a menudo tan calladas que han pasado desapercibidas, han contribuido a que nuestra especie pueda llamarse cada día un poco más Humana, han respondido siempre al llamado del amor hacia los demás. Los Duarte, las Mme. Curie, las Salomé Ureña, los Ghandi, los Mandela del mundo son a quienes debemos gran parte de lo que entre nosotros puede hoy llamarse civilización.

El Hijo de Dios pronunció esas palabras –según Juan, El Evangelista– durante la Última Cena, a modo de legado y despedida de quienes le eran más cercanos y queridos. No era un mandamiento estrictamente nuevo. El “Ama a tu prójimo” estaba implícito en la Tablas de Moisés. Sin embargo, en ese contexto –sabiendo Jesús de antemano lo que se avecinaba a partir de aquella noche, sabiendo que sus discípulos ya no le tendrían más entre ellos– juzgó necesario ser muy explícito. Y de todas las cosas que pudo haberles dicho o aconsejado en un momento como ese, escogió el mandamiento del amor.

En tiempos como los que vivimos en nuestro país y los que sobrevendrán luego de esta Semana Mayor, esta es una lección que necesitamos llevar a la práctica. Muy pocas personas carecen de oponentes e incluso de enemigos, el propio Jesús no fue la excepción. No obstante, aunque a veces es preciso actuar en favor de la justicia, nunca es necesario también odiar.

El amor hacia nuestros semejantes, el último mandamiento de Jesús, es la única luz que puede guiar nuestras decisiones y nuestro accionar, incluso a través de la más oscura y larga de las noches. Y como la pintura del maestro Da Vinci, no importa cuan deteriorada o desdibujada pueda estar por el paso del tiempo y de las guerras, siempre se puede restaurar.

Mensaje de Semana Santa

En los países de predominio cristiano, como es el nuestro, conmemoramos cada año la Semana Santa, para recordar la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Época tradicional de recogimiento, de fieles que asisten a las procesiones, de hombres y mujeres que asisten a los templos.

Cierto que los tiempos han cambiado y hoy muchos aprovechan el asueto a partir del mediodía del Jueves Santo para retirarse a las playas y montañas, a compartir con sus familias y a reposar del afán diario de la vida. Pero, se asista o no al culto, en esta Semana Mayor late en el corazón de nuestro pueblo un sentimiento de recordación y tristeza por aquellos trágicos sucesos que acaecieron hace ya más de dos mil años en Jerusalén.

Tiempo, por tanto, de reflexión ante el sacrificio que significó la muerte en cruz de Jesús, de una muerte ocasionada por su prédica y su lucha, siempre reclamando la justicia, en todo momento identificándose con los pobres y humildes de su pueblo, manifestando su solidaridad con los enfermos y los perseguidos, enseñándonos la necesidad del amor y del perdón.

En estos momentos de crisis mundial energética y alimentaria, hagamos un alto en esta Semana Santa para pensar en nuestro pueblo y preguntarnos qué podemos hacer, cada quien ante sus responsabilidades, para proporcionarle un futuro mejor, de justicia social, de inclusión, de equidad, de solidaridad.